América como lo hóspito. Por Alberto Buela

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“El Nuevo Mundo es nuestra patria y su historia la nuestra, y por ella es que debemos examinar nuestra situación presente para determinar por ella nuestra índole”, así comenzaba el pensador peruano Juan Pablo Viscardo (1725-1798) su Carta a los españoles americanos. Además de ser el manifiesto continental de la revolución emancipadora, es el primer americano que se pregunta filosóficamente por nuestra identidad.

Un siglo más tarde era Juan Bautista Alberdi (1810-1884) quien afirmaba en sus Ideas para un curso de filosofía que “Nuestra filosofía ha de salir de nuestras necesidades, de ahí que la filosofía americana deba ser esencialmente política y social… América será la que resuelva el problema de los destinos americanos”.

Otro siglo después es el filósofo argentino Nimio de Anquín (1896-1979) quien sostenía en El Ser, visto desde América: “Pero no se trata de pensar como europeos sino como americanos, como hijos de este continente nuevo… La novedad de América nos inclina a pensar en un presocratismo americano semejante al griego, aunque no igual… Quien filosofe genuinamente como americano no tiene otra salida que el pensamiento elemental dirigido al Ser objetivo-existencial”.

Esta secuencia concatenada de tres autores en tres siglos es realizada para mostrar la preocupación permanente de los americanos por el problema de “¿Qué es América y quiénes somos nosotros?”. Preocupación que podemos multiplicarla por cientos y cientos de autores que desde las más disímiles perspectivas se han ocupado del tema. 

El objetivo de esta meditación no es historiar todas las opiniones que sobre Nuestra América se han vertido (ser raza cósmica en Vasconcelos; ser a la expectativa según Mayz Vallenilla; ser utópico en Waldo Frank; ser promesa según Ortega; ser inexistente en Giovanni Papini; ser provisorio en Hegel; ser telúrico en Keyserling; ser como estar ahí según Kusch; ser bifronte en Caturelli; ser para la humanidad en Zea; ser estético en Schwarstmann; ser indio en Tamayo y Varcarcel;  ser católico en Sepich et alii; ser mestizo en Mercado Vera y otros; ser doblez en Arguedas; ser ladino en Martínez Estrada; ser disminuido en De Pauw y Bufón; ser inadecuado al mundo actual según Richard Morse, ser criollo en Lugones, Rojas et alii; etc., etc.). 

Es conveniente en primer lugar realizar una breve aproximación etimológica al término América, pues aun cuando la explicación filológica solo esclarezca el quid nominis, ello implica no obstante, un primer acercamiento al quid reí, a lo que es la realidad mentada por ese nombre.

Es sabido que con respecto a las ciencias del espíritu el método etimológico es una de las vías de acceso a lo real y se encuentra plenamente justificado; sobre todo después de los aportes de Heidegger, Zubiri y Wagner de Reyna que mostraron cómo el trabajo etimológico puede devolver la fuerza elemental, gastada por el largo uso, a las palabras originarias que es necesario volver para recuperar su sentido auténtico.

La validez de la investigación etimológica –etymos significa lo verdadero- radica, en nuestra opinión, en un primer o semi develamiento de la realidad de las cosas. La etimología es, ciertamente, una ciencia auxiliar pero tiene por función abrir el campo gris donde están caídas las cosas, perfilar las mismas, pero ella por sí misma no puede definir. En una palabra no podemos agotar el ser del ente en la definición etimológica, para ello se necesita hacer luego filosofía. La filología deja, en el mejor de los casos, planteada la cuestión. Y la cuestión principal es cuál sea la vinculación entre las palabras y las cosas. O dicho de otro modo: ¿El ser de las cosas responde al nombre de las mismas? En este sentido sostenemos que sí, pero análogamente. Esto es, parte idem, parte diversa. Por lo que, corresponde a la filosofía la resolución de la cuestión.

Históricamente, el término América proviene del nombre Américo correspondiente al cartógrafo florentino Vespucio, quien al regresar de su viaje del 1501-1502 narró en una carta editada luego bajo el nombre Mundus Novus las condiciones, contornos y costumbres de la tierra descubierta por Colón. Pero fue el cartógrafo alemán Martín Waltzemuller, también llamado Hylocompylus, que editó en Nuremberg en 1507 un mapa general del mundo que contenía datos geográficos revelados por Vespucio. Fue Waltzemuller quien denominó por primera vez América al nuevo continente en homenaje al cartógrafo florentino.

Etimológicamente, el término Américo, que se usó como femenino a semejanza del resto de los continentes: Asia, África, Oceanía y Europa, proviene del germánico Amal, nombre del fundador de la familia real ostrogoda, que significa trabajo y de la partícula rich o rik que quiere decir jefe, mando, poderoso.

Una etimología complementaria nos indica que Américo es equivalente a Aimerico, proveniente del gótico hámis que significa casa y del mencionado rik o rich que significa jefe o mando.

Por todo lo cual podemos colegir que América significa textualmente “poderosa en el trabajo” o “la que manda en su hogar”. Saque cada uno las conclusiones que desee, pero el nombre de América ya barrunta algo sobre su sentido. “No olvides”, dice el poeta Leopoldo Marechal, “que al elegir un nombre se elige un destino”.

El abordaje a la cuestión de nuestra identidad nacional lo encaramos desde una doble pregunta: ¿Qué es ser americano y qué es América?

Ante la primera de las preguntas nosotros dejamos de lado las explicaciones psicológicas, históricas, culturalistas, sociológicas, etnográficas y políticas para intentar una respuesta desde la filosofía sin más, desde la filosofía stricto sensu y dentro de ella, desde la axiología o disciplina de los valores. Y decidimos dejar de lado las múltiples y variadas explicaciones que desde las disciplinas particulares se han hecho sobre nosotros, porque todas ellos solo nos pueden brindar, en el mejor de los casos, una visión parcial, de una parte de nosotros, y por lo tanto no pueden responder a la pregunta totalizadora que se encuentra involucrada en la cuestión sobre la naturaleza específica de nuestro ser americano.

El acceso a la respuesta qué es ser americano entendemos hallarlo por vía del análisis de los elementos estructurales que conforman la conciencia del hombre americano. Y estos elementos constitutivos por ser elementos de la conciencia no son pétreos, ya realizados de una vez y para siempre, sino que son permanentemente intentados. Es decir, la conciencia en tanto intencionalidad  “tiende a” plasmarlos, a realizarlos, pero si además esta conciencia es “nacional-americana”, estos elementos constitutivos deber ser preferidos a los otros, los no-nacionales. Todo lo cual muestra que estos elementos estructurales de la conciencia nacional no son otra cosa que los valores que la conforman, la diferencian y le dan sentido, así como las vivencias históricas y sus luchas.

Ahora bien, ¿cuáles son estos valores, de dónde surgen?

En nuestro modo de ver, surgen de la simbiosis o mixtura de dos cosmovisiones, de dos mundos completos de valores: lo indo o telúrico y lo bajo medieval que forman con el tiempo un todo natural en sí mismo. La conciencia americana y específicamente la iberoamericana se constituye, análogamente diferente a los elementos de que está compuesta.

Aclaramos que lo bajo medieval se expresa en la cosmovisión cristiano-católica de la época en que llega a América. Pero es dable aclarar que lo católico no está tomado acá, por nosotros, como categoría confesional sino como rasgo distintivo, antropocultural, que especifica la Weltanschauung del hombre arribado a América, más allá de la nación de donde proviniera.  En tanto que lo indo no está tomado como matriz telúrica pasiva, que como el mármol se reduce a imponer ciertas condiciones de trabajo al escultor sino que aporta la sustantiva categoría de tiempo. Claro está y es menester aclarar como lo hace acertadamente Osvaldo Lira Pérez en Hispanidad y Mestizaje que lo católico y lo indio no son aportes equivalentes, es decir que disten por igual en su aporte a la conciencia americana, error este cometido por los indigenistas. Si no que la conciencia premoderna aporta el sentido jerárquico de los valores rechazando el sentido horizontal de los mismos como ha venido sosteniendo la conciencia igualitaria y niveladora posterior al comienzo de lo denominado por Christepher Dawson: La Revolución Mundial. Aporta también el sentido teleológico de orden a partir de la idea de bien común y no simplemente de bienestar, entendido este como búsqueda desenfrenada del confort por la sociedad de consumo. Aporta asimismo la objetividad de los valores que rechaza la disolución subjetiva y arbitraria que de los mismos comienza a llevarse a cabo a partir del primado de conciencia. En definitiva, aporta la visión del hombre y la sociedad como un todo, que rechaza a contrario sensu las especializaciones tan gratas al desarrollo científico-tecnológico. Aporta esa visión holística del hombre, el mundo y sus problemas que ha hecho afirmar a un yanqui como Richard Morse “en realidad Iberoamérica tiene su propia cultura que es más profundamente occidental que la de los países nórdicos (1).

Lo indo aporta un manejo, utilización y caracterización de la categoría de tiempo que hace absoluta y específicamente diferente, en este aspecto, a la conciencia iberoamericana de la estadounidense con su time is money, así como de la europea decadente con su laissez faire. Ni el instantaneísmo tecnotrónico ni el apuro cosmopolita tienen nada que ver con la categoría de tiempo americano como aporte específico de la cosmovisión india.

A este tiempo tan nuestro se lo ha confundido siempre con la “indolencia nativa o gaucha” que los “profesores de energía” al decir de Rubén Darío denostan junto a la holgazanería criolla simbolizada en la siesta.    

Podrá impugnársenos que esto del tiempo es un puro subterfugio de carácter más dialéctico- entendido este como razonamiento aparente- que filosófico, puesto que para la filosofía desde los tiempos del viejo Aristóteles (Cfr. sus Categorías) pasando por Kant (Cfr. su Crítica de la Razón Pura) hasta nuestros días, la categoría de tiempo es una y la misma para todo entendimiento humano así como lo son las de cualidad, cantidad, relación, sustancia, etc. Pero esta manera de pensar significativa, por no decir absolutamente europea, no comprendió por su mismo prejuicio – se creyó el mundo y no una parte de él – que el tiempo es decodificado y vivido de una manera diferente en otras latitudes. Evidentemente, los trabajos sobre antropología cultural realizados a lo largo del siglo XX han mostrado que el tiempo cronológico, el del reloj, es el mismo para todos, al igual que el tiempo psicológico ante situaciones similares, pero lo que es diferente es el tiempo existencial de cada cosmovisión o ecúmene cultural de las que conforman el mundo, que se expresa en cada uno de nosotros en el núcleo aglutinado de nuestra personalidad. Y nuestra cosmovisión está determinada por ese tiempo tan peculiar y propio como lo es el tiempo americano. Entendido desde siempre, ya por los europeos ya por los colonizados culturales o por aquellos que han pensado América como imitación de Europa como indolencia, ociosidad o gandulería. 

Cuando en realidad los que así hablaron ni siquiera pudieron barruntar que, otra diferente de la de ellos, es la categoría de tiempo que informa la auténtica conciencia americana. Categoría anclada en el estar ahí propia del americano arraigado, por contraposición al ser alguien típica de la sociedad de consumo.

Este tiempo no es la simple permanencia en el ser que encierra la sucesión – simple estar – sino que es la experiencia de la duración entendida como maduración. Es acompañar con nuestro tiempo a cada ente en su tiempo. 

El concepto de tiempo como maduración no es, como creyó la conciencia europea de un Hegel o un Keyserling, la revelación de un mundo – el americano – sin espíritu y pegado a la naturaleza, sino que la maduración nos indica la interrelación entre una naturaleza pródiga y no escasa, con una conciencia autóctona que acompaña sin forzar su desenvolvimiento. Adagios como “a cada día su afán”, “cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa”. Y el de los cancioneros populares “Voy despacio porque estoy apurado”, “no por mucho madrugar se amanece más temprano”, incluso el Martín Fierro cuando nos dice que “el tiempo es solo tardanza de lo que está por venir”, nos señalan al menos brumosamente esa concepción del tiempo enclavado en nuestra conciencia.

Hay que observar que este tiempo como maduración, no arrastra ni encierra totalmente a la conciencia americana en el flujo temporal de la naturaleza – quedaríamos reducidos a simples animales – sino que el tiempo como maduración es el ritmo mismo de nuestra móvil y fluyente existencia, que es la que define el tiempo: ”Soy yo quien es el tiempo en cuanto soy esencialmente, paso y tránsito”, sostenía un africano como San Agustín de Hipona allá por el siglo quinto.

El segundo de los accesos a nuestra identidad, y tema de esta ponencia, está dado en la respuesta a la pregunta “¿Qué es América?”.

América es, antes que nada, un espacio geográfico continuo que se ha diferenciado del resto del mundo por su capacidad de hospedar (hospitari) a todo hombre que como huésped (hospitis) viene de lo in-hóspito. De la persecución, la guerra, el hambre, la pobreza, en definitiva, de la imposibilidad de ser plenamente hombre. América es, pues, lo hóspito.

América es des-cubierta o de-velada por el hombre europeo mediterráneo, aun cuando bien pudo ser hallada por los vikingos antes. Pues hallar proviene de ad y flo que en nuestra lengua significa dar con algo sin haberlo buscado, en cambio descubrir es quitar la cobertura de algo pero de manera expresa. Existe, pues, una intencionalidad de la conciencia en el descubrir, que no se encuentra en el hallar, siempre fortuito.

Este des-cubrir y no mero hallar europeo se encuentra preanunciado en la precognición de América como aquella del Platón (Cfr.Timeo 24e) sobre la isla Atlántida más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), o aquella otra de Séneca (Cfr.Medea, Chorus vers 375), donde se afirma que Océano revelará nuevos orbes. También, ya más próximo al descubrimiento en la visión de la Cruz del Sur por parte de Dante en la Divina Comedia, canto primero, Purgatorio, versos 22-27 cuando afirma: 

Volvíme a diestra mano, y puse mente al otro polo, y vide cuatro estrellas que solo vio la primitiva gente. Parecía gozarse el cielo en ellas. ¡Oh, viudo septentrión entristecido que estás privado de mirar aquellas!

Pero el hecho indudable es que América como cuestión nace con el descubrimiento, puesto que allí traslada sus diferentes utopías el hombre arribeño. En este sentido es acertada la proposición sostenida por Eduardo O’Gorman que “el ser de América no es otra cosa que la idea de América que tiene la conciencia histórica de ella” (2).

Pero lo cierto es que el ser de América no se agota con mucho, en las ideas de los utopistas políticos renacentistas a la manera de Tomás Moro (Utopía), Campanbella (La ciudad del Sol) o Bacon (Nueva Atlántida), sino que el ser de América hay que buscarlo en lo que América ha dado y  producido antes y después del  momento axial del des-cubrimiento, pues en ella todos somos inmigrantes. Y ese ser lo caracterizamos como lo hóspito. Que no es una simple apertura, sino que es un albergar que exige el esfuerzo de fundar un arraigo, de convertirse en americano, de transformar lo óntico en ontológico, en darle un sentido americano a América. Esta posibilidad única y nunca más repetible en la tierra que nos ofrece América se finca en su novedad. Novedad que no debe inducirnos a pensar en presocratismo ingenuo, siempre inmaduro, sino que nos exige pensar de nuevo, pensar distinto. Romper con las opiniones sobre América y llegar a pensarnos como diferentes. Y no otra cosa es la filosofía desde la época de Platón, sino ruptura con la opinión. 

Lo nuevo que nos ofrece América es la condición de posibilidad que nos permite crear un mundo distinto, diferente a lo ya dado, al mundo conocido. Nos permite signar la puridad de los entes, dándoles un sentido ontológico, que proviene de nuestra conciencia hispanoamericana ciertamente deudora de dos mundos como hemos visto.

Lo nuevo por ser nuevo no quiere decir que sea verdadero, sino que lo nuevo es valioso cuando informa lo inerte transformándolo en un bien. Como posibilidad de dar sentido.

La novedad de América exige entonces un trabajo arduo, como nos indicara su etimología. Trabajo que exige previamente un pro-yecto – algo lanzado previamente hacia delante – que debe ser realizado. Pero no ya desde utopías antiguas o modernas, sino desde nosotros mismos, porque debemos mandar en nuestro suelo, como también nos adelantara su segunda acepción etimológica. América pues, nos exige a los americanos no imitar para llegar a ser dueños de nosotros mismos y así fundar una estirpe. Para esto, ella nos ofrece su grandiosa matriz que definimos como lo hóspito.

Notas

(1) Morse, Richard. El espejo de Próspero, Buenos Aires, 1982, p. 159.

(2) O’Gorman, Eduardo. La invención de América. Méjico, FCE. 1958, p. 73.

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