Antonio Gramsci. Por Alain de Benoist

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(Traducción de Gonzalo Soaje, gonzalosoaje@ignaciocarreraediciones.cl)

Antonio Gramsci es, junto a Lukács (1), el ‘marxista-leninista independiente’ más renombrado del período estalinista. Es, ante todo, el teórico del “poder cultural”.

Gramsci nació en Cerdeña en 1891. Una leyenda a lo Don Bosco lo ha convertido en hijo de pastor. En realidad, su padre era funcionario. A la edad de tres años, tras una caída en el hueco de una escalera, sufre una deformación de la columna vertebral, dejándolo encorvado por el resto de sus días. A los diecisiete años, una beca le permite ingresar a la universidad. Llega a Torino en 1911. Dos años más tarde, se afilia al Partido Socialista Italiano (PSI), convirtiéndose inmediatamente en militante de la ‘izquierda’. También contribuye en las páginas del diario Avanti! y el semanal Grido del popolo.

El 1 de mayo de 1911 lanza el semanario Ordine nuovo, en colaboración con Terracini (2) y Palmiro Togliatti (3). En ese momento, el mundo comunista estaba en un estado de completa agitación. A partir de 1918, ciertas corrientes se declararon a favor de un ‘apoyo crítico’ al bolchevismo ruso. Estas corrientes se negaron a aceptar la hegemonía de la Komintern (la Internacional Comunista) sin cuestionarla. En Alemania, este fue el caso de los grupos que llegarían a formar el KAPD (Partido Comunista de los Trabajadores de Alemania) en 1920, junto con Rosa Luxemburg y Karl Korsch (4). Lo mismo se aplica a los ‘consejeros’ de Pannekoek (5) en los Países Bajos. Su oposición impactó particularmente en la acción parlamentaria, la que consideraban inadecuada para los fines de la lucha socialista, y en el papel de los sindicatos, cuyas virtudes revolucionarias cuestionaban.

Esta posición, que posteriormente sería adoptada por numerosos movimientos de izquierda, es denunciada por Lenin en La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo.

En Italia, dentro del PSI, chocan dos grupos de ‘izquierda’: uno está dirigido por Amadeo Bordiga (6), el otro por Gramsci.

[…]

El propósito del sindicato, escribe Gramsci, ‘es uno que podría etiquetarse como comercial’: consiste en ‘mejorar el trabajo de cierta categoría de trabajadores dentro del mercado burgués’, lo cual no tiene conexión con la revolución. En cuanto a la ‘religión del partido’, que está conectada con el burocratismo y el elitismo, se expresa a través del ‘deseo de cultivar el aparato por el bien de este último’ (Notas sobre Maquiavelo). ¿La conclusión? Tanto el partido como el sindicato podrían actuar como agentes de la revolución, pero nunca podrían ser sus formas privilegiadas, que luego vendrían a fusionarse con ella.

Con sus rasgos pronunciados, nariz grande, pelo negro y sus lentes de ópera, Gramsci participa en todos los congresos. Es entonces cuando enuncia su famosa consigna: ‘Sólo la verdad es revolucionaria’.

Paralelamente, elabora una teoría del ‘consejismo de fábrica’, cuya idea central establece que el proletariado debe instaurar su dictadura por medio de organismos que se crean espontáneamente en su seno. La palabra crucial aquí es ‘espontáneamente’, lo que implica un regreso al punto de partida.

Bordiguistas y ‘traidores sociales’

Gramsci dirige así su atención a los “consejos de fábrica” ​​en los que se supone que tiene lugar una síntesis entre la infraestructura económica y la superestructura política: durante la primera fase de la sociedad comunista, el Estado proletario global nacerá de la coalición de las fábricas y consejos rurales, dando lugar a la ‘democracia directa’. Escribe:

Los comisionados de fábrica son los únicos verdaderos representantes sociales (económicos y políticos) de la clase obrera, ya que son elegidos por sufragio universal por todos los trabajadores, en el mismo local de trabajo.

En abril y septiembre de 1920, una inmensa acción huelguística sacude el norte de Italia. Es todo un acontecimiento:

Por primera vez en la historia, el proletariado inicia una lucha por el control de la producción sin haber sido empujado a la acción ni por el hambre ni por el desempleo. (Ordine nuovo, 14 de marzo de 1921)

En Torino, Gramsci está a cargo de todos los soviets corporativos. Dice:

¡Toda fábrica es un Estado ilegal, una república proletaria que vive al día!

Muy pronto, sin embargo, el entusiasmo disminuye. La derecha del PSI ‘rompe’ el movimiento y la socialdemocracia pierde terreno. Además, la decisión tomada por Lenin de acelerar las escisiones comunistas dentro de los partidos socialistas acelera aún más las cosas. El 21 de enero de 1921, en Livorno, la ‘facción comunista’ del PSI se convierte en el Partido Comunista Italiano. Aunque en su creación participan tanto Gramsci como Togliatti, finalmente es Bordiga quien toma el control gracias a su organización superior.

[…]

En enero de 1926, el Partido Comunista Italiano celebra un congreso en Lyon, Francia. Gramsci logra imponer sus teorías y se convierte en su secretario general. Para entonces, sin embargo, ya es demasiado tarde: aislado de sus votantes y agotado por conflictos internos, el partido es prohibido el 8 de noviembre y pasa a la clandestinidad. Gramsci es arrestado, trasladado a la isla de Utica y condenado a veinte años de prisión.

Es allí, en su celda, donde escribe sus textos más importantes: Los Cuadernos de la cárcel, divididos en treinta y tres folletos y 3000 páginas manuscritas.

Libre de las contingencias de la acción, Gramsci repiensa toda la praxis del marxismo-leninismo. En particular, reflexiona sobre el gran revés socialista de la década de 1920: ¿Cómo es posible que la conciencia de los hombres sea ‘tardía’ en comparación con lo que se espera que les dicte su situación de clase? ¿Cómo aseguran las castas dominantes “naturalmente” la obediencia de las clases dominadas? Gramsci responde a todas estas preguntas examinando más de cerca la noción de ideología y haciendo una distinción decisiva entre ‘sociedad política’ y ‘sociedad civil’.

La teoría del poder cultural

Gramsci usa la expresión ‘sociedad civil’ (término usado por Hegel (7) pero criticado por Marx) para designar el conjunto del sector ‘privado’, es decir, su sistema de necesidades, jurisdicción, administración y corporaciones, pero también el sector intelectual, religioso y dominios morales.

El error que habían cometido los comunistas residía en su creencia de que el Estado no era más que un simple aparato político. Sin embargo, el estado ‘también organiza el consentimiento’, lo que significa que maneja las cosas por medio de una ideología implícita, que se basa en valores propugnados por la mayoría de los miembros de la sociedad. Este aparato ‘civil’ comprende cultura, ideas, hábitos y tradiciones, extendiéndose hasta el ‘sentido común’.

En otras palabras, el Estado no es un mero aparato de coerción. Junto a la dominación directa y la autoridad que ejerce a través del poder político, también se beneficia de la ‘hegemonía’ ideológica y de la adhesión mental de las personas a una cosmovisión que la consolida y justifica, ambas derivadas de sus actividades de poder cultural (ver también la distinción hecha por Althusser entre ‘el aparato represivo del Estado’ y ‘los aparatos ideológicos del Estado’).

Distanciándose de Marx, que reducía la ‘sociedad civil’ a su sola infraestructura económica, Gramsci se da perfecta cuenta de que es dentro de esta misma sociedad civil donde se elaboran y difunden las visiones del mundo, las filosofías, las religiones y todas las actividades intelectuales y espirituales implícitas o explícitas, lo que permite la creación y perpetuación del consenso social (no vio, sin embargo, que la ideología también está conectada con las mentalidades, es decir, con la estructura mental de cada pueblo dado). Reintegrando la sociedad civil al nivel de la superestructura y asociándola a la ideología, de la que en realidad depende, diferencia en adelante dos formas de superestructura en el mundo occidental: por un lado, la sociedad civil y, por otro, la sociedad política o el Estado per se.

Mientras que en Oriente el Estado lo es todo y la sociedad civil es a la vez ‘primitiva y gelatinosa’, los comunistas de Occidente deben ser conscientes del hecho de que el aspecto ‘civil’ es una adición al ‘político’. Si Lenin, que no se dio cuenta de esto, logró tomar el poder, es porque en Rusia la sociedad civil era inexistente. En las sociedades desarrolladas, no es posible reclamar el poder político sin una toma previa del poder cultural:

La toma del poder no se da únicamente a través de una insurrección política que se hace cargo del Estado sino también a través de una larga actividad ideológica dentro de la sociedad civil que permite sentar las bases necesarias. (Hélène Védrine (8), Les philosophies de l’histoire. Payot, 1975)

El ‘cambio al socialismo’ no se canaliza a través de un golpe de Estado ni de una confrontación directa, sino a través de la subversión de las mentes.

El tema central en esta guerra de posiciones es la cultura, que actúa como puesto de mando de valores e ideas.

Gramsci rechaza así simultáneamente el leninismo tradicional (la teoría del enfrentamiento revolucionario), el revisionismo estalinista (la estrategia del Frente Popular) y las teorías de Kautsky (9) (la constitución de una vasta asamblea obrera). Tanto en lugar del ‘trabajo de partido’ como en paralelo, sugiere reemplazar la ‘hegemonía burguesa’ por la ‘hegemonía proletaria cultural’, justo en las narices de las autoridades establecidas. Superada por valores que ya no le son propios, la sociedad existente será entonces sacudida en sus mismos cimientos y solo habrá que explotar la situación en el campo político.

De ahí el papel asignado a los intelectuales: ‘ganar la guerra cultural’. Aquí, el intelectual se define por la función que ejerce en relación con un determinado tipo de sociedad o producción. Gramsci escribe:

Todo grupo social nacido en el campo primario de una función esencial dentro del mundo de la producción económica crea orgánicamente, al mismo tiempo, una o varias capas de intelectuales que le otorgan homogeneidad y conciencia de su propia función no solo en el dominio económico, sino también en el social y político. (Los intelectuales y la organización de la cultura)

Usando esta (muy ampliada) definición, Gramsci distingue entre intelectuales orgánicos, que aseguran la cohesión ideológica de un determinado sistema, e intelectuales tradicionales, es decir, los que representan a las viejas clases sociales que persisten a través de la disrupción de las relaciones de producción.

Es al nivel de los ‘intelectuales orgánicos’ que Gramsci recrea el sujeto de la historia y la política, ‘los Nous organizadores de otros grupos sociales’, para usar la expresión acuñada por Henri Lefebvre (10) (La fin de l’histoire. Minuit, 1970). El sujeto ya no es el Príncipe ni el Estado, ni siquiera el partido, sino la vanguardia intelectual ligada a la clase obrera. Es esta vanguardia la que, mediante un ‘trabajo de termitas’, cumple una ‘función de clase’ al convertirse en portavoz de los grupos representados en las fuerzas productivas.

También es responsable de otorgar al proletariado la ‘homogeneidad ideológica’ y la conciencia necesarias para asegurar su hegemonía, un concepto que, con Gramsci, reemplaza y trasciende el de ‘dictadura del proletariado’ (en la medida en que se extiende más allá de lo político y abarca la ideología).

Pluralismo y consenso evanescente

En el proceso, Gramsci amplía los medios que considera apropiados para la ‘persuasión permanente’: apelando a la sensibilidad popular, una inversión de valores a nivel de poder, la creación de ‘héroes socialistas’ y la promoción de representaciones teatrales, folklore y canciones (a la hora de definir estos objetivos, se inspira en la experiencia inicial fascista y sus primeros éxitos). El comunismo, dice, debe resolver sus propios problemas teniendo en cuenta la experiencia soviética, pero sin intentar seguir pasivamente este modelo. Esto lo lleva a resaltar la especificidad de las problemáticas nacionales. A sus ojos, la acción y la estrategia políticas no pueden permitirse el lujo de descuidar la complejidad de las sociedades ni su temperamento, mentalidades, herencias históricas, culturas, tradiciones, relaciones de clase (incluidos sus aspectos ideológicos), etc.

Gramsci era muy consciente del hecho de que el período posfascista no sería socialista. Sin embargo, pensó que este último, nuevamente dominado por el liberalismo, representaría una excelente oportunidad para practicar la subversión cultural, porque los defensores del socialismo estarían, moralmente hablando, en una posición de poder.

De este ‘desvío democrático’ surgirá un nuevo bloque histórico dirigido por la clase obrera, con los intelectuales tradicionales conquistados o destruidos. (Cuando usa el término ‘bloque histórico’, una noción que se basó particularmente en un estudio de la situación que prevalecía en el Mezzogiorno, Gramsci se refiere en realidad a un sistema de alianzas políticas que asocia infraestructura y superestructura, centrado en el proletariado y basado en ‘historia’, es decir, sobre las clases y su estructura dentro de la sociedad).

Esta visión suya ha resultado profética, no solo porque es precisamente en los regímenes liberales donde la subversión goza de mayor libertad de acción, sino también porque, al ser pluralistas, estos regímenes se caracterizan por un débil consenso que favorece la injerencia de los intelectuales en las luchas políticas. Jean Baechler (11) escribe:

Un consenso evanescente es lo que tipifica el tipo de orden pluralista. De hecho, el pluralismo político, es decir, el reconocimiento institucional de la legitimidad de proyectos divergentes y competitivos, es intrínsecamente un corruptor del consenso. Bajo el solo impacto del mecanismo de la competencia, la pluralidad de partidos lleva a percibir cada vez más claramente la multiplicidad y variabilidad de las distribuciones, instituciones y valores. Si sucede lo peor, no hay nada en lo que los miembros de tal sociedad puedan ponerse de acuerdo unánimemente. (Qu’est-ce que l’idéologie? Gallimard, 1976)

Nos encontramos así en un círculo vicioso. Las actividades de los intelectuales contribuyen a la destrucción del consenso general, con la difusión de ideologías subversivas que se suman a las fallas intrínsecas de los regímenes pluralistas. Sin embargo, cuanto más se reduce el consenso, más fuerte es la demanda ideológica (que luego deben satisfacer las actividades de los intelectuales). La mayoría ideológica se encuentra así invertida.

Notas

(1) Nacido como György Bernát Löwinger, György o Georg Lukács (13 de abril de 1885–4 de junio de 1971) fue un filósofo, esteticista, historiador literario y crítico marxista húngaro.

(2) Político antifascista.

(3) Togliatti fue el líder del Partido Comunista Italiano.

(4) Karl Korsch (15 de agosto de 1886–21 de octubre de 1961) fue un teórico marxista alemán.

(5) Antonie (Anton) Pannekoek (2 de enero de 1873–28 de abril de 1960) fue un astrónomo holandés, teórico marxista y revolucionario social. Fue uno de los principales teóricos del comunismo de consejos (consejismo).

(6) Amadeo Bordiga (13 de junio de 1889–23 de julio de 1970) fue un marxista italiano, colaborador de la teoría comunista, fundador del Partido Comunista de Italia, líder de la Internacional Comunista y, posteriormente, figura destacada del Partido Comunista Internacional.

(7) Georg Wilhelm Friedrich Hegel (27 de agosto de 1770–14 de noviembre de 1831) fue un filósofo alemán y una figura significativa del idealismo alemán.

(8) Nacida el 5 de junio de 1926, Hélène Védrine es una filósofa francesa.

(9) Karl Johann Kautsky (16 de octubre de 1854–17 de octubre de 1938) fue un filósofo, periodista y teórico marxista checo-austríaco.

(10) Henri Lefebvre (16 de junio de 1901–29 de junio de 1991) fue un filósofo y sociólogo marxista francés, mejor conocido por ser pionero en la crítica de la vida cotidiana, sus conceptos del ‘derecho a la ciudad’ y la producción de espacio social, y su trabajo sobre la dialéctica y la alienación. Apuntó al estalinismo, el existencialismo y el estructuralismo con críticas bastante agudas.

(11) Nacido el 28 de marzo de 1937, Jean Baechler es un sociólogo francés.

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