ALGUNOS APUNTES SOBRE LOS INTELECTUALES POPULISTAS IBEROAMERICANOS. Por Cristián Barros

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Arresto de un propagandista, cuadro de Iliá Repin

Para una gran mayoría de la opinión académica liberal, el populismo es un término vago y despectivo. El populismo es considerado gregario, moralista, clientelista, carismático, catártico e irracional, al mismo tiempo que es acusado de perseguir una agenda económica redistributiva a corto plazo y de carácter coyuntural. Como movimiento, el populismo se aferra a la nostalgia de la pequeña propiedad y aborrece por igual la centralización burocrática y la división del trabajo. Su base demográfica son los grupos premodernos como el campesinado y los artesanos, o incluso el lumpen-proletariado. A menudo, el populismo es considerado como el caldo de cultivo de corrientes políticas autoritarias. Dicho sea de paso, semejante estigma termina por convertirse fácilmente en un anatema: el populismo representa un avatar inconsciente que lleva al fascismo.

No resulta extraño que la etiqueta de populismo sea usada de forma promiscua para caracterizar fenómenos muy diferentes. Su función taxonómica es la de crear un cordón sanitario alrededor de esta entidad sospechosa y rebelde. Sin embargo, la construcción retórica del populismo que hace la ortodoxia académica, inmediatamente revela los temores de los intelectuales urbanos liberales al servicio de los poderes de facto, quienes observan con recelo el surgimiento de una política inmediata, de acción directa y de la democracia plebiscitaria. Consecuentemente, el populismo y los intelectuales siempre han parecido enfrentados, ya que el primero proclama la futilidad —o incluso la perniciosidad— de la clase clerical.

Víctor Raúl Haya de la Torre

Sin embargo, el populismo posee una tradición intelectual respetable y sus defensores entraron en un dialogo controvertido muy tempranamente con el racionalismo político tanto en sus versiones liberales como marxistas, ¡e influyeron de forma decisiva en esta última corriente! Ciertamente, los narodniks rusos, a finales del siglo XIX, fueron los pioneros del populismo y el socialismo agrario. También fueron los primeros en elaborar una sólida crítica contra las teleologías liberales y marxistas, al desafiar la idea de progreso tanto en sus formas lineales como dialécticas.

El populismo ruso escandalizaba a la racionalidad burguesa, ya que tenía como objetivo detener el desarrollo del capital y hacer retroceder la economía hacia la agricultura comunal y el pastoreo. En ese sentido, el populismo no era teleológico ni universalista y en su lugar subrayaba la excepcionalidad periférica del desarrollo ruso. Sin embargo, el rechazo de la modernidad capitalista por parte de los populistas estaba lejos de ser una especie de utopía romántica negativa. Vasily Vorontsov, un economista populista, consideraba que Rusia, una nación modernizada de forma tardía, era incapaz de alcanzar a los países con un capitalismo desarrollado debido al restringido acceso que tenía Rusia a los mercados y las tecnologías internacionales. De hecho, el populismo tenía una perspectiva mucho más penetrante, sofisticada y menos mecánica de las relaciones centro-periferia que la expuesta por el marxismo vulgar. Curiosamente, los escritores narodnik investigaron el contexto de las formas de dependencia en relación al capitalismo mundial y, por lo tanto, anticiparon la teoría del desarrollo desigual y combinado, idea que fue erróneamente atribuida a Trotsky.

Es cierto que el canon del marxismo carecía incluso de una teoría del imperialismo, que Lenin tomó prestada posteriormente de las teorías sobre el imperialismo de Hobson, descartando sus matices antisemitas. El mismo Marx abandonó su visión whig (ingenuamente progresista) de la historia del capitalismo gracias a los estudios de Kovalevsky sobre la obschina y la cuestión agraria (1879). Además, el populista Tkachev influyó en Lenin sobre todo en las cuestiones tácticas. Podolinsky propuso realizar cálculos energéticos y ecológicos para perfeccionar el análisis metabólico del capitalismo. Después del Octubre Rojo, el sociólogo agrarista Chayanov diseñó un riguroso modelo de economías domésticas campesinas. Mientras tanto, Kondratieff —miembro del Partido Social Revolucionario, una versión parlamentaria del populismo— planteó los ciclos de expansión tecnológica y financiera en un amplio periodo de tiempo que retrocedían hasta la década de 1750, sin duda un logro brillante.

II

Hacia la década de 1900, América Latina se parecía en muchos aspectos a Rusia. Ambas regiones languidecían a causa de un relativo atraso y a la inercia provocada por la dinámica intermitentemente de las ganancias variables fruto de las exportaciones de productos primarios. Aunque la autocracia ilustrada fue una característica especial de Rusia (y también del Brasil hasta 1889), el resto de América Latina estaba compuesta de repúblicas débiles al estilo Potemkin, en su mayoría dominadas por camarillas mercantiles. En su aspecto demográfico, los campesinos y la exservidumbre poblaba en ambos lados los vastos espacios de semejantes bloques continentales, mientras que el analfabetismo y la urbanización caótica trajeron consigo una intelectualidad desarraigada e inorgánica.

Los bohemios rusos y los rastaquoères sudamericanos convergían en los cruces parisinos de la Belle Époque, sintiéndose extraños ante las puertas de la cultura de esta metrópoli. De allí que compartieran ese mismo sentimiento de alienación. De ahí que también tuvieran prisa por hacer reformas y modernizar sus propias sociedades. Sin embargo, ¿era eso posible? ¿Era siquiera algo deseable? El celo por el aggiornamento de los rusos y latinos pronto acabó por desvanecerse y convertirse más bien en frustración. El progreso material parecía también un horizonte que siempre retrocedía y, si finalmente se alcanzaba, sus sombrías consecuencias desalentaban que este fuera emulado. Por ejemplo, esa fue la actitud que asumió Herzen después de sus largas estadías en Occidente: el propio Herzen fue un liberal arrepentido que se convirtió en el decano y mentor de los narodnischestvo. Estos provincianos dudaron en abrazar por completo el proyecto de la universalista de la Modernidad y su salto hacia adelante.

De forma paralela, la respuesta latinoamericana a la angustia provocada por la Modernidad fue el arielismo, la poetización del atraso económico como una fortaleza frente al industrialismo y el pragmatismo anglosajón. Ariel era el espíritu de la luz que se oponía al genio terreno de Caliban, los antagónicos personajes shakespearianos que aparecen en la misteriosa obra de teatro La tempestad. Supuestamente, Ariel encarnaba la mayoría de las virtudes latinas con respecto al honor y la religión, mientras que Calibán era un daimon telúrico cuyo desencadenamiento precipitaría al mundo hacia el más craso materialismo. Claramente, este discurso era un mero consuelo estético, pero revelaba un cierto complejo de inferioridad. Hasta entonces, el arielismo era un tema agradable e inofensivo de conversación para después de la cena en los regímenes liberales oligárquicos. No fue sino hasta la década de 1910, especialmente con el estallido de la Revolución Mexicana, que la opinión pública experimentó un cambio radical. Las masas rurales comenzaron a rebelarse.

III

Irónicamente, el escritor y activista Juan Carlos Mariátegui, quien a menudo es reconocido como el primer marxista en América Latina, es en realidad el primer teórico del populismo. Autor de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), libro en el que reivindica la preeminencia de los contextos locales y nacionales contra la aplicación pasiva del pensamiento social eurocéntrico. Mariátegui criticó el formalismo positivista de la Segunda Internacional, así como el emergente escolasticismo soviético. Abogó por una interpretación contextual, orgánica e in situ de las realidades sociales, evitando las abstracciones dogmáticas.

Al mismo tiempo, asimiló elementos voluntaristas que habían sido planteados previamente por el sindicalismo revolucionario de Georges Sorel, en particular el de la Huelga General, de donde derivó un nuevo ímpetu del mito como algo esencial para las luchas populares. Durante la década de 1920, Mariátegui estuvo exiliado en Italia y fue testigo del doble ascenso y victoria tanto del comunismo como del fascismo, ambos herederos de la descomposición de la socialdemocracia revisionista. Este proceso llegó a intrigarle. Por eso decidió adoptar una mirada indigenista frente a la población autóctona del Perú, un enfoque que recuerda al de los antiguos populistas. Aunque era un socialista comprometido, Mariátegui sutilmente fue matizando el protagonismo del proletariado moderno. En retrospectiva, el voluntarismo y el indigenismo —por no mencionar el análisis de la dependencia colonial— acercan a Mariátegui mucho más al populismo que al marxismo oficial.

José Vasconcelos

De hecho, el indigenismo sigue siendo un elemento muy fuerte del populismo latinoamericano, especialmente en México y los países andinos. A raíz de la Revolución Mexicana, el indigenismo terminó por eclosionar y cristalizar en una legislación corporativista que protegía las tierras colectivas indígenas (ejidos) y, por lo tanto, la agricultura de subsistencia. De todos modos, la institucionalización definitiva de la Revolución Mexicana solo tuvo lugar durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940), conocido tanto por la nacionalización del petróleo como por profundizar las reformas agrarias. La figura clave de todo este período es sin lugar a dudas José Vasconcelos, educador, erudito ecléctico y apologista de la síntesis cultural y racial del pueblo mexicano.

El ensayo de Vasconcelos, La raza cósmica (1925), expone una extraña mezcla de darwinismo social optimista y mesianismo secular. Hablando de manera irónica, Vasconcelos es una especie de Spengler al revés, ya que este autor mexicano exaltaba el mestizaje y postulaba un lejano futuro extasiado, en el que todas las diferencias humanas finalmente encontrarían su reconciliación. Pero inesperadamente, su reputación como humanista sufrió un grave revés al prestar su apoyo a los poderes del Eje. Admiraba el entusiasmo con que los experimentos fascistas movilizaban a las masas durante las turbulentas vicisitudes que enfrentaban, situación que se asemejaba al escenario mexicano de esas fechas. Aunque era un fuerte opositor del racismo, Vasconcelos todavía profesaba un patriotismo metafísico pintoresco, de ahí la tensión que se expresa entre el universalismo y el nativismo. Vasconcelos fue durante toda su vida un fuerte detractor de las potencias atlantistas.

Mirando más bien hacia el Pacífico, Víctor Raúl Haya de la Torre fue una importante figura primero en Perú y luego en México, país donde se refugió cuando lo expulsaron de su tierra natal por motivos políticos. Nacido en 1895, Haya de la Torre fue quizás el fundador del único partido nacional de América Latina con auténticas proyecciones continentales. En 1924 fue el padre de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), un movimiento que era formalmente socialdemócrata, pero con fuertes tendencias populistas y que eventualmente degeneró en la demagogia, la corrupción parlamentaria y un clientelismo desenfrenado. No obstante, en sus comienzos, el APRA era prometedor e inspiró la formación del Partido Socialista de Chile en 1933, que se adhirió a su agenda antiimperialista y antioligárquica, rindiendo solo de dientes para afuera un homenaje al marxismo. En ese momento, las purgas intestinas y rivalidades entre estalinistas y trotskistas al interior del marxismo obstaculizaron la acción política de los partidos comunistas locales, creando un vacío que pronto fue llenado por esta nueva clase de socialismo populista.

IV

Es un lugar común sostener que Lázaro Cárdenas en México, Gétulio Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina personificaron las vicisitudes populistas en el continente. Este último ha sido probablemente el caso más estudiado de los tres, siendo también el más dramático y el que hasta ahora ha modelado más prominentemente el sistema político argentino. Camaleónico y voluble, el peronismo acumuló bajo su manto a una gama dispar de tendencias: desde el integrismo maurrasiano hasta el sindicalismo, el fascismo, el cooperativismo e incluso el trotskismo. Aunque Perón adoptó tempranamente una postura a favor de los trabajadores, su fervor antiimperialista solo se encendió realmente después de la Revolución Cubana (1959), episodio que desencadenó el surgimiento de guerrillas urbanas durante el ostracismo de Perón en la España de Franco. Originalmente, el arquetipo obvio para el peronismo era el fascismo italiano, del cual el general argentino copió tanto su política como su estilo. La legislación social de su gobierno lógicamente suscitó el apoyo vehemente de la clase trabajadora, especialmente de los trabajadores mestizos del interior, los llamados “cabecitas negras”, un símil de origen ornitológico más que racista.

De manera curiosa, un grupo de intelectuales socio-liberales desencantados fueron los que sentaron las bases del peronismo como ideología. Todos ellos formaron parte de un cónclave abierto de historiadores revisionistas, que juzgaron críticamente la herencia de la república liberal Argentina, que estaba marcada por su eminente dependencia colonial con respecto a Gran Bretaña; siendo este el caso, el advenimiento de la Modernidad no significó la liberación política de Argentina, sino que simplemente fue parte de su sumisión al imperialismo. El nombre del grupo era Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), con el que se pretendía transmitir una sensación de rectificación viril a través del esfuerzo y la resistencia e igualmente intentaban insinuar un nuevo renacimiento industrial. FORJA duró oficialmente una década (1935-1945), aunque los ecos de su proselitismo siguen resonando hasta el día de hoy. Sus miembros más prolíficos fueron Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz que propagaron frenéticamente un evangelio basado en el nacionalismo de izquierda.

Juan Domingo Perón

Conocido por ser un vasco de origen rústico, el incendiario Jauretche denunció el sistema de los bancos centrales y el ingreso de Argentina al Fondo Monetario Internacional (Plan Prebisch, 1956) así como los mecanismos de dependencia que eran instaurados por el imperialismo atlantista. Esto lo llevó a alinearse con Perón, en cuya primera administración (1946-1955) logró el aislamiento de Argentina frente a las demandas de las finanzas internacionales. Asimismo, Jauretche fue una figura relevante del revisionismo histórico latinoamericano, contraviniendo los mitos convencionales dados por la dogmática liberal desde la Independencia (1810). Anticipó la mayoría de las ideas expresadas por la teoría de la dependencia, aunque las expresó con un estilo periodístico volátil e idiosincrásico. A pesar de eso, fue un economista que pensaba en los pobres y se desempeñó como director del entonces Banco Nacional (comúnmente llamado Banco Provincia) durante el primer gobierno de Perón. De manera anecdótica, el propio Jauretche tuvo un cierto impacto en el joven Ernesto Laclau. El padre de este último siempre estuvo en términos amistosos con el primero: recientemente, La razón populista de Laclau (2005) ha renovado la atención académica sobre el tema que estamos tratando desde una perspectiva posmarxista.

En retrospectiva, se podría afirmar que 1910, 1929 y 1959 fueron los ejes que marcaron el itinerario del populismo latinoamericano. La Revolución Mexicana proporcionó las ideas sobre el mundo agrario e indigenista, mientras que el desplome de Wall Street conmocionó a las economías latinoamericanas orientadas a la exportación, lo que provocó respuestas proteccionistas y desarrollistas en un hemisferio destrozado. Tres décadas después, la Revolución Cubana impulsó a las nuevas generaciones a defender un nacionalismo popular que postulaba abiertamente el antiimperialismo. Existió, sin embargo, otra coyuntura interesante que animó nuevamente la efervescencia populista cuando la Iglesia Católica giró a la izquierda. Esto quedó elocuentemente plasmado en las conferencias episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1979). Como resultado, la Teología de la Liberación revitalizó las tradiciones misioneras de la Contrarreforma y fue el catalizador de una creciente ola de comunidades campesinas militantes, especialmente en Nicaragua y Brasil, donde el sandinismo y el MST (Movimiento de los Sin Tierra) son actualmente actores importantes de la arena política.

Por Cristián Barros

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

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