Derechita en pie de guerra cultural (primera parte). Por Adriano Erriguel

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(Nota del editor: El siguiente artículo hace referencia en algunas secciones a la situación política de España así como de otras democracias occidentales, pero las observaciones y análisis de Adriano Erriguel, autor de nuestra editorial, también se aplican en lo medular a la situación política chilena, por lo que nos pareció relevante compartirlo con los lectores de nuestro blog).

Tras décadas de aplicada gestión tecnocrática, la derecha se ha hecho gramsciana y ha descubierto la “batalla de las ideas”. El problema es cuando las ideas consisten en que es mejor no tener ideas, o cuando éstas consisten en someterse a las fugas hacia adelante de un modelo único de globalización. 

¿En qué se diferencian la derecha hoy llamada “iliberal”, “identitaria” o “populista” de la derecha que rehúsa identificarse como tal, y que sigue proclamándose “centrista”, “reformista”, “liberal-conservadora” y otras denominaciones más o menos gaseosas? Entre otras cosas, en su actitud ante las “guerras culturales”. La primera está en su elemento porque ha nacido en ellas. La segunda se siente incómoda y preferiría que no existiesen.

Intentaremos analizar en las próximas líneas las razones del naufragio cultural de esa derecha sistémica, con una especial atención al “centro-derecha” español. ¿Por qué la vieja derecha, a pesar de haber tenido los medios, la influencia y el poder durante décadas, es incapaz de disputar la hegemonía cultural a la izquierda? ¿Por qué en las “guerras culturales” la vieja derecha no está ni se la espera? (1)

Naturaleza de las guerras culturales

Aunque la expresión se haya popularizado en los últimos años, las “guerras culturales” no datan de ayer. Si bien la cultura y la política siempre han estado entrelazadas, el concepto estricto de “guerras culturales” – tal y como lo entendemos hoy – se remonta a los años 1960, cuando la protesta juvenil incubada en los campus anglosajones tomó la delantera y se impuso a sucesivas generaciones de conservadores morales y culturales. A partir de entonces la vieja derecha permaneció intelectualmente a la defensiva, mientras que la izquierda, adaptada a las condiciones culturales del nuevo capitalismo, no ha cesado de reinventarse. ¿Cuál es la situación actual?

El surgimiento del populismo de derecha ha sido en gran parte consecuencia de la impotencia cultural de esa derecha sistémica. Cuando la derecha sistémica hoy se pone en pie de guerra (cultural) normalmente lo hace para deplorar las guerras culturales, o para decir que hay que centrarse “en lo que de verdad importa” (la economía, los impuestos, etcétera). Para su desgracia, las guerras culturales no son cosa de think tanks burocratizados ni de consultorías a tanto la hora. Tampoco se confunden con el marketing. La batalla de las ideas no se libra desde trincheras estáticas, sino que consiste en una guerra de posiciones en la que se hacen incursiones en terreno enemigo y se retorna con un botín. 

¿Quienes imponen el marco de las guerras culturales? Los primeros que se internan en tierra de nadie, los francotiradores zigzagueantes que se adentran sin reparos – perdón por la pedantería – en el campo de la transversalidad. El objetivo final no es ganar las elecciones sino cambiar la sociedad. Las guerras culturales son el “cuerpo a cuerpo” de la metapolítica.

Primer mandamiento de la guerra cultural: captar aquello que Hegel y los románticos alemanes llamaban el Zeitgeist, que se traduce como el “espíritu del tiempo” y se refiere al clima espiritual y moral de una era. ¿En qué consiste hoy la naturaleza de las guerras culturales?

Para responder a esa pregunta, es preciso detenerse con tiempo en una cuestión clave: la idea de identidad.

Libertad, Igualdad, Identidad

Hay autores que compensan su medianía con un innegable sentido de la oportunidad. El escritor norteamericano Francis Fukuyama es uno de ellos. Su imagen está en la historia de las ideas y tiene cierto valor de icono, no tanto por la originalidad de su obra sino por haber sabido encapsular en una sola idea – el “fin de la historia” – el espíritu de aquellos años: los de la conclusión de la guerra fría, el tiempo en el que parecía que el occidente liberal iba a reinar por siempre sobre el mundo. Pero la imagen de Fukuyama se nos antoja ya en sepia, su tesis ha envejecido y ha sufrido severos varapalos. No obstante, nuestro pensador mantiene los reflejos: en 2018 publicaba un libro titulado Identidad, en el que identificaba a las políticas identitarias como aspecto definitorio de nuestro momento histórico. Fukuyama volvía a situarse en el corazón del Zeitgeist (2).

Todo el que aspire a transformar la realidad no puede negar el Zeitgeist, no puede ignorarlo ni pretender que no existe. Puede, sí, intentar cabalgarlo, orientarlo, reconducirlo, puede incluso rebelarse contra él, pero deberá hacerlo desde ese espíritu y a partir de ese espíritu. El matiz es sutil y no todos son capaces de verlo. El anclaje en el presente es condición necesaria para interpretar y producir realidad. ¿Cómo definir nuestro “presente”?

Vivimos entre una modernidad agonizante y una posmodernidad en ciernes. La primera no acaba de morir, la segunda no acaba de advenir. Somos todavía demasiado modernos y no somos aun suficientemente posmodernos. Si queremos sintetizar los principios rectores de la modernidad, la triada de la revolución francesa – libertad, igualdad, fraternidad – es una forma entre otras posibles. Pero aquí se introduce la mutación posmoderna. La mitología de la libertad y a la igualdad sigue irradiando nuestro presente, pero la tercera parte de la triada – la fraternidad – es la más problemática. Como avatar último de un cristianismo secularizado, la fraternidad toma hoy la forma de cierto discurso globalizador – la “globalización feliz” – que no acaba de cuajar. La globalización es indiscutible como dato histórico, pero como proyecto mundialista está marcada por las resistencias que genera. En su empeño por imponer la indistinción planetaria la globalización exacerba el afán de identidad, y ahí reside el elemento posmoderno del trinomio. Las combinaciones y recombinaciones de la identidad con la libertad y la igualdad son el tema de nuestro tiempo.

Pero a la derecha sistémica no le gusta hablar de identidades. Volver a la identidad es volver al pasado, eso nos dice. ¿Qué hay de cierto en esa afirmación?

Estratos del tiempo

Dando la espalda a sus orígenes, la derecha actual ha interiorizado la visión progresista de la historia. Algo en lo que quiere ser más papista que el papa y darle lecciones a la izquierda, a la que suele acusar de “reaccionaria”. Las políticas identitarias – nos dicen sus cabezas pensantes –suponen la vuelta a un estadio primitivo de la humanidad, un regreso a los mitos historicistas y al tribalismo, un asalto a la razón, en suma. Afirmaciones que solo pueden hacerse desde una muy rudimentaria teoría de la historia. 

Frente a lo que apunta la vulgata progresista, la historia no es una línea cronológica entre un alfa y un omega, ni tiene un “sentido” o dirección unívoca. Para afirmarlo no hace falta recurrir a las visiones cíclicas de la historia. Basta con admitir que el tiempo histórico no es uniforme, y que se descompone en diferentes tempos (valga la redundancia) que pueden dar lugar a giros y rebotes inesperados. Para ilustrarlo, el historiador alemán Reinhart Koselleck formulaba hace décadas su metáfora de los estratos del tiempo. Lo que puede servirnos para explicar el actual retorno a la identidad.

Según Koselleck el tiempo no es lineal y “progresivo” como pretende la modernidad, sino que en el presente confluyen distintas secuencias o procesos históricos, cada una con su propio ritmo, como si fueran “estratos” de tiempo sedimentados. De esta forma los contenidos histórico-temporales circulan por los distintos estratos y están sometidos a una interpretación desde el momento presente, que es el decisivo. Los conflictos surgen cuando se producen desajustes o tensiones entre los diferentes estratos. Todo esto, que parece muy abstracto, se aplica bien a nuestro análisis si nos fijamos en los ciclos históricos impulsados por la revolución francesa: el de la libertad y el de la igualdad. 

¿Cuáles son los acontecimientos fundadores de nuestro mundo? La revolución industrial, las revoluciones liberales y burguesas del XVIII y XIX, la consiguiente expansión del capitalismo. La “aceleración” del tiempo histórico durante los dos últimos siglos – impulsada por la tensión dialéctica entre la libertad y la igualdad – se desplegó sobre un mar de fondo: el de la vida comunitaria, los códigos culturales y los valores preexistentes del “viejo mundo”. Todos estos referentes colectivos – que se rigen por un ritmo histórico más lento – se vieron obligados a coexistir (a veces de forma traumática) con la modernidad. Ahí se sitúa el origen de la cuestión identitaria: en la pérdida de horizontes de sentido compartido.

Escribía hace años Alain de Benoist: “los hombres aspiran en primer lugar a la libertad. Adquirida la libertad aspiran a la igualdad, porque ésta está amenazada por la libertad. Adquirida la igualdad aspiran a la identidad, porque ésta está amenazada por la igualdad. Nos encontramos justamente en ese momento” (3). Los desajustes entre ambos estratos – la libertad y la igualdad – abren paso al tercer estrato, el de la identidad, que se sitúa hoy en el corazón de las “guerras culturales”. 

¿Retorno al pasado?

El afán de identidad se manifiesta de múltiples maneras. La más ruidosa es hoy el shopping identitario posmoderno; o lo que es decir: las guerras culturales de la izquierda. Pero también se manifiesta en la defensa de las identidades arraigadas, nacionales, religiosas y étnicas; es decir, en la guerra cultural de las nuevas derechas. ¿Supone esta defensa un retorno al pasado? 

La pregunta carece de sentido. Volver al pasado es imposible, pero no lo es reconocerse en él. Al fin y al cabo, nuestra identidad es una historia, es “la historia de nuestras transformaciones identitarias específicas” (Alain de Benoist). El presente es tridimensional, en la medida en que aúna el pasado, la actualidad y el futuro. Y la identidad es el hilo conductor. Por eso nuestra mirada sobre la historia nunca es neutra, y por eso vivimos sumidos en la convivencia de múltiples temporalidades. Mal que les pese a los progresistas el pasado nunca pasa del todo, en la medida en la que “de él extraemos las representaciones simbólicas de nuestra identidad, las que nos constituyen como sujetos sociales y actores de nuestra libertad” (4). Las identidades cristalizan en narrativas que se reformulan una y otra vez. La recurrencia – venía a decir Koselleck – es un presupuesto del acontecer histórico, sin las estructuras de repetición no son posibles los sucesos únicos. La historia no es rectilínea sino recursiva, trágica, mítica.

Albor de la posmodernidad, quiebra de la visión progresista de la historia y políticas de identidad: ese es el campo de batalla – hoy por hoy– de las guerras culturales. 

Pero a las derechas sistémicas les cuesta admitirlo. Para entender bien su hoja de ruta hay que volver a Fukuyama.

Argumentos para una derecha mundialista

¿Cuál es el objetivo de Fukuyama? Defender la universalización del modelo liberal de occidente. O lo que es decir, el “fin de la historia” que ya había proclamado en su célebre ensayo de 1989. Para ello necesita afianzar la visión contractualista de la sociedad, que para él no es más que una suma de individuos autónomos, unidos por vínculos racionales. ¿Cómo asegurar la armonía de una “sociedad abierta” multicultural, multirracial y transnacional? ¿Cómo exorcizar el “fantasma” de las identidades colectivas?

En su ensayo Identidad Fukuyama sitúa bien el problema: el deseo de identidad es un componente esencial de la psique humana. El autor norteamericano lo identifica recurriendo a un término platónico: el thymos, la “tercera parte” del alma humana, la sede de la rabia y del orgullo, de los juicios de valor, del sentimiento del honor y de la propia dignidad. Los seres humanos no son totalmente racionales, aspiran también al reconocimiento de su dignidad. Fukuyama reconoce –  de forma implícita – la insuficiencia de la antropología liberal que menosprecia los comportamientos no-utilitarios. Admite que ninguna agrupación puede subsistir sin algún tipo de adhesión irracional de sus componentes. Es ahí – en el thymos– donde se sitúan las políticas identitarias. Fukuyama denomina isothymia al ansia de respeto en pie de igualdad con otra gente, y megalothymia al deseo de ser reconocido como superior.

Frente al afán “timótico” de reconocimiento – que tiene mucho de irracional e innegociable– Fukuyama coincide con los conservadores tradicionales en que las políticas de identidad pueden llevar, en su versión individualista, a la cacofonía de sistemas de valores, a la disgregación social y al nihilismo. Por eso critica a las “políticas de identidad” de la izquierda, que a su juicio promueven la intolerancia, el narcisismo y un enfoque terapéutico sobre las instituciones. Pero lo que más le asusta es que, con su insistencia en las minorías y su abandono de los trabajadores, la izquierda cultural favorezca el auge de la “extrema derecha”. Fukuyama puede derramar lágrimas de cocodrilo por la suerte de los trabajadores, pero la derecha populista es para él el auténtico problema (5)

Fukuyama reconoce que el multiculturalismo puede fracasar de forma estrepitosa (cita el caso de Siria), pero lo defiende con argumentos impropios de un pensador de su fama: cánticos a la “diversidad” como fuente de innovación, creatividad y “espíritu empresarial”, que nuestro autor ejemplifica en la proliferación de restaurantes étnicos (no es broma) y ofertas lúdicas en Washington D.C. El que los inmigrantes prefieran mantener sus propias culturas, lengua y tradiciones le parece a Fukuyama algo positivo, aunque luego se contradice al predicar la asimilación (parece como si quisiera contentar a todos sus lectores). Y como dar consejos es gratis le dice a la Unión Europea lo que debe de hacer: evacuar el “fantasma” de las identidades nacionales (cosa de votantes poco educados), suprimir en sus legislaciones lo que quede de ius sanguinis, liberalizar los mercados de trabajo (como hizo Macron) y acoger la migración como saludable chute de “diversidad”. Con el ademán de un yuppie de Wall Street propone “invertir” en una “identidad europea” basada en valores universales, para lo cual habrá que crear “narrativas” (el “todo es relato” posmoderno) que propaguen la “buena nueva”: la democracia liberal como bálsamo para las pulsiones identitarias. Fukuyama vuelve por sus hegelianos fueros y anuncia la inevitabilidad del multiculturalismo (de nuevo el “fin de la historia”). Canadá, Brasil, Australia y Estados Unidos son las utopías postnacionales del futuro, el mundo está abocado a devenir como ellos. Europa será como Washington D.C. o no será.

Con su politología liviana para lectores del Readers´s Digest el autor norteamericano cierra en falso el problema de las identidades. La humanidad es la única identidad colectiva posible –  nos viene a decir – y lo demás se resolverá a base de derechos individuales. Sus paternalistas admoniciones encubren un profundo menosprecio de la realidad y de la historia europeas. Fukuyama es un autor neoconservador, el portavoz de una derecha mundialista que tiene su epicentro en la capital del Imperio.

Pomporrutas popperianas

Concluida la guerra fría, las derechas occidentales tomaron un rumbo postnacional y post-identitario, con lo que abrieron la puerta al modelo multicultural anglosajón. El llamado “centro-derecha” español es un buen ejemplo. ¿Cómo resumir varias décadas de inopia metapolítica? 

La diputada del Partido Popular Cayetana Álvarez de Toledo publicaba hace años una tribuna en el diario El Mundo– “Contra la Identidad” – que pretendía sentar doctrina (6). La autora, presunta representante de la derecha sesuda y culturalmente batalladora, cargaba en su pieza contra la idea de identidad colectiva, un ejercicio – según ella – “intelectualmente frustrante y políticamente peligroso”. Blandiendo al inevitable Popper, la autora informaba a sus lectores de que “la identidad colectiva no existe, sólo la individual”. “Enarbolar la identidad –escribe – es renunciar a nuestra mayor conquista: la idea de ciudadanía”. Porque lo esencial – continuaba más o menos el argumento – es la pertenencia común a un espacio de derechos y libertades, así como el reconocimiento de los “valores universales” de los derechos humanos, la libertad, la igualdad ante la ley, etcétera. Y con eso debería bastarnos. No hay que confundir – añadía – las raíces culturales o filosóficas con la identidad, son dos cosas diferentes. “Europa y Estados Unidos ganamos juntos la guerra a la identidad” – proclamaba –, por lo que en lógica conclusión “Europa debe rearmarse (…) pero no con una identidad sino contra la identidad”. 

Este texto puede leerse desde dos claves: una circunstancial – en cuanto atañe a la política interna española–, y otra “doctrinal” en cuanto a las ideas de fondo. 

Desde el punto de vista interno, el artículo se dirige claramente contra los nacionalismos periféricos – catalán, vasco, etcétera –, a los que pretende descalificar como contrarios a los inmarcesibles “valores universales”. El problema de este argumento es que evacúa el agua sucia (los independentismos periféricos) con el bebé que flota dentro (la idea de nación española). Para luchar contra el separatismo el centro-derecha se desnacionaliza, se despoja de cualquier carga identitaria, aunque sea la española. 

Desde el punto de vista “doctrinal” la argumentación es de brocha gorda. La idea de que “las identidades colectivas no existen, sólo las individuales” se acompasa a la ilusión neoliberal de que la soberanía reside únicamente en el individuo. La idea de que “Europa y Estados Unidos ganaron la guerra a la identidad” es una vulgar reductio ad hitlerum para amalgamar a los defensores de la identidad con los nazis (o para el caso con el estalinismo, con el islamismo, con Putin, Trump, Breivik, con los dictadores mostachudos y bigotudos y demás enemigos del género humano). Se trata además de un sinsentido histórico, porque fueron las naciones – y no las ideas de Popper – las que derrotaron al nazismo. La diputada popular traza una absurda línea divisoria entre cultura e identidad, como si la primera no tuviera nada que ver con la segunda, como si la identidad no se manifestara por la mediación de una cultura. Contrapone las ideas de ciudadanía e identidad, cuando ambas están históricamente entrelazadas (caso de la revolución francesa, por no remontar hasta la Grecia de Pericles).  Frente a lo que afirma sobre la vieja izquierda, ésta no era universalista sino internacionalista, y no sólo no rechazaba, sino que celebraba la existencia de las naciones (7). La diputada popular reduce la identidad a sus aspectos conflictivos y omite su función de cohesión social. Y de forma poco sutil pretende hacer pasar el itinerario cosmopolita de algunos privilegiados como ejemplo para el mundo, olvidando que en la vida real no todos pueden elegir la nacionalidad que se les antoje. 

¿Qué hay detrás de tanta fobia a la idea de identidad? Pues la teoría y la práctica de una derecha “democrática” que, durante décadas, ha querido aferrarse al kratos ignorando que hay un demos. Esa derecha postnacional quiso sustituir a la nación por la ley (la constitución) y quiso sustituir al pueblo por una suma de “ciudadanos”, como si de una sociedad anónima se tratase. 

¿Cuál fue el resultado de la aplicación de esas ideas en España? 

Patriotismo desinfectado 

La derecha española tiene una peculiaridad histórica: ideológicamente siempre ha estado bajo tutela. Tal vez nunca lo haya estado tanto como en los últimos años.

El paradigma dominante de la derecha española – en palabras del historiador Pedro González Cuevas – ha sido la tradición teológico-política, que ha obstaculizado –cuando no cercenado– la emergencia de una cultura de derecha secular, positivista o hegeliana (8). El franquismo es un ejemplo claro. El régimen “externalizó” en la iglesia su acción metapolítica (el llamado nacional-catolicismo) y a partir de los años 1960 apostó deliberadamente por la despolitización de la sociedad (tecnocracia e ilusión del “crepúsculo de las ideologías”). Mientras tanto, la cultura y las universidades se iban pasando a la izquierda (9). Finiquitado el régimen, la derecha se hizo aconfesional (la iglesia ya había soltado amarras por su cuenta) y se quedó ideológicamente a la intemperie, dedicada a purgar sus pecados históricos (el “centrismo” data de aquellos años) (10). Hasta que, por fin, la derecha encontró una nueva figura tutelar: el vencedor en la guerra fría. La derecha española amaneció anglosajona, pletórica de ardor atlantista y con el fundamentalismo de mercado como alimento espiritual. Thatcher y Reagan pasaron a ser los santos custodios y Washington D.C. la Meca. Un plantel de “neocones” castizos se puso en posición de saludo frente al Pentágono. ¿Qué podía salir mal? 

Los injertos no acabaron ahí. Acomplejada por su pasado franquista, la derecha – perdón, el centro-derecha (“derechita” para algunos) –  importó el “patriotismo constitucional”, un constructo desarrollado por Habermas como “refundación” democrática de Alemania. Con lo cual admitía que el patriotismo español estaba “maldito”. La gesta político-jurídica de la constitución de 1978 devenía así el “año 0” de un patriotismo desinfectado, aseptizado y respetable, susceptible de ganar la batalla cultural frente a los mugidos telúricos de las tribus independentistas. O eso decía el prospecto, al menos. 

El problema es que la falta de identidad produce “horror vacui”. Cuando una identidad se bate en retirada es inmediatamente substituida por otra. Por eso los constructos flácidos tipo “el patriotismo constitucional” son impotentes para luchar contra las identidades carnales y arraigadas, sostenidas en relatos y genealogías movilizadoras. Al evacuar la idea de nación española y sustituirla por la defensa del “constitucionalismo”, la derechita española perdió la guerra cultural contra nacionalistas vascos y catalanes (11). Al fin y al cabo, éstos sabían que el ideal de una sociedad basada exclusivamente en vínculos contractuales, voluntarios y racionales se quedará siempre corto, porque ignora la sed de comunidad del ser humano. Algo que la izquierda siempre ha sabido, como lo demuestra con su ingeniería posmoderna de identidades de recambio (el feminismo es la apuesta de temporada). La derecha identitaria también lo sabe y levanta la bandera de la nación y la patria. Mientras, la homilía popperiana de la derechita se va pareciendo a la melopea de un borracho, todo el mundo la oye, pero casi nadie la escucha.

Pero puestos a importar mercancía averiada, la derechita española parecía no tener límites; como veremos.


Notas

(1) La distinción que recogemos entre “dos derechas” – la iliberal/populista y la “sistémica” – es más bien una simplificación expositiva. Más que de una división rígida se trata de dos “tipos ideales” o “polos” entre los que, en mayor o menor grado, converge una gama de partidos de derecha. Por ejemplo, hay partidos “iliberales” en lo político pero liberales en lo económico (una especie de nacional-liberalismo), o partidos liberales que en materias como la migración viran en sentido proteccionista. 

(2) Francis Fukuyama, Identity. Contemporary Identity Politics and the Struggle for Recognition. Profile Books, 2018. 

(3) Alain de Benoist, Dernière Année. Notes pour conclure le siècle. L’Age d’Homme, 2001, p. 240. 

(4) Alain de Benoist, Nous et les autres. Problématique de l´identité. Editions Krisis, 2006, p. 98. 

(5) Una preocupación compartida por muchos intelectuales progresistas. Un argumento similar al de Fukuyama es desarrollado por el profesor americano Mark Lilla en The Once and Future Liberal: After Identity Politics. C. Hurst & Co. Publishers LtD., 2018 (traducción española: El Regreso liberal: más allá de la política de la Identidad. Ed. Debate, 2018). El autor defiende que para recuperar a sus votantes tradicionales la izquierda debería abandonar las políticas de identidad. 

(6) Cayetana Álvarez de Toledo, “Contra la Identidad”. El Mundo, 5 de septiembre, 2016. 

(7) El peso real del presunto “universalismo” de la izquierda pudo verse en vísperas de la Primera Guerra Mundial, cuando los partidos socialdemócratas votaron unánimemente los presupuestos de guerra y se alinearon con sus respectivas naciones. Por no hablar del componente nacional y patriótico de todas las revoluciones socialistas en el tercer mundo.

(8) Pedro González Cuevas, “En torno a la falsificación de la Historia de las derechas por parte de la izquierda: los fascismos y las derechas españolas”. Revista la Razón Histórica nº 13, 2010. 

(9) Previamente, el franquismo desarticuló a los dos compañeros de viaje que sí tenían una vocación metapolítica: el carlismo y la falange.

(10) Cabe atribuir la imposibilidad de una “democracia cristiana” en España al previo empacho de nacional-catolicismo.  

(11) Cuestión apuntada por el profesor José María Marco en su artículo “Adiós al constitucionalismo” en Libertad Digital, 15-2-2021. 

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