El pensamiento autárquico en una era de desglobalización (primera parte). Por Eric Helleiner

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(Traducción de Gonzalo Soaje, gonzalosoaje@ignaciocarreraediciones.cl)

La crisis global desencadenada por el virus COVID-19 ha generado un nuevo interés político en todo el mundo en el cultivo de una mayor autosuficiencia económica nacional. Este objetivo ya había comenzado a atraer apoyo en algunos sectores antes de la crisis, pero las vulnerabilidades económicas expuestas por el cierre de fronteras y las políticas nacionalistas durante la pandemia lo han colocado en el centro del escenario en los debates de políticas públicas alrededor del globo. Incluso los partidarios ávidos de la globalización económica se han visto obligados a reconocer el nuevo apoyo generalizado a los controles de los flujos económicos transfronterizos destinados a este objetivo. Como dijo The Economist (2020) en mayo de 2020, “no espere un rápido regreso a un mundo despreocupado de movimiento sin restricciones y libre comercio. La pandemia politizará los viajes y la migración y afianzará un sesgo hacia la autosuficiencia”.

Si persiste este “sesgo hacia la autosuficiencia”, los estudiantes de economía política internacional (EPI) necesitan comprender mejor este nuevo panorama ideológico. Desafortunadamente, los libros de texto de EPI contemporáneos no dicen mucho, si es que dicen algo, sobre la ideología de la autosuficiencia económica nacional. Sin duda, muchos de ellos identifican al nacionalismo “como una tradición ideológica de larga data en el campo junto con el del liberalismo económico y el marxismo. Sin embargo, esta etiqueta se identifica con figuras como el pensador alemán del siglo XIX, Friedrich List, que avanzó una versión “neomercantilista” del nacionalismo económico en lugar de una autárquica. Los neomercantilistas piden restricciones comerciales específicas y otras formas de activismo económico gubernamental para promover industrias nacionales que puedan
competir con éxito en los mercados mundiales. La suya es una forma de economía nacionalista que busca impulsar la riqueza y el poder de su país en el contexto de una economía mundial abierta. Los autarquistas, por el contrario, se enfocan hacia adentro en el objetivo de minimizar los vínculos económicos internacionales. (1)

Este artículo comienza a llenar el vacío existente en esta área de estudio. En él, muestro como hay, de hecho, una rica historia intelectual por explorar sobre este tema que incluye la ideas de pensadores famosos como Jean-Jacques Rousseau, Johann Fichte, Mohandas Karamchand Gandhi y John Maynard Keynes. Estas figuras rara vez abogaron por una autarquía económica completa (de la misma manera que pocos liberales económicos respaldan el movimiento completamente libre de mano de obra, capital, bienes y servicios a través de las fronteras). Sin embargo, sus ideas pueden describirse como “autárquicas” porque cada una de ellas destacó los beneficios de cultivar un alto grado de autosuficiencia nacional como ideal. Demuestro cómo estos pensadores, tomados en conjunto, identificaron tres razones fundamentales para esta política: (1) aislamiento de la influencia económica extranjera, (2) aislamiento de influencia política y/o cultural extranjera, y (3) la promoción de la paz internacional. Al mismo tiempo, demuestro cómo los autarquistas no estaban de acuerdo con algunos de estos argumentos y su importancia relativa, así como sobre el significado preciso de la autosuficiencia nacional. Estos desacuerdos surgieron no solo de diferencias en sus objetivos específicos, sino también de las diferentes condiciones a lo largo del tiempo y el espacio en el que se desarrolló el pensamiento autárquico.

Además de mejorar la comprensión de la historia del pensamiento autárquico, el artículo también busca contribuir a otros dos cuerpos emergentes de literatura sobre EPI. El primero consiste en investigación que intenta desafiar y trascender el foco excesivo en Occidente en el campo (por ejemplo, Phillips 2005; Leander 2015; Tussie y Riggiorzzi 2015; Deciancio y Quilconi 2020). Muestro cómo este objetivo es particularmente importante para cualquier análisis de la historia del pensamiento autárquico porque contribuciones clave a esta tradición intelectual vinieron de pensadores no occidentales. Al destacar las contribuciones de estos últimos, mi objetivo es demostrar cómo se puede contar la historia intelectual de la EPI de una manera menos centrada en Occidente de lo que es actualmente la norma en el campo. En segundo lugar, el artículo también habla de la literatura emergente en EPI y otros campos que están explorando las nuevas políticas de desglobalización en la era actual (por ejemplo, Link 2018; van Barneveld et al. 2020). Demuestro cómo los defensores contemporáneos de la autosuficiencia nacional no solo están invocando para esta política fundamentos similares a los propuestos en el pasado, sino también a veces citando explícitamente a los pensadores históricos analizados en este artículo. También tengo en cuenta, sin embargo, cómo estos defensores se ven obligados a reconocer los desafíos de proponer concepciones ambiciosas de la autarquía en el contexto económico global contemporáneo.

Pensamiento autárquico europeo temprano

Un lugar para comenzar un análisis de la historia del pensamiento autárquico es las ideas de Englebert Kaempfer (1651-1716), quien desarrolló uno de las primeras defensas sistemáticas de la autarquía en la economía política europea. (2) Para ser un teórico de la autarquía, Kaempfer llevó una vida notablemente cosmopolita. Nacido en el pueblo de Lemgo en Westfalia, viajó extensamente por Europa y Asia, aprovechando las crecientes interconexiones económicas globales de su época. Sus ideas sobre la autarquía emergieron de su inusual experiencia de vivir en el asentamiento holandés en el puerto japonés de Nagasaki entre 1690 y 1692. A su regreso a Europa en 1692, Kaempfer escribió un manuscrito de la extensión de un libro que se publicó por primera vez en su totalidad póstumamente en una traducción al inglés (del alemán original) en 1727 bajo el título The History of Japan (La historia de Japón). (3) Aunque desconocido para la mayoría de los estudiosos de EPI hoy, el trabajo se convirtió en un “éxito de ventas inmediato” en Europa en la época y fue impreso en doce ediciones y traducciones solo durante su primera década (Bodart-Bailey 1999, pág. 7). La obra continuó dando forma a la comprensión europea de Japón hasta bien entrado el siglo XIX. El almirante estadounidense Matthew Perry incluso llevaba una copia consigo cuando abrió Japón por la fuerza en 1853-1854 (Mervart 2009).

Para aquellos interesados ​​en el pensamiento autárquico, la importancia del trabajo de Kaempfer venía en su apéndice que había sido publicado por sí solo en latín en 1712. Esta parte de su texto se dedicó a la defensa de la decisión de Japón de “cerrarse” sin “ningún comercio con naciones extranjeras, ya sea en casa o en el extranjero” (Kaempfer [1692] 1906, 301). Kaempfer exageró el aislamiento económico de Japón en ese momento, pero las políticas del país de hecho se habían movido en una dirección autárquica desde la década de 1630, cuando las autoridades prohibieron a los japoneses viajar al extranjero y restringieron todo el comercio con Europa a aquel que involucraba a los comerciantes holandeses en Nagasaki. Kaempfer destacó tres beneficios fundamentales de las políticas de Japón, algunos de los cuales puede haber tomado de los pensadores y funcionarios japoneses que conoció durante su estadía. (4) Para nuestros propósitos, sus argumentos fueron particularmente interesantes porque anticipó cada uno de los tres amplios fundamentos de la autarquía que serían reiterados por otros pensadores de todo el mundo en los siglos posteriores.

En primer lugar, Kaempfer argumentó que la autarquía proporcionaba autonomía a las autoridades japonesas de las influencias económicas extranjeras en formas que les permitieron promover cualquier política interna que desearan. Como él mismo dijo, “ya ​​no tenían las manos atadas, pero estaban en libertad de hacer lo que pensaran conveniente, de intentar cosas que fueran ​​imposibles de realizar en cualquier país abierto, donde haya libre acceso y comercio” (Kaempfer [1692] 1906, 335). Como defensor de un gobierno absolutista centralizado en Europa en ese momento, Kaempfer dio un gran valor a esta libertad de acción para los políticos japoneses (Bodart-Bailey 1995, 4-5). Su política fue evidente en el tipo de medidas que elogió a las autoridades japonesas por llevar a cabo dentro de su Estado autárquico. Estas incluyeron llevar “ciudades, pueblos, aldeas, todas las universidades y sociedades mutuas… al más estricto orden y regulaciones imaginables”, así como “nombrar multitudes de supervisores y rígidos censores para vigilar la conducta del pueblo, para mantenerlo dentro de los debidos límites de sumisión, para obligar a todos a una estricta práctica de la virtud, y en resumen, a hacer todo el Imperio, como tal, una escuela de cortesía y buenos modales”. (Bodart-Bailey 1995, 335–36)

En segundo lugar, Kaempfer destacó cómo las políticas autárquicas protegían a los japoneses de influencias políticas y culturales extranjeras. Aprobó la forma en que el país había sido “purgado de los extranjeros y las costumbres extranjeras” debido a su perturbadora influencia doméstica (Kaempfer [1692] 1906, 330). De hecho, uno de los fundamentos centrales del endurecimiento inicial de Japón de los controles externos en la década de 1630 había sido un temor a la subversión extranjera asociado con la creciente promoción europea del cristianismo en el país (Laver 2011). Kaempfer argumentó de manera más general que todos los países que pudieron sobrevivir sin comercio internacional se beneficiarían al mantener alejados a sus habitantes de los “vicios” de otros países así como de su “codicia, engaños, guerras, traición y cosas por el estilo” (Kaempfer [1692] 1906, 305).

Finalmente, Kaempfer asoció la autarquía con la paz internacional. Hizo esta asociación
en parte porque las políticas autárquicas aislarían a los países de las influencias extranjeras que alentaban la guerra. También argumentó que los países autárquicos no tendrían motivación para ir a la guerra. Como dijera, países como Japón, que contaban con “todos los elementos necesarios para la vida “internamente”, no deberían tener ninguna razón para albergar pensamientos acerca de invadir los derechos y propiedades de otros” (Kaempfer [1692] 1906, 304). Además, Kaempfer argumentó que la autarquía fortaleció la capacidad de Japón para defenderse contra la agresión externa. Elogió la “audacia o heroísmo” de los japoneses así como su naturaleza “valiente”, argumentando que estas cualidades habían sido alentadas por el tipo de sociedad que la autosuficiencia de Japón había permitido (Kaempfer [1692] 1906, 307, 336; véase también Mervart 2009, 327).

Al formular estos argumentos, Kaempfer confrontó los puntos de vista del libre comercio de filósofos holandeses del derecho natural como Hugo Grotius y Samuel Pufendorf, cuyas ideas había encontrado durante sus estudios universitarios (Bodart-Bailey 1999, 2; Mervart 2009, 2015). Sin nombrar directamente a Grotius y Pufendorf, reconoció que algunas personas describirían a los japoneses como “prisioneros” a los que “se les negó todo tipo de comercio y comunicación con sus vecinos” (Kaempfer [1692] 1906, 314). Sin embargo, en su opinión, esta perspectiva pasa por alto el hecho de que las políticas autárquicas de Japón habían dejado al país “en una condición más feliz” con habitantes que eran “pacíficos”, “virtuosos” y ricos, con “arte e industria que superan a todas las demás naciones” (Kaempfer [1692] 1906, 336). Kaempfer también cuestionó la opinión de Grot de que el comercio internacional era una fuerza para la paz y que los partidarios de restricciones comerciales debieran ser acusados “de una violación notoria de las leyes de la naturaleza, de una abierta indiferencia a la Suprema Voluntad del Creador Omnisapiente” (Kaempfer [1692] 1906, 302). En cambio, argumentó que era la autarquía la que estaba más en consonancia con la divina voluntad: “Acaso Dios mismo no ha proporcionado, en esa terrible confusión de lenguas en Babel, donde los hombres hasta entonces constituían una sociedad, las pruebas más contundentes de su voluntad e intención, que se rompa su intimidad y comunicación mutua” (Kaempfer [1692] 1906, 303).

De manera más general, Kaempfer reconoció que el comercio exterior permitía a un país
obtener las necesidades de la vida, así como ideas extranjeras útiles relacionadas con asuntos como derecho, ciencia, religión, artes mecánicas, ropa, comida y medicina. Pero argumentó que este beneficio no era relevante para un país como Japón, al que “la naturaleza ha demostrado ser tan amable de suministrarle todas estas cosas necesarias para la facilidad y sustento de la vida, y que, mediante la industria y el trabajo de sus habitantes, se ha elevado a sí mismo a un alto nivel de poder”. Con este argumento, Kaempfer destacó un punto que sería planteado por muchos pensadores autárquicos posteriores: las políticas autárquicas eran más apropiadas para algunos países que para otros. Como dijera Kaempfer, las ventajas que describió eran relevantes para los países “siempre que puedan subsistir sin los productos y manufactureros de países extranjeros” y siempre y cuando “tal sea el estado del País, que pueda admitir, sin gran dificultad, estar confinado dentro de los límites del mismo” y que “tiene fuerza y el coraje suficiente para defenderlo, en caso de necesidad, contra cualquier invasión del extranjero” (Kaempfer [1692] 1906, 305).

Un segundo importante defensor europeo de la autarquía fue alguien familiarizado con la obra de Kaempfer: el conocido pensador francés Jean-Jacques Rousseau (1712–1778). (5) Rousseau escribió poco sobre las relaciones económicas internacionales en su famoso libro Du Contrat Social (El contrato social), publicado en 1762, pero trató el tema directamente en dos ensayos posteriores que escribió sobre la construcción práctica del Estado en Córcega (1765) y Polonia (1772). En esos trabajos, instó tanto al gobierno corso como al polaco a desalentar el comercio internacional. Como Kaempfer, reconoció las condiciones distintivas de cada país y adaptó sus consejos en consecuencia. Para Córcega, Rousseau pensó que era posible una autosuficiencia económica casi completa, particularmente si la isla construía nuevas fábricas para producir algunas necesidades que se estaban importando (Rousseau [1765] 2012, 211, 217-19). En Polonia, reconoció su permanente necesidad de importar productos como “aceite y vino” que podría pagarse con exportaciones limitadas de trigo, pero instó al siguiente principio general para su sistema económico: “Piense poco en el exterior, preocúpese poco por el comercio” (Rousseau [1772] 2012, 296, 300).

Al igual que Kaempfer, Rousseau elogió cómo un mayor número de políticas autárquicas proporcionarían a las autoridades polacas y corsas autonomía de las influencias económicas extranjeras. Su interés por la autonomía, sin embargo, reflejaba preferencias domésticas bastante diferentes de las de Kaempfer. Como es bien sabido, Rousseau fue crítico de la creciente comercialización de las sociedades europeas en su época, una tendencia que asoció con males como la desigualdad, el consumo de lujo, la corrupción, la inmoralidad y la pérdida de libertad individual. En contraste con las políticas mercantilistas francesas de Jean-Baptiste Colbert, favorecía una economía descentralizada, igualitaria, frugal y basada en la agricultura donde el dinero jugara un papel mínimo y en el que una forma republicana democrática de gobierno podría florecer. En su opinión, este tipo de orden interno sería socavado por una política comercial abierta que obligaría a la creación de una sociedad más basada en el comercio. Como dijo a los corsos, “Si Córcega necesitara extranjeros, necesitaría dinero, pero dado que puede ser autosuficiente, no necesita nada” (Rousseau [1772] 2012, 211).

Rousseau también se refirió a los otros dos beneficios de las políticas autárquicas que Kaempfer había mencionado, aunque de formas algo diferentes. Primero, destacó cómo la autosuficiencia alimentaria ayudaría a aislar a los países de la influencia política extranjera: “La única forma de mantener un Estado independiente de los demás es la agricultura. Si llegaras a tener todas las riquezas del mundo, pero no tienes con qué alimentarte, dependes de los demás” (Rousseau [1772] 2012, 195). En segundo lugar, sugirió que los países autárquicos serían más pacíficos porque tenían menos probabilidades de ser atacados que los países que perseguían agresivamente la riqueza y en poder. Este último, argumentó, sería un “objeto continuo de codicia por los grandes poderes y de celos para los poderes menores” (Rousseau [1772] 2012, 193). Por el contrario, su país ideal “no será tenido en alta estima en el extranjero, pero tendrá abundancia, paz y libertad en casa” (Rousseau [1772] 2012, 237). Incluso si este país se enfrentara a una agresión extranjera, Rousseau sugirió que su sociedad centrada en la agricultura fomentaría ciudadanos fuertes y patriotas que estarían bien preparados para defender a su país (Rousseau [1772] 2012, 195, 231, 234, 295).

Fichte y otros pensadores autárquicos europeos del siglo XIX

Uno de los seguidores intelectuales de Rousseau, Johann Fichte (1762-1814), luego desarrolló el caso europeo más conocido a favor de la autarquía en el siglo XIX en su libro de 1800, Der Geschlossene Handelsstaat (El Estado comercial cerrado). A pesar de que Fichte compartió las preocupaciones del pensador francés sobre las sociedades comerciales, rechazó la preferencia de Rousseau por las economías basadas en la agricultura, argumentando que solo resultaría en “una nación miserable, todavía medio abandonada en la barbarie” (citado en Nakhimovsky 2011, 112). En cambio, sugirió que había una manera de reconciliar las preocupaciones de Rousseau por una economía moderna caracterizada por una amplia división de trabajo. Su solución fue que el Estado asuma un papel importante en la economía nacional, regule el empleo, los salarios y los precios de manera que promueva objetivos igualitarios garantizando a los ciudadanos el derecho a trabajar y a vivir “lo más agradablemente posible” (citado en Nakhimovsky 2011, 150). Porque los gobernantes pueden abusar del poder económico doméstico que quería que ejercieran, señaló que sus objetivos solo podían ser realizados en un Estado comprometido con los valores republicanos.

Fichte argumentó que las políticas autárquicas eran clave para su visión porque había que evitar que las influencias económicas extranjeras perturbaran su ambiciosa concepción de
activismo económico del gobierno en la economía nacional. Este argumento se hizo eco de Kaempfer y Rousseau, pero puso la autarquía al servicio de otro objetivo nacional especifico. Fichte reforzó el caso de la autarquía argumentando que el comercio podría ser explotador. Además de criticar la “explotación común del resto del mundo” por parte de Europa, Fichte argumentó de manera más general que el comercio entre países ricos y pobres era desfavorable para estos últimos (citado en Nakhimovsky 2011, 73). Los países ricos se beneficiaron de balances comerciales positivos, entradas de especie y mayores ingresos fiscales que reforzaron su riqueza y poder. Por el contrario, los países pobres experimentaron lo opuesto, lo que resultó en una pérdida de población, fuga de capitales y economías que dependían cada vez más solo de las exportaciones de materias primas. Si bien las políticas mercantilistas pueden permitir que un país pobre se vuelva más rico y poderoso, argumentó que el éxito de esta estrategia no podría durar si todos los demás Estados también la empleaban. Aislar al propio país de toda competencia comercial internacional era, en opinión de Fichte, la mejor solución.

La concepción de la autarquía de Fichte fue más allá de la de Kaempfer y Rousseau al recomendar la conversión de todas las monedas “mundiales” dentro del país (como el oro y la plata) en una nueva moneda nacional inconvertible emitida por el Estado. Además de fortalecer el control económico de la frontera e impulsar una política autónoma, esta reforma permitiría al gobierno gestionar la oferta monetaria para servir los objetivos nacionales. También generaría fondos para invertir en iniciativas que crearan sustitutos nacionales de productos extranjeros. Después de un período de transición, Fichte argumentó que el único comercio aprobado consistiría en intercambios bilaterales intergubernamentales de excedentes de bienes por importaciones que compensaran los diferencias. Los viajes al extranjero también estarían controlados, aunque Fichte alentó el movimiento internacional de académicos y artistas cuyo intercambio de ideas y cultura evitaría que las sociedades autárquicas se estancaran (Nakhimovsky 2011). El compromiso de Fichte con el libre flujo de ideas y el intercambio cultural contrasta con la idea de Kaempfer de que la autarquía debe proteger a una sociedad de las influencias culturales extranjeras.

Como Kaempfer y Rousseau, Fichte también vinculó a la autarquía con la paz internacional. Lamentó cómo el comercio internacional se había asociado con las intensas rivalidades comerciales europeas que llevaron al conflicto y la colonización. En su opinión, la paz solo era posible si estas rivalidades eran eliminadas por políticas autárquicas. La autarquía
también significaría que los países ya no tendrían ninguna razón para oprimirse entre sí ya que cada uno contaría con todo lo que necesitara dentro de sus fronteras. Pero las opiniones de Fichte sobre la relación entre la autarquía y la paz también tenían una salvedad importante. En el período de transición a la autarquía, Fichte argumentó que un país como Prusia podría necesitar anexar territorios cercanos con el fin de crear “fronteras naturales” que fueran más compatibles con la autosuficiencia económica (citado en Nakhimovsky 2011, 110). Esta advertencia destacó el problema que Kaempfer había identificado: no todos los países eran adecuados para la autarquía. Fichte vio el rediseño de fronteras por la fuerza como una solución a este problema. Señaló que el oro y la plata adquiridos de la transformación monetaria doméstica de un país podría utilizarse para contratar soldados extranjeros para esta operación. Sin embargo, después de esta acción militar, Fichte insistió en que el “Estado comercial cerrado” renunciaría a cualquier nueva agresión o adquisición de colonias.

Al vincular a la autarquía con la paz, Fichte también desafió directamente la opinión de algunos de sus contemporáneos liberales que creían que el comercio internacional podía fomentar identidades más cosmopolitas. Fichte se mostró escéptico ante esta última posibilidad: “Me parece que a través de nuestro esfuerzo por ser todo y estar en casa en todas partes, nos hemos convertido en nada, y no nos encontramos en casa en ninguna parte” (citado en Nakhimovsky 2011, 83). Debido a que el comercio fomentaba la rivalidad interestatal, argumentó que, en cambio, había alentado sentimientos nacionalistas malsanos que se centraban sobre el vínculo entre riqueza y gloria nacional. En su opinión, la autarquía fomentaría una cultura nacional más saludable: “un mayor grado de honor nacional y un carácter nacional firememente determinado se desarrollarán muy rápidamente. Esta será una nación diferente y absolutamente nueva” (citado en Nakhimovsky 2011, 83). Sugirió que este nuevo carácter nacional, a su vez, podría sentar las bases para un mejor entendimiento internacional basado en el intercambio de ideas y la cultura más que en el comercio.

Otros tres pensadores europeos del siglo XIX merecen una breve mención dadas sus distintivas justificaciones para la autarquía en esta época. Uno fue Adam Müller (1779-1829), un prusiano que trabajó en la Austria de Metternich a principios del siglo XIX. Aunque Müller era inicialmente un seguidor de Adam Smith, se volvió cada vez más crítico de las sociedades comerciales desde un punto de vista nacionalista conservador que valoraba la unidad orgánica jerárquica de la sociedad agraria feudal. Para proteger la habilidad de un Estado de promover esta visión conservadora, comenzó a respaldar políticas autárquicas. También hizo hincapié en cómo estas políticas reforzarían el vínculo de las personas con su nación, particularmente si incluían una moneda nacional inconvertible que pudiera servir como expresión de la “unidad espiritual interna” de la nación (citado en Pribam 1983, 212; ver también Harada 2001). Si bien la participación en la economía internacional socavó una identidad nacional, la autarquía la reforzaría.

Uno de los principales proteccionistas franceses en la década de 1840, el industrial francés Auguste Mimerel (1786-1871), desarrolló un caso bastante diferente para la autarquía. Su preocupación era el impacto de las presiones competitivas internacionales en los medios de vida de los trabajadores industriales franceses. En su opinión, los salarios de los trabajadores industriales franceses estaban siendo derribados por la competencia de Gran Bretaña, y argumentó que los trabajadores estaban sujetos a “degradación” y explotación por parte de las élites británicas. Para Mimerel, la autarquía era un medio para proteger la “organización social y las costumbres” más igualitarias de Francia de estas presiones económicas extranjeras (citas en Todd 2015, 170, 169)

Otro caso más a favor de las políticas autárquicas fue desarrollado por el economista conservador alemán Karl Oldenberg (1864-1936) a fines del siglo XIX. Al igual que Mimerel, a Oldenberg le preocupaba que los salarios de los trabajadores domésticos estuvieran siendo deprimidos a la fuerza por las presiones competitivas internacionales (incluso de países de bajos salarios como Japón y China). Pero como crítico de la sociedad crecientemente industrial alemana, también le preocupaba que las industrias de exportación rentables estuvieran alejando a los alemanes de la agricultura en formas que socavaron la cultura rural del país y la hicieran dependiente de las importaciones de alimentos y de los mercados de exportación inciertos. Como dijera, “podemos vivir sin industria, pero no sin comida”(citado en Lebovics 1967, 44). Oldenberg también señaló la creciente vulnerabilidad económica de Alemania en un mundo donde importantes potencias como Estados Unidos, Rusia e incluso Gran Bretaña se estaban moviendo en una dirección proteccionista. Si Alemania perdía sus mercados de exportación, argumentó que el aumento del desempleo reforzaría los conflictos de clases nacionales que la industrialización ya había generado. Los alimentos importados también podrían volverse más escasos, sobre todo porque muchos otros países se industrializaron (Barkin 1970, 150–74).

Por todas estas razones, Oldenberg recomendó que Alemania persiga la “autosuficiencia” como un objetivo a largo plazo para “que sigamos siendo dueños de nuestra propia casa” (citado en Lebovics 1967, 45). Reconoció que un giro brusco a la autarquía nacional no era realista para un país como Alemania que estaba profundamente integrado a la economía crecientemente globalizada de fines del siglo XIX. Sin embargo, esperaba que Alemania pudiera cultivar gradualmente una mayor autosuficiencia, particularmente Nahrungsautarkie (autarquía alimentaria): a través del proteccionismo comercial y las políticas nacionales que alentaban a los alemanes a reconstruir la economía tradicional rural y agraria de su país (citado en Lebovics 1967, 51). Oldenberg también se diferenciaba de Kaempfer, Rousseau y (más ambiguamente) Fichte al restar importancia al vínculo entre la autarquía y la paz. Refiriéndose a la política de Alemania en el momento de perseguir el poder global y la expansión imperial, argumentó que su visión autárquica no implicaría un “repudio de la Weltpolitik, de una flota fuerte o de colonias” (citado en Lebovics 1967, 45).

Autarquistas del noreste de Asia

Aunque la historia de la economía política generalmente se cuenta de una manera centrada en Occidente, este enfoque ha sido objeto de crecientes críticas. Sus limitaciones son particularmente evidentes en el caso de la historia del pensamiento autárquico, donde muchas contribuciones importantes fueron hechas por pensadores no occidentales. Tomemos, por ejemplo, el caso de Japón. Ya hemos visto cómo las opiniones importantes de Kaempfer pueden haber sido influenciadas por sus encuentros con pensadores japoneses en la década de 1690 que defendían las políticas de su país en ese momento. Cuando las autoridades japonesas abrazaron políticas aún más autárquicas a fines del siglo XVIII y principios del XIX, los académicos japoneses las justificaron de formas interesantes.

Particularmente importantes a principios del siglo XIX fueron las ideas del académico Shizuki Tadao (1760-1806), quien acuñó el concepto de sakoku (aislamiento nacional) en 1801 para describir las políticas del país (Mervart 2009, 2015). En ese entonces, los funcionarios y pensadores japoneses estaban cada vez más preocupados por la creciente presencia de comerciantes británicos y rusos en su región. Algunos japoneses instaron la adopción de nuevas políticas mercantilistas orientadas hacia el exterior para hacer frente a la creciente amenaza extranjera, pero Shizuki elogió el papel de sakoku en la defensa de la cultura del país y autonomía económica, argumentando que protegía a Japón de “ver nuestras costumbres perturbadas y nuestras fortunas saqueadas por extranjeros ”(citado en Hiroshi 2006, 20). La referencia al saqueo extranjero evocó preocupaciones anteriores sobre cómo los extranjeros estaban robando al país su riqueza al venderles bienes inútiles a cambio de oro y la plata de las minas japonesas que nunca podrían reponerse. (6)

Curiosamente, la defensa de Shizuki también incluyó una traducción del apéndice de la historia de Kaempfer de Japón que anteriormente había elogiado las políticas autárquicas japonesas. De hecho, el concepto sakoku proviene del título que Shizuki eligió para esta traducción: Sakoku-ron (Teoría del aislamiento nacional). Shizuki les dijo a sus lectores que esperaba que su traducción ayudara a estimular un sentido de identificación y orgullo nacional — lo que él llamó “gratitud nacional”, que surge de vivir en un país con todas los virtudes esbozadas por el autor extranjero (citado en Hiroshi 2006, 20). Hasta donde sé, la obra de Kaempfer fue el primer trabajo europeo en abordar la política económica en ser traducido al japonés (y más de ocho décadas antes de las traducciones de The Wealth of Nations (La riqueza de las naciones) o la obra más conocida de List, El sistema nacional de economía política. En la medida en que los argumentos de Kaempfer se basaron en ideas japonesas previas, la traducción de Shizuki también representó un ejemplo notable de cómo las ideas autárquicas fluyeron de este a oeste y viceversa en este temprano momento histórico.

Uno de los temas del trabajo de Shizuki fue desarrollado con más detalle en 1825 por
el destacado pensador japonés Aizawa Seishisai (1782-1863). Shizuki había notado
que la creciente amenaza extranjera podría desempeñar un papel útil de “endurecer la más urgente determinación por defenderse de las amenazas externas y la armonía en el hogar” (citado en Hiroshi 2006, 20). Esta idea estaba en el centro del trabajo de Aizawa, Shinron (Nuevas tesis), que defendió una orden del gobierno en 1825 que pedía el uso de la fuerza para repeler barcos extranjeros que intentaran desembarcar en Japón. Aizawa elogió cómo la nueva política del gobierno podría provocar un conflicto con los extranjeros que “unificaría la voluntad del pueblo” a través de una reafirmación de los valores confucianos tradicionales en formas que podrían permitir a Japón defenderse de los extranjeros (citado en Hiroshi 2006, 23). En lugar de ver la autarquía como fuerza de paz, Aizawa esperaba que pudiera provocar la guerra. Aizawa presentó otros tres argumentos en apoyo de la autarquía. Primero, repitió preocupaciones japonesas pasadas sobre la influencia política extranjera, señalando que el comercio brindó a los extranjeros oportunidades para promover el cristianismo de maneras que socavaron la lealtad de los japoneses a su país y que podrían servir como preludio a la anexión (Wakabayashi 1986, 86–90, 109, 112). También se hizo eco de la antigua crítica japonesa de la naturaleza explotadora del comercio internacional, argumentando que “el comercio exterior es en gran medida una pérdida de nuestros metales preciosos para mercancías inútiles” (Aizawa [1825] 1986, 239). Finalmente, vio la autarquía como una forma de desafiar la creciente comercialización y la decadencia de la sociedad japonesa y de restaurar la economía tradicional agraria de Japón. Para Aizawa, las importaciones eran principalmente “artículos de lujo”, mientras que las exportaciones alentaron la agricultura de cultivos comerciales que socavaron la agricultura tradicional japonesa y las necesidades alimentarias domésticas (Aizawa [1825] 1986, 239). El deseo de Aizawa de proteger a la sociedad japonesa de las presiones comerciales extranjeras tenía algunas similitudes con las ideas de Rousseau (que él no conocía), pero su objetivo de construir una sociedad en torno a lo que Bob Wakabayashi (1986, 6) llama una especie de “confucianismo muscular” era muy diferente.

Las obras de Shizuki y Aizawa inicialmente circularon de forma privada en círculos intelectuales, pero ambas finalmente fueron publicadas en la década de 1850 en el contexto de los acalorados debates sobre la apertura económica del país en ese momento. (7) Rápidamente, el concepto de Shizuki, sakoku, se utilizó en forma amplia para describir la política económica exterior de Japón, mientras que el texto de Aizawa se convirtió en “una biblia virtual” para los activistas de la década de 1860 que estaban comprometidos con expulsar a los extranjeros de Japón después de la llegada de Perry (Wakabayashi 1986, ix). Aizawa mismo, sin embargo, había decidido en ese momento que Japón necesitaba aceptar la apertura mediante tratados con las potencias extranjeras para evitar la invasión y colonización (Wakabayashi 1986, 24, 135–37). Después de la Restauración Meiji de 1868, la mayoría de los pensadores japoneses también comenzaron a aceptar la integración del país en los mercados mundiales, con muchos instando a la adopción de políticas activistas y neomercantilistas para impulsar la riqueza y poder en la economía global cada vez más integrada de su época.

Pero quedaron algunos partidarios prominentes de la autarquía. El más conocido en la década de 1870 y principios de la de 1880 fue el intelectual público budista Sada Kaiseki (1818–1882), que lideró en todo el país boicots de productos extranjeros, como lámparas de queroseno, paraguas, sombreros, ferrocarriles, barcos a vapor, jabón y vino occidentales (Rambelli 2011, 2017). Al igual que otros autarquistas, Kaiseki argumentó que su país necesitaba ser protegido de las influencias extranjeras, pero sus aspiraciones específicas para su país eran bastante innovadoras. Criticando la adopción del modelo occidental de industrialización por los líderes del país en ese momento, Kaiseki sugirió que Japón necesitaba políticas que se adaptaran mejor a la cultura y las necesidades económicas distintivas del país. En lugar de generar progreso material mediante la producción en masa al estilo occidental, basada en máquinas, instó a una estrategia basada en la agricultura y los métodos artesanales japoneses de producción, que eran más a escala humana y en sintonía con la naturaleza. Sus sentimientos ecológicos también eran evidentes en su oposición a los productos extranjeros que dependían de combustibles fósiles cuyo suministro era finito. En sus palabras, el carbono “no se recrea” una vez que es utilizado (citado en Rambelli 2011, 122).

Kaiseki argumentó que la autarquía era necesaria para el éxito de su modelo preferido de economía. Las importaciones extranjeras baratas y atractivas corren el riesgo de socavar a los productores artesanales locales que eran centrales en su estrategia económica. También introdujeron influencias culturales extranjeras que alejaron los gustos locales de los bienes producidos localmente. Además, le preocupaba que la nueva producción de monocultivos orientados a la exportación estaba provocando el agotamiento del suelo y la deforestación que amenazaba con socavar la prosperidad a largo plazo del país. En lugar de depender de la demanda extranjera y la promoción de la industria de estilo occidental, argumentó que las autoridades públicas deberían promover el consumo de productos agrícolas y artesanales de fabricación local, incluso si esto daba lugar a algunas ineficiencias económicas. Como dijera, “la inconveniencia debe ser estimada” (citado en Sugiyama 1994, 1).

La campaña de boicot de Kaiseki tuvo resultados limitados en Japón, pero el apoyo a la autarquía era más fuerte en ese momento en la vecina Corea, que rechazó la apertura económica hasta mediados de la década de 1870. Desde el siglo XVII, Corea había mantenido una política de reclusión frente a Occidente que a menudo era más estricta que la de Japón. A medida que la presión extranjera por la apertura económica crecía después de mediados del siglo XIX, algunos coreanos empezaron a instar la adopción de una estrategia económica neomercantilista y más orientada hacia el exterior para abordar el nuevo desafío externo (Helleiner, de próxima publicación, Capítulo 9). En este contexto, los partidarios de la política autárquica tradicional se vieron cada vez más obligados a justificarla de forma más explícita.

Inicialmente fueron dirigidos por el destacado académico Lee Hang-ro (1792-1868), quien había sido contratado especialmente por el gobierno para diseñar políticas para hacer frente a las potencias occidentales (Chung 1995). Lee estaba más preocupado de cómo la apertura económica dejaría al país vulnerable a las influencias culturales extranjeras que socavaron su sociedad neoconfuciana. Argumentó que el comercio internacional alentaría un comportamiento lucrativo y una afluencia de ideas materialistas occidentales y bienes de consumo que amenazaban los valores neoconfucianos del país como la frugalidad y la modestia. En su opinión, la apertura económica contaminaría las mentes del pueblo coreano al desencadenar una “inundación” de “deseos humanos” malsanos que los reducirían a “bárbaros y bestias” (citado en Chung 1995, 126-27). La preocupación de Lee fue resumida en su frase de advertencia “intercambio de mercancías, intercambio de inmoralidad” (tonghwa tongsaek), que se convirtió en un tema dominante de los oponsitores de la apertura económica a fines del siglo XIX (citado en McNamara 1996, 62).

Lee también compartió algunas de las preocupaciones económicas y políticas de otros autarquistas. En el ámbito económico, Lee argumentó que la apertura del país socavaría a los productores tradicionales coreanos que se verían expuestos a una nueva competencia extranjera. También sugirió que el comercio internacional explotaría económicamente a Corea porque estaría exportando recursos cuya oferta era limitada a cambio de manufacturas extranjeras que podrían producirse “sin restricciones” (citado en McNamara 1996, 208). Políticamente, Lee predijo que la apertura económica expondríar a Corea a una peligrosa influencia política extranjera dentro del país. Por el contrario, sugirió, como Kaempfer y Rousseau, que la autarquía fortalecería la capacidad de Corea de defenderse de la agresión extranjera. En palabras de Chai-sik Chung (1995, 209), este argumento deriva de la creencia de Lee de que la “defensa externa del Estado y la sociedad dependían de la reforma interna: el cultivo interno del yo”.

Notas

(1) Para una discusión más detallada del “neomercantilismo”, ver Helleiner (de próxima publicación). Aunque uso la frase autosuficiencia “nacional” en el contexto del pensamiento autárquico, es importante señalar que algunos de los primeros pensadores que discuto no tenían cosmovisiones nacionalistas.

(2) Los pensadores anteriores, como Antoine de Montchrétien en 1615, abogaron por la autarquía como una política temporal antes de convertirse a políticas mercantilistas más orientadas hacia el exterior (Palatano 2016).

(3) El manuscrito original en alemán de Kaempfer se publicó finalmente a fines de la década de 1770 (Bodart-Bailey 1999).

(4) Durante su estadía en Japón, Kaempfer viajó más allá de Nagasaki con el jefe de la misión holandesa en la visita anual de este último al shogun y pasó varias semanas en Edo (Goodman 2005, 364).

(5) Respecto de la familiaridado de Rousseau con el trabajo de Kaempfer, ver, por ejemplo, Mervert (2009, 322, 328fn33).

(6) Véanse especialmente las opiniones del académico y funcionario confuciano Arai Hakuseki, quien reforzó los controles comerciales en 1709-1716 (por ejemplo, Nakai 1988, 107-13).

(7) La obra de Shizuki fue publicada justo antes de la llegada de Perry, mientras que Aizawa se publicó en 1857.

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