El pensamiento autárquico en una era de desglobalización (segunda parte). Por Eric Helleiner

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Afiche del Comitato per il Prodotto Italiano (Comité por el producto italiano) de promoción de la política estatal de autarquía (Leopoldo Metlicovitz, 1935)

Leer la primera parte

(Traducción de Gonzalo Soaje, gonzalosoaje@ignaciocarreraediciones.cl)

Otros pensadores autárquicos más allá de Occidente

En otras regiones no occidentales del mundo también existieron destacados defensores de la autarquía. El ejemplo más conocido en la América Latina del siglo XIX fue José Gaspar Rodríguez de Francia (1766-1840), gobernante de Paraguay desde 1814 hasta su muerte en 1840. Después de organizar y ser elegido por lo que Richard White (1978, 56) llama “el primer congreso popular de América Latina”, Francia se propuso crear lo que él denominó una economía “autosostenible” sin mucha dependencia del mundo exterior (citado en White (1978, 125). Con este fin, fomentó algunas manufacturas para reducir las necesidades de importación y alentó al sector agrícola del país orientado a la exportación a centrarse en el mercado nacional. Todo el comercio exterior se canalizó a través de dos localidades, donde algunos de los excedentes de productos básicos del país se negociaban mediante trueque por bienes que Paraguay no podía producir (Whigham 1991; White 1978; Williams 1979, Capítulo 4). Los esfuerzos de Francia para crear lo que llamó “un sistema de no relaciones” con el mundo exterior no fueron del todo exitosos, pero Paraguay se convirtió en el único país de América del Sur en producir casi toda su ropa en una época en que otros estaban experimentando crecientes importaciones de bienes británicos baratos y producidos en forma industrial (citado en Robertson [1939] 1970a, 279; véase también Williams 1979, 92; Batou 1990, 243). (8)

Los estrictos controles de Francia sobre el comercio exterior le valieron a Paraguay la reputación de un “Japón tierra adentro” bajo su liderazgo (Whigham 1988, 279). Sin embargo, las influencias intelectuales de Francia no vinieron de Japón. En cambio, tenía lo que un erudito llama una “visión rousseauniana de la vida” que recogió durante su educación universitaria que culminó con un doctorado en teología de la Universidad de Córdoba en Argentina en 1785 (Williams 1979, 20). Además de enfatizar la necesidad de una economía de base agraria, Francia promovió objetivos rousseaunianos como la frugalidad, el igualitarismo, el patriotismo y especialmente la protección de la soberanía de su país frente a la influencia política extranjera y la “dependencia” (citado en White 1978, 138; ver también Robertson 1939] 1970a, 279–80; Williams, 1979, pág. 78).

En el Caribe, unas décadas más tarde, otro partidario de la autarquía fue Edmund Paul (1837-1893), quien emergió como un político prominente en la década de 1870 y “fue uno de los pensadores políticos más importantes del Haití del siglo XIX” (Nicholls 1996, 102). A principios de la década de 1860, Paul publicó un análisis que sugería que su país trabajara en pos del estado comercial cerrado de Fichte como un objetivo a largo plazo. Mientras que muchos en Haití estaban contento con el papel del país como exportador agrícola, Paul quería que Haití avanzará en una dirección autosuficiente y promoviera la industria local a través de aranceles y otras formas de apoyo gubernamental. En su opinión, la independencia política de Haití requería una independencia económica que sólo podía cultivarse a través de esta transformación económica (Nicholls 1996). Para evitar la influencia extranjera, Paul también argumentó que el desarrollo económico de Haití debería ser financiado en la mayor medida posible por capital local y criticó la falta de patriotismo de los haitianos que exportaban su dinero a Europa. Además, respaldó una prohibición existente a la propiedad extranjera de tierra, argumentando que protegía a los pequeños terratenientes locales del influjo de inversores extranjeros. Este último, temía, crearía una especie de esclavitud económica similar a la esclavitud legal contra la que había triunfado la revolución haitiana. Como dijera: “Conceder el derecho de propiedad a los blancos mientras el prejuicio de color sigue siendo prevaleciente, sería renunciar al fin que persigue la nación”. Paul advirtió que en todo el mundo “hasta el día de hoy, la prosperidad de los blancos se basa en la degradación de los negros” (citas en Nicholls 1996, 103).

Yendo a África, un defensor particularmente interesante de la autarquía fue Kobina Sekyi (1892-1956) quien ha sido descrito como “uno de los intelectuales más destacados en África Occidental, y de hecho en África colonial en general” (Langley 1979, 44). Nacido en la colonia británica de Gold Coast, Seyki estudió filosofía en la Universidad de Londres, tras lo cual se convirtió en un prominente nacionalista anticolonial conservador. Sekyi ([1917] 1979, 244) fue particularmente crítico con el imperialismo europeo por “desnacionalizar” a los pueblos que conquistó e instó a los africanos a aislar sus culturas y nacionalidades de la civilización europea. Esta última estaba, en su opinión, “basada en el comercio o el intercambio” de formas que socavaban los lazos sociales naturales, generaban desigualdad y codicia, y resultaban en sociedades “excesivamente lujosas” y “enfermas” (Sekyi ([1917] 1979, 248, 243).

En opinión de Sekyi, los africanos debían seguir estrategias de desarrollo que reflejaran su propia cultura: “dejar que cada grupo social se desarrolle a lo largo de las líneas marcadas para ellos por sus antepasados ​​no occidentalizados y por lo tanto no moralizados, aceptando de Occidente solo las instituciones a las que se puede adaptar, y no a las que no pueden sino alterar, su vida nacional” (Sekyi ([1917] 1979, 250). Para alcanzar esos objetivos, Seyki argumentó que los futuros países africanos independientes debían adoptar la autarquía económica, participando en el comercio internacional solo mediante trueque cuando fuera necesario. La ejecución de esta estrategia autárquica, argumentó, también contribuiría a la paz mundial. Su razonamiento fue que la estrategia alternativa de seguir el modelo europeo conduciría a África a ” siempre crear nuevas necesidades para suplir un deseo insaciable de conquista, siempre oprimiendo a otros para promover esta conquista, y obligado a terminar consumiendo todo aquello que ha sido adquirido por tal conquista en el holocausto universal encendido por el demonio de la Codicia” (Sekyi ([1917] 1979, 244–45).

En el sur de Asia, el defensor más famoso de la autarquía fue Mohandas Karamchand Gandhi (1869-1948). Aunque Gandhi es mejor conocido por su papel principal en la lucha india por la independencia, combinó su política anticolonial con una convincente visión económica de swadeshi —o autosuficiencia económica— para la India. Él quería ver a su país construir sobre su antigua tradición de pueblos autónomos cuyas economías se centraban en actividades agrarias y artesanales localizadas, y donde la gente no estaba atrapada en “la prisa moderna, y la multiplicación de necesidades y maquinaria para abastecerlas” (citado en Ganguli 1977, 251). La visión de Gandhi contrasta con las opiniones económicas de otros nacionalistas indios como Jawaharlal Nehru, quien favoreció una estrategia de industrialización neomercantilista dirigida por el Estado para alcanzar la riqueza y el poder de los países industriales occidentales. En opinión de Gandhi, esa estrategia pasaba por alto los inconvenientes de la civilización industrial occidental moderna con sus desigualdades extremas, explotación y violencia que eran incompatibles con la libertad individual y la vida democrática (Trivedi 2007).

Para que su visión económica se hiciera realidad, Gandhi reconoció la necesidad de aislar a la India de las influencias económicas extranjeras a través de políticas autárquicas. Gandhi destacó cómo las importaciones de la Gran Bretaña imperial habían socavado a los productores indios tradicionales y agotado la riqueza de la India (Gandhi 1997, 168; 1971, 158, 239). A partir de esta experiencia de explotación colonial, argumentó: “Es ciertamente nuestro derecho y deber de descartar todo lo extranjero que es superfluo e incluso todo lo extranjero que es necesario si podemos producirlo o fabricarlo en nuestro país” (Gandhi 1971, 262). Gandhi también sugirió que las importaciones no serían necesarias porque “cada aldea de la India será casi una unidad autosuficiente y autónoma que intercambia solo esos productos necesarios con otras aldeas donde no se pueden producir localmente” (citado en Gupta 1968, 143). Además, Gandhi argumentó que los productores indios no sentirían ninguna necesidad de exportar porque los consumidores locales proporcionarían un mercado estable para sus productos (Ganguli 1977, 247).

Al esbozar esta visión, Gandhi a veces contrarrestó en forma directa los argumentos liberales en favor del libre comercio. Por ejemplo, cuando los críticos señalaron que los productos domésticos serían más caros, Gandhi respondió que la economía no se trataba solo de eficiencia económica y progreso material, sino también sobre ética y espiritualidad (Gerth 2003, 18). Insistió en que el tipo de progreso económico material discutido por pensadores económicos occidentales y valorados por la civilización occidental era “antagonista del progreso real” de un tipo moral. Llamó a la India a resistir al “dios monstruo del materialismo” que había “atrofiado” el “crecimiento moral” de Occidente y, en cambio, convertirse en una “nación verdaderamente espiritual” basada en ideales antiguos (Gandhi 1997, 160, 162). En este sentido, su argumento a favor de la autarquía se hizo eco del de otros pensadores no occidentales preocupados no solo por las influencias extranjeras de tipo económico, sino también cultural.

Gandhi también cuestionó la ecuación trazada por muchos liberales entre el libre comercio y la paz. En su opinión, “la mayoría de las guerras de nuestro tiempo surgen de la codicia por dinero” (Gandhi 1971, 371). Argumentó que la civilización industrial occidental generó un exceso de producción que incentivó la búsqueda de mercados de exportación y libre comercio, incluso a través de la violencia, la explotación y la guerra. Si su país emulara a la civilización occidental, Gandhi, como Sekyi, argumentó que se convertiría en una amenaza para la paz mundial: “Inglaterra, con su producción a gran escala, tiene que buscar un mercado en otra parte. Lo llamamos explotación. Y una Inglaterra explotadora es un peligro para el mundo, pero si eso es así, cuánto más lo sería una India explotadora, si ella tomara la maquinaria y produjera telas muy veces por sobre lo requerido” (Gandhi 1971, 47).

Si la economía swadeshi era capaz de impedir que la India se volviera agresiva hacia otros países, Gandhi reconoció que algunas personas podrían cuestionar si sería capaz de defenderse suficientemente “ante un mundo armado hasta los dientes” (citado en Ganguli 1977, 253). Sin embargo, como Lee Hang-ro en Corea, sugirió que las personas que viven en su Estado ideal estarían bien equipadas para defenderse debido a su fuerza moral: “Si tan sólo limpiamos nuestras casas, nuestro palacios y templos de los atributos de la riqueza y mostramos en ellos los atributos de moralidad, podemos ofrecer batalla a cualquier combinación de fuerzas hostiles sin tener que llevar la carga de una milicia pesada” (Gandhi 1997, 162). También argumentó que “una India ruralmente organizada correrá menos riesgo de invasión extranjera que la India urbanizada bien equipada con fuerzas militares, navales y aéreas”. Su razonamiento se hacía eco del de Rousseau: “Las casas sencillas de las que no hay nada que llevarse no requieren vigilancia” (citado en Agarwal 1944, pág. 21).

La popularidad de la autosuficiencia nacional en la década de 1930

Fue en la década de 1930 cuando el pensamiento autárquico alcanzó su mayor influencia política a través del globo. El detonante fue la Gran Depresión de 1929-1933 y el colapso asociado del comercio transfronterizo, los préstamos extranjeros y el estándar oro internacional. A medida que se desmoronaban las relaciones económicas internacionales, muchos países, especialmente los deudores, reforzaron la tendencia a la desglobalización al imponer controles estrictos sobre la actividad económica transfronteriza como forma de hacer frente a la crisis económica. Este giro hacia políticas más autárquicas fue apoyado y reforzado por una serie de pensadores.

El más famoso de ellos fue el economista británico John Maynard Keynes (1883–1946) en su ensayo de 1933, National Self-Sufficiency (Autosuficiencia nacional). Dado que Keynes ya se había convertido en una celebridad internacional, su ensayo atrajo una enorme atención y fue publicado en medios de Gran Bretaña, Irlanda, Estados Unidos y Alemania tan solo ese año. (9) Sigue siendo el tratado autárquico más conocido del siglo XX. Keynes había respaldado el libre comercio en su juventud, pero le dio la espalda completamente a estos puntos de vista anteriores en este ensayo, insistiendo en que ahora era necesario “salir de los hábitos mentales del mundo de la preguerra del siglo XIX” (Keynes 1933, 755). Al mismo tiempo, su visión de autosuficiencia nacional no era absoluta. Se centró en reducir el flujo de bienes y especialmente de las finanzas, al mismo tiempo que permitía algunos flujos transfronterizos:

Simpatizo (…) con aquellos que quisieran reducir al mínimo, más que con aquellos que trataran de aumentar al máximo la trabazón entre las naciones. Las ideas y el conocimiento, el arte, la hospitalidad, los viajes, estas son las cosas que deberían, por su naturaleza, ser internacionales. Pero dejan que los artículos sean hechos en casa, siempre que sea razonable y convenientemente posible; y, sobre todo, dejad que las finanzas sean antes que nada nacionales. (Keynes, 1933, pág. 758).

El énfasis de Keynes en la autarquía financiera y su insistencia en el flujo duradero de ideas recordaban a Fichte. Su caso central a favor de la autarquía también guardaba algunas similitudes con el énfasis del anterior pensador alemán en la necesidad de autonomía política en pos del activismo económico doméstico. En opinión de Keynes, los gobiernos debían liberarse de las limitaciones externas con el fin de probar nuevos tipos de políticas económicas para abordar la crisis económica: “todos debemos estar lo más libres posible de interferencias de los cambios económicos en otros lugares, con el fin de hacer nuestros propios experimentos favoritos hacia la república social ideal del futuro”. Continuaba: “un movimiento deliberado hacia una mayor autosuficiencia nacional y aislamiento económico hará nuestra tarea más fácil, en la medida en que se pueda realizar sin un coste económico excesivo” (Keynes 1933, 763). El propio Keynes favoreció políticas macroeconómicas activistas dirigidas a la promoción del pleno empleo. Para que estas políticas fueran efectivas, dijo que la mayor autosuficiencia nacional, en particular respecto de controles sobre los movimientos financieros, permitiría a Gran Bretaña reducir su tasa de interés en formas que generaran mayor “prosperidad material” para el país (Keynes 1933, 763).

Al igual que algunos autárquicos anteriores, Keynes también destacó su disgusto más amplio por las sociedades de orientación demasiado comercial. Criticó el tipo de “capitalismo internacional, decadente e individualista” [760-61] en vigor durante la década de 1920, argumentando que “no es inteligente, no es hermoso, no es justo, no es virtuoso y no da resultado” (Keynes 1933, 761). También atacó el enfoque liberal del siglo diecinueve en los “resultados financieros” a expensas de otros valores, incluyendo objetivos de equidad y medioambientales:

La conducta toda de la vida se convirtió en una especie de paradoja de la pesadilla de un contador. En lugar de usar las fuentes materiales y técnicas, ampliamente aumentadas, para construir una ciudad de maravilla, construían las miserables casas de los barrios bajos; y creían justo y aconsejable construir casas miserables, porque estas, en la prueba de la empresa privada, “pagaban” (…) Destruimos la belleza del campo porque el esplendor de la naturaleza que no está sujeto a propiedad no tiene valor económico. Somos capaces de suprimir el sol y las estrellas porque no pagan dividendos. (Keynes 1933, 763–64)

Si bien respaldó la necesidad de “experimentos” político-económicos nacionales, Keynes también dejó en claro que no sentía simpatía por los que se llevaban a cabo en lugares como la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin. Escribiendo poco después de que Hitler llegara al poder, describió a Alemania como “a merced de irresponsables desencadenados” (Keynes 1933, 766). (10) También atacó al gobierno ruso por su “sacrificio de casi todo lo que hace que la vida valga la pena” y dijo que” Stalin ha eliminado todas las mentes críticas e independientes, aun cuando simpatice con él en términos generales” (Keynes 1933, 766, 769). De acuerdo con sus valores domésticos liberales, Keynes insistió en que la autarquía nunca debería convivir con la “Intolerancia y ahogar la crítica instruida” y destacó su propia preferencia por un orden económico doméstico que retenga “tanto juicio privado e iniciativa y empresa como sea posible” (Keynes 1933, 762, 768).

Keynes reconoció que una política de autosuficiencia nacional podría ser demasiado costosa para países pequeños como Irlanda que perderían los beneficios económicos del comercio internacional. (11) Sin embargo, para los países más grandes, Keynes pensaba que esos beneficios habían sido exagerados porque “la mayoría de los procesos modernos de producción en masa se pueden realizar en la mayoría de los países y climas con una eficiencia casi igual” (Keynes 1933, 760). En países de altos ingresos, también dijo que los productos primarios y manufacturados comerciables desempeñan un papel relativamente menor en la economía nacional en comparación con las casas, servicios personales y comodidades locales, que no están igualmente disponibles para el intercambio internacional” (Keynes 1933, 760). De manera más general, argumentó que los costos de abandonar el libre comercio serían más que compensados por las ganancias económicas derivadas del activismo económico nacional hecho posible al “traer gradualmente al productor y al consumidor dentro del ámbito de la misma organización nacional económica y financiera” (Keynes 1933, 760).

Como algunos pensadores autárquicos del pasado, Keynes también sugirió que esta política podría ser una fuerza por la paz. Desafiando la ecuación liberal entre libre comercio y paz, sugirió que la interdependencia económica podría generar más, en lugar de menos, razones para ir a la guerra: “La protección de los intereses que un país tiene en el extranjero, la conquista de nuevos mercados, el progreso del imperialismo económico, son una parte, apenas evitable, de un plan de cosas que aspira al máximo de especialización internacional y al máximo de difusión geográfica del capital, dondequiera que radique el derecho de propiedad” (Keynes 1933, 757). También dijo que el registro histórico cuestiona el caso a favor del liberalismo: “la era del internacionalismo económico no fue particularmente exitosa en evitar la guerra” (Keynes 1933, 758).

Aunque el artículo de Keynes en 1933 fue la defensa intelectual más destacada de la autarquía a principios de la década de 1930, no fue la única. En 1931 y 1932, un escritor conservador alemán y partidario nazi, Friedrich Zimmermann (también conocido como Ferdinand Fried) (1898-1967), publicó dos libros titulados Das Ende des Kapitalismus (El fin del capitalismo) y Autarkie (Autarquía) que abogaba por “renunciar a la idea de la economía mundial” en favor del “aislamiento de las esferas económicas nacionales individuales” (citado en Szejnmann 2013, 363). Descrito por Stefan Link (2018, 359) como “el principal defensor de la autarquía en la Alemania de la Depresión”, Zimmermann argumentaba que esta política protegería al Estado alemán de la influencia política extranjera y permitiría la introducción de una economía planificada que implique la “renuncia total al capitalismo y el liberalismo” (citado en Szejnmann 2013, 363). También podría permitir a Alemania deshacerse de la carga explotadora de la aplastante deuda externa del país. Como dijera Zimmermann, “la compulsión entera de la deuda internacional y los pagos de intereses prevalecen solo mientras los países individuales se vean obligados a ser miembros de la economía global” (citado en Link 2018, 359). Asimismo, Zimmermann se hizo eco de Müller al argumentar que la autarquía se convertiría en una expresión “de la voluntad nacional de Alemania (citado en Braatz 1971, 579). (12)

Al defender la autarquía, los fascistas alemanes imaginaban un “espacio económico extendido” que era inclusivo de Europa central y sudoriental, una región que ellos esperaban proporcionara a Alemania los recursos y los productos agrícolas que necesitaba (citado en Szejnmann 2013, 361). Antes de invadir la región a fines de la década de 1930, el gobierno nazi manipuló las relaciones económicas bilaterales con los países del centro y el sudeste de Europa a través de políticas neomercantilistas que fomentaron su dependencia económica de Alemania (Hirschmann 1945). De cierta forma, la subsiguiente conquista alemana de la región fue consistente con las ideas de Fichte, quien había respaldado la anexión de países vecinos para crear un territorio en el que la autosuficiencia económica fuera posible. Sin embargo, la visión de Fichte de que el “Estado comercial cerrado” resultante sería pacífico no se repitió en el pensamiento fascista alemán. Los nazis vieron a su país involucrado en una interminable lucha social darwinista por la supervivencia en la que se necesitaba más conquista y dominación (Szejnmann 2013, 246).

Lo mismo ocurría con los fascistas en otros lugares, incluidos los de Italia, cuya expansión militar hacia el norte de África a mediados de la década de 1930 fue impulsada por ambiciones similares. Incluso antes del inicio de la Gran Depresión, el gobierno de Mussolini se había interesado en las políticas autárquicas a fines de la década de 1920 como una forma de fortalecer la soberanía política y ganar autonomía económica para perseguir formas cada vez más ambiciosas de planificación doméstica (por ejemplo, Gregor 2005, Capítulo 6; Woolf 1968). Los fascistas japoneses en la década de 1930 también combinaron su aceptación de las ideas autárquicas con el apoyo a la expansión militar para crear un espacio económico cerrado más grande que se llamó en 1940 la “Esfera de coprosperidad del Gran Este de Asia”. Como dijera Stuart Woolf (1968, 140), “la creación del imperio fue el desarrollo lógico de la convicción de que el país necesitaba aislarse del mundo … el imperio formaba una parte esencial en el plan para lograr la independencia dentro de una economía cerrada”.

Las políticas autárquicas de estas potencias fascistas líderes también inspiraron a pensadores de otros lugares en la década de 1930. Por ejemplo, a principios de dicha década, prominentes figuras del gobierno nacionalista en China, como Wang Jingwei (1883-1944) y Chen Gongbo (1892-1946), se sintieron atraídos por las políticas económicas del fascismo italiano, incluida su adopción de la autarquía, la que vieron como una política de “construcción de la nación” (citado en Zanasi 2006, 47). Internamente, Wang y Chen argumentaron que la autarquía aumentaría la cohesión política y económica de la nación obligando a la industrialización de las regiones costeras para que se reorienten hacia adentro, le vendan a la economía rural y extraigan recursos de esta. En su opinión, la autarquía también aislaría a China de la interferencia política externa y fortalecería su capacidad para resistir al imperialismo japonés. La orientación antiimperialista de esta visión autárquica contrasta con la de muchos fascistas europeos y japoneses (Zanasi 2006, 14).

La misma orientación antiimperialista caracterizó a un grupo de pensadores turcos de izquierda dirigidos por ¸Sevket Süreyya Aydemir (1897–1976), quien abogaba por políticas más autárquicas a principios de la década de 1930. En el contexto del colapso de un orden económico internacional liberal, argumentaron que Turquía debería adoptar un alto grado de autosuficiencia como forma de acabar con su posición como una de las “semicolonias” explotadas y agroproductoras en la economía mundial (citado en Barlas 1998, 49). Para ellos, la independencia política de Turquía en la década de 1920 tenía que ser emulada en la de 1930 por la creación de una verdadera independencia económica de este tipo. Si bien aceptaban un cierto comercio internacional de bienes especializados, instaron a una reorientación de la producción hacia los mercados internos, así como la planificación económica estatal para promover ambiciosas metas de industrialización. Aunque atraídos por la política autoritaria, eran crítico de los objetivos fascistas, incluido el respaldo del imperialismo y la explotación de los pueblos coloniales por las potencias fascistas europeas (Barlas 1998, 47-50; Hanioğlu 2011, 188–91; Türkeş 1998).

La autarquía en el mundo posterior a 1945: ¿del rechazo al renacimiento?

El espíritu del fascismo

Si bien la popularidad del pensamiento autárquico alcanzó un punto álgido durante la década de 1930, posteriormente se redujo drásticamente. Los arquitectos del orden económico internacional post-1945 rechazaron explícitamente esta ideología al comprometerse con el multilateralismo económico y la apertura en la conferencia de Bretton Woods de 1944. Entre ellos estaba Keynes, quien le dio la espalda a sus opiniones de 1933. A principios de la década de 1940, se comprometió con la construcción de un nuevo tipo de orden económico multilateral que permitiera el tipo de políticas económicas activistas que favorecía. Su filosofía “liberal incrustada” era compartida por muchos otros participantes en las negociaciones de Bretton Woods, incluyendo funcionarios estadounidenses clave (Ruggie 1982).

Una de las razones por las que los delegados de Bretton Woods rechazaron las políticas autárquicas fue su creencia de que el objetivo de la autosuficiencia nacional había sido desacreditado por la experiencia de la década de 1930. Se culpó económicamente al giro hacia la autarquía por exacerbar la Gran Depresión. También se vio empañada por su asociación con el fascismo y el declive de cooperación internacional que resultó en una guerra. Como el líder de la delegación francesa Pierre Mendès-France dijera al final de la conferencia de 1944, su gobierno fue “opuesto a la autarquía” y “a todas las técnicas consistentes con la preparación, continuación o liquidación de una guerra, pero inconcebible en un mundo guiado por la cooperación fraterna de todas las personas de buena voluntad” (Departamento de Estado de EE. UU. 1948, 1115). La asociación de la autarquía con el conflicto y la guerra pasa por alto el hecho de que muchos autárquicos en el pasado, incluido Keynes, habían visto la política como una fuerza por la paz, pero tenía sentido como reacción contra la corriente fascista específica del pensamiento autárquico de los años treinta.

Los ideales autárquicos siguieron siendo impopulares en la mayor parte del mundo durante las primeras décadas de la posguerra. En los países occidentales, el apoyo a la apertura económica se mantuvo alto en el contexto del influyente marco normativo de liberalismo arraigado. Cuando la Unión Soviética y sus aliados rechazaron este orden con el inicio de la Guerra Fría a fines de la década de 1940, también crearon un bloque económicamente interdependiente, pero uno administrado según principios socialistas. (13) Cuando la descolonización cobró más fuerza, los encargados de políticas en la mayoría de los países recientemente independizados se vieron más atraídos por las ideas y políticas  neomercantilistas que por las autárquicas. Ciertamente, algunos declararon su interés en una mayor “autosuficiencia” nacional durante las décadas de 1960 y 1970, pero esta idea generalmente se refería solo a una reducción parcial de las relaciones económicas con Occidente, al tiempo que ampliaban los lazos económicos con otros países de bajos ingresos y el bloque socialista (por ejemplo, Biersteker 1980). Incluso los teóricos marxistas de la dependencia que instaron a los países a “desvincularse” del capitalismo global insistieron en que no defendían la autarquía (por ejemplo, Amin 1985, 11, 18, 62).

Por supuesto, hubo algunas excepciones en las que los encargados de formular políticas adoptaron la ideología autárquica. Uno de esos casos fue Corea del Norte, cuyo líder autoritario, Kim Il-sung (1912–1994) declaró que la ideología estatal oficial de su país era juche en 1972. Esta ideología enfatizó las interconexiones entre la autarquía económica, la independencia política e ideológica y la autodefensa militar (Lee 2003). Algunos académicos sugieren paralelismos entre el juche y el aislacionismo de Corea anterior a la década de 1870, así como las ideas neoconfucianas de esa época (David-West 2011; Kang 2011; por ejemplo, Armstrong 2013, 82). Sin embargo, una diferencia clave fue que Kim estaba comprometido con ambiciosos objetivos del desarrollismo industrial socialista en lugar del agrarismo feudal conservador de Lee Hang-ro.

Un ejemplo más sistémicamente significativo provino de China después que Mao Zedong (1893-1976) rompió con la Unión Soviética a fines de la década de 1950. En el contexto de esta ruptura política y el embargo económico occidental en curso de China, Mao ensalzó os beneficios de la “autosuficiencia”, o zili gengsheng, como un medio para minimizar la dependencia económica y política de China de los extranjeros y evitar la explotación tanto por la Unión Soviética como por las potencias capitalistas (Wu 1981; Kerr 2007). Esta frase china tenía un significado literal de “regeneración por los propios esfuerzos” y Mao lo había usado de una manera más amplia ya a fines de la década de 1930. Como David Kerr (2007, 81) dijera, ello podría implicar simplemente que “la responsabilidad del desarrollo de China, tanto en la teoría como en la práctica, debería recaer en los propios chinos “. En este periodo, sin embargo, el concepto adquirió el significado de fomentar la autosuficiencia económica nacional.

Si el apoyo a la autarquía fue limitado en las primeras décadas de la posguerra, ello se agudizó incluso más después de 1980, en el contexto de la intensificación de la integración económica mundial, la creciente popularidad de las ideas neoliberales y la espectacular apertura económica de China después de la muerte de Mao. Sin embargo, a mediados de la década de 1990, las ideas de autosuficiencia nacional comenzaron a atraer nuevos seguidores, algunos de los cuales incluso invocaron a pensadores autárquicos previos explícitamente. En los movimientos antiglobalización que se hicieron prominentes a fines de la década de 1990, algunos pensadores citaron el artículo de Keynes de 1933 y la visión de Gandhi de swadeshi como fuentes de inspiración (por ejemplo, Kumar 1996; Daly y Cobb 1994, Capítulo 11; Lang y Hines 1993, 28). Este último fue particularmente popular entre los seguidores de una ideología “verde” cada vez más influyente que criticaba los costos sociales y ecológicos de las economías industriales a gran escala. De manera similar a Gandhi, los teóricos y los activistas verdes pidieron la restauración de comunidades locales vibrantes y autosuficientes que generaran cierta autonomía de las presiones de la homogeneización cultural global así como de la explotación y la competencia económica extranjeras (por ejemplo, Mander y Goldsmith 1996).

El pensamiento de Gandhi también fue invocado por un nuevo movimiento de “soberanía alimentaria” que surgió en este mismo período en muchos países pidiendo políticas agrícolas nacionales para “priorizar la producción para el consumo interno y la autosuficiencia alimentaria” (La Via Campensina [1996] 2010, 198; ver para el uso de Gandhi, ver Glaab y Partzch 2018). Este movimiento también ha enfatizado la importancia de aislar a las comunidades locales contra las influencias económicas y culturales extranjeras. El interés por las ideas de autosuficiencia alimentaria se amplió luego de la crisis financiera mundial de 2008. La repentina volatilidad de los precios mundiales de los alimentos en ese momento, combinada con las prohibiciones a las exportaciones de alimentos, dejó a muchos responsables del diseño de políticas preocupados por la dependencia de sus países de los alimentos importados y su vulnerabilidad a las tendencias del mercado internacional y las decisiones políticas extranjeras. En este contexto, muchos gobiernos comenzaron a dar nueva prioridad para el objetivo de aumentar la autosuficiencia alimentaria y algunos incluso formalmente apoyaron la idea de “soberanía alimentaria” en documentos oficiales, como Bolivia, Ecuador, Malí, Nepal, Nicaragua, Senegal y Venezuela (Clapp 2017, 92; Hamilton-Hart 2019).

La elección de Donald Trump como Presidente estadounidense en 2016 alentó aún más interés en ideas de autosuficiencia nacional. Después de llegar al poder, la administración Trump tomó iniciativas para reducir la dependencia de Estados Unidos de las cadenas de suministro global, en parte para aislar a los trabajadores estadounidenses de la competencia extranjera y en parte por la razón de seguridad nacional de reducir el “nivel de dependencia extranjera de naciones competidoras” (Departamento de Defensa de EE. UU. 2018, 3). Estos objetivos capitalizaron sentimientos antiglobalización en el seno de la sociedad estadounidense que habían estado creciendo desde la década de 1990 y especialmente desde la crisis financiera de 2008. La cosmovisión de Trump fue mucho más cercano a una neomercantilista que a una autárquica, pero algunos de sus partidarios de extrema derecha están más claramente en el último campo. (14) Por ejemplo, en una publicación de 2020 del Instituto Claremont (*), Curtis Yarvin pidió la promoción de una política “aislacionista” de “neo sakoku”. Como otros exponentes de la autarquía en el pasado, argumentó que un mundo de Estados autárquicos sería más pacífico porque las razones de conflicto disminuirían (Yarvin 2020).

La administración Trump también alentó indirectamente un nuevo interés en una mayor autosuficiencia en otros países debido a su proteccionismo y su uso de las relaciones económicas internacionales de Estados Unidos como un arma (Farrell y Newman 2019). Tanto sus políticas económicas como las crecientes tensiones geopolíticas que las acompañaron incitaron a los extranjeros a reconocer su vulnerabilidad a la influencia política derivada de la interdependencia económica. Este reconocimiento ha sido particularmente evidente en China, el país que fuera un objetivo central de las políticas de la administración Trump. En el otoño de 2018, el presidente Xi Jinping incluso comenzó a resucitar la idea de Mao de zili gengsheng, argumentando que necesitaba una vez más convertirse en la base de la formulación de políticas chinas debido a los acontecimientos internacionales. Como dijera, “el unilateralismo y el proteccionismo comercial han aumentado, lo que nos obliga a recorrer el camino de la autosuficiencia (citado en Wildau 2018).

Si el interés en una mayor autosuficiencia nacional estaba aumentando antes de 2020, la crisis del COVID-19 dio a la idea una relevancia política mucho mayor. La crisis generó una rápida disminución de los flujos económicos transfronterizos similar a la tendencia a la desglobalización de principios de la década de 1930. El repentino cierre de fronteras también obligó a empresas, gobiernos y ciudadanos a reconocer de una manera mucho más seria cómo la interdependencia económica los dejó vulnerables a los mercados internacionales y las acciones de gobiernos extranjeros. Incluso cuando se centraron en la gestión de crisis a corto plazo, los encargados de diseñar políticas comenzaron a enfatizar la necesidad de impulsar la autosuficiencia nacional a mediano plazo con el fin de fortalecer la resiliencia económica de sus jurisdicciones ante futuras convulsiones.

Tomemos, por ejemplo, al primer ministro de India, Narendra Modi, quien se comprometió a crear una “India autosuficiente” como nuevo objetivo nacional en un importante discurso en mayo de 2020. Anteriormente un campeón de la globalización, Modi ahora argumentó que “el estado del mundo actual nos enseña que una ‘India autosuficiente’ es el único camino”. Tras describir el exitoso desarrollo de la India de una nueva capacidad de fabricación de máscaras N-95 y equipo de protección personal durante la crisis, dijo lo siguiente: “la crisis del Corona nos ha … explicado la importancia de la manufactura Local, el mercado Local y la cadena de suministro Local. En tiempos de crisis, lo Local ha satisfecho nuestra demanda, lo Local nos ha salvado. Lo Local no es solo la necesidad, es también nuestra responsabilidad. El tiempo nos ha enseñado que debemos hacer lo Local un mantra de nuestra vida… a partir de hoy, todos los indios tienen que hacerse oír en defensa de su Local, no solo para comprar productos locales, sino también para promoverlos con orgullo”. Modi también siguió a pensadores autárquicos pasados al vincular sus objetivos a la causa de la paz mundial: “La autosuficiencia de la India está arraigada en la felicidad, la cooperación y la paz del mundo” (Modi 2020).

Otros encargados de diseñar políticas también han expresado su deseo de una mayor autosuficiencia desde el inicio de la pandemia. Por ejemplo, en el mismo mes del discurso de Modi, el comisario de mercado interior de la Unión Europea, Thierry Breton, declaró que la crisis había puesto de manifiesto la necesidad de que Europa impulsara su capacidad de producción doméstica en sectores clave y observar “con mucho cuidado el comportamiento de cada país donde tenemos una cadena de suministro” (citado en Fleming y Peel 2020). El gobierno japonés también ha asignado parte de su dinero de estímulo COVID-19 a ayudar a empresas nacionales a hacer que sus cadenas de suministro sean más resistentes y anunció nuevas restricciones amplias a la inversión extranjera en sectores clave de la economía (Lewis 2020). Funcionarios de la administración Trump como Peter Navarro también argumentaron que la crisis refuerza la necesidad de reducir la dependencia estadounidense de las cadenas de suministro para “defender a nuestros ciudadanos” (citado en Politi, Williams y Cookson 2020). El representante comercial de EE. UU., Robert Lighthizer (2020) dijo de manera similar que las empresas estadounidenses han sido “rehenes de decisiones tomadas por gobiernos extranjeros sobre si sus proveedores son “esenciales o no” y argumentó que “la era de la deslocalización reflexiva ha terminado” y que es hora de “traer los trabajos de regreso a Estados Unidos”.

Es importante no exagerar el apoyo a la autosuficiencia nacional que ha emergido de la crisis del COVID-19. En la mayoría de los casos, a quienes están a cargo de las políticas públicas les interesa aumentar la autosuficiencia de manera gradual y selectiva en lugar de abogar por la introducción rápida de una visión autárquica más ambiciosa. Como Oldenberg a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, reconocen las enormes dificultades de intentar implementar esto último en el contexto de la economía global profundamente integrada de hoy. Las dificultades solo se han agravado desde la época de Oldenberg por la globalización contemporánea de las finanzas y el surgimiento de densas y extensas cadenas de suministro globales. Los defensores contemporáneos de la autarquía, por lo tanto, se encuentran en un entorno global mucho más difícil que el de sus predecesores.

No es de extrañar, entonces, que incluso los fuertes promotores de la idea de autosuficiencia, como Modi (2020), la conceptualizan de una manera muy laxa. Por ejemplo, después de abogar por la necesidad de actividad económica local, destacó cómo la “autosuficiencia también prepara al país para una dura competencia en la cadena de suministro global”. Pero vale la pena notar que miembros prominentes del partido político de Modi también han asociado su respaldo a la “autosuficiencia” con la idea de Gandhi de la economía swadeshi (Chari 2020). Los ecos del pasado pensamiento autárquico también son evidentes en otros lados con las renovadas invocaciones del artículo de Keynes de 1933 (por ejemplo, van Barneveld et al. 2020).

Conclusión

La portada de la revista The Economist citada al comienzo de este artículo titulaba “Adiós a la globalización: el peligroso atractivo de la autosuficiencia”. La revista resumió bien la nueva relevancia política de la idea de la autosuficiencia nacional en la era contemporánea. Sin embargo, como he demostrado, la nuestra no es la primera era en que esta idea ha encontrado apoyo. Existe un largo linaje de pensadores que se remonta hasta el siglo XVII, quienes han defendido un alto grado de autosuficiencia nacional. En muchos países, en diferentes momentos históricos, las ideas de los autárquicos tenían al menos un lugar tan importante en los debates políticos como las otras ideologías más estudiadas como el liberalismo económico, el neomercantilismo y el marxismo. ¿Cuál ha sido precisamente el “atractivo” intelectual de esta idea?

La primera y más común razón ha sido el deseo de aislarse de las influencias económicas extranjeras. Los autárquicos se han preocupado por cuestiones como: las vulnerabilidades derivadas de la inestabilidad de los mercados internacionales, la explotación económica a manos de extranjeros, el impacto de las presiones competitivas extranjeras sobre las empresas nacionales y grupos sociales y, especialmente, las limitaciones económicas externas sobre la capacidad de las sociedades de perseguir o mantener objetivos socioeconómicos nacionales puntuales. Aunque los distintos proponentes de la idea autárquica han priorizado cada una de estas preocupaciones de manera diferente, la última fue la más frecuentemente citada por los pensadores analizados en este artículo antes de la época contemporánea. Hubo, sin embargo, una enorme variedad en los objetivos socioeconómicos nacionales que cada uno de aquellos pensadores esperaban poder ser perseguidos más fácilmente en un entorno autárquico. Estos objetivos iban desde el absolutismo centralizado de Kaempfer hasta el republicanismo descentralizado de Rousseau, desde la ambiciosa planificación industrial de Fichte hasta la de Müller y el agrarismo conservador de Oldenberg, desde las visiones confucianas de Aizawa y Lee hasta el budismo ecológico de Kaiseki, del desarrollismo africano conservador de Sekyi al antiimperialismo chino de Wang y Chen, desde la visión centrada en lo rural y descentralista de Gandhi al desarrollismo industrial autoritario de Aydemir y Kim, y del capitalismo liberal dirigido de Keynes al fascismo de Zimmermann.

El segundo motivo de la autosuficiencia nacional ha sido el deseo de aislar a los países de influencias políticas y culturales extranjeras que fueron asociadas a las relaciones económicas internacionales. Algunos autárquicos se han preocupado por las influencias políticas derivadas de la dependencia económica de los países de los suministros y mercados extranjeros, así como de la posibilidad de que los intercambios económicos permitan a extranjeros promover la subversión doméstica o sentar las bases de una futura anexión. Culturalmente, algunos pensadores se han preocupado de que los lazos económicos extranjeros socavarían las identidades nacionales y/o expondrían a un país a ideas y costumbres extranjeras indeseables. Históricamente, esta última cuestión fue planteada especialmente por pensadores no occidentales que se preocuparon por las implicancias culturales de la participación de su país en una economía mundial dominada por Occidente. No obstante, una vez más los distintos pensadores han estado en desacuerdo sobre la importancia relativa de estos temas y muchos de los exponentes de la autarquía no han expresado estas preocupaciones en absoluto. De hecho, algunos pensadores como Fichte y Keynes se opusieron firmemente al objetivo del aislamiento cultural, insistiendo en que la autosuficiencia económica nacional no debe restringir el intercambio de ideas y cultura entre países.

Por último, algunos autárquicos han visto la autosuficiencia nacional como una fuerza para la paz internacional. Para los lectores contemporáneos, este razonamiento puede ser el más sorprendente puesto que todo el orden económico internacional posterior a 1945 se ha basado en la premisa opuesta de que la apertura económica trae paz. Esa creencia surgió de una interpretación liberal de la historia de la década de 1930, una interpretación que se fortaleció por el respaldo del expansionismo militar por los pensadores autárquicos fascistas en los años de entreguerras. Como hemos visto, algunos pensadores autárquicos anteriores también apoyaron la guerra y/o expansión militar, como Fichte (aunque solo en una fase de transición de corto plazo), Aiwaza y Oldenberg. Pero también ha habido muchos pensadores que asociaron la autarquía con la paz internacional. Pensadores tan diversos como Kaempfer, Fichte (a largo plazo), Sekyi, Gandhi y Keynes argumentaron que esta política disminuiría las razones del conflicto y la guerra que surgen de la interdependencia económica y la rivalidad comercial entre países. Asimismo, algunos han argumentado que las sociedades autárquicas eran menos propensas a ser atacadas (Rousseau) y/o más capaces de defenderse a sí mismas en caso de un ataque (Kaempfer, Rousseau, Lee, Gandhi, Wang y Chen, Kim).

Al esbozar estos diversos fundamentos de la autarquía, los pensadores no siempre han tenido la misma concepción de la autosuficiencia nacional. Como se acaba de señalar, han existido desacuerdos sobre si la autarquía debería incluir restricciones al movimiento de ideas y cultura. Algunos pensadores también han puesto más énfasis en la importancia de la autosuficiencia en sectores específicos como la alimentación (Rousseau, Oldenberg, Aizawa y defensores de la soberanía alimentaria) o del dinero y las finanzas (Fichte, Müller, Paul, Keynes). De manera más general, también han existido diferencias entre aquellos con concepciones bastante ambiciosas de la autarquía total y aquellos que hicieron más concesiones para algunos flujos económicos internacionales duraderos y/o que promovieron la autarquía más como una meta a largo plazo que como una inmediata. Estas diversas diferencias se han relacionado no sólo con los objetivos específicos de varios pensadores, sino también con los diferentes contextos temporales en los que han estado escribiendo. El carácter distintivo de diferentes versiones del pensamiento autárquico también ha sido fuertemente influenciado por contextos nacionales específicos. De hecho, ya en Kaempfer, los pensadores autárquicos han reconocido que algunos países estaban mejor preparados para implementar políticas autárquicas que otros.

La historia del pensamiento autárquico es, por ende, una historia rica y diversa que merece mayor atención de la que ha recibido hasta la fecha por parte de los estudiosos de la EPI (así como de los interesados en la historia del pensamiento económico y la historia intelectual). Además de comenzar a llenar este vacío en la literatura existente, este artículo también ha buscado contribuir a los estudios que intentan superar la naturaleza centrada en Occidente de muchos trabajos sobre la EPI. El foco en Occidente es particularmente pronunciado en la forma en que los estudiosos de la EPI discuten la historia profunda de la economía política. En la mayoría de los libros de texto y cursos, los estudiantes son introducidos en esta historia a través de una larga línea de pensadores occidentales como Jean-Baptiste Colbert, Adam Smith, David Ricardo, Alexander Hamilton, Friedrich List, Karl Marx, Vladimir Lenin, Keynes, etc. Este enfoque ignora muchas contribuciones claves hechas a la historia de la economía política por pensadores no occidentales.

En el caso del pensamiento autárquico, estos aportes fueron particularmente importantes. Como he mostrado, algunos pensadores autárquicos no occidentales se basaron en el pensamiento occidental, como el interés de Shizuki en las ideas de Kaempfer, el uso que hace el doctor Francia de Rousseau, la cita de Paul del trabajo de Fichte y la inspiración extraída del fascismo italiano por Wang y Chen, así como Aydemir. Pero otros pensadores no occidentales desarrollaron ideas autárquicas innovadoras sin referencia a las ideas occidentales sobre el tema. Las ideas también fluyeron en la en otra dirección, como en el importante caso de Kaempfer, que se inspiró en su experiencia japonesa para convertirse en uno de los pioneros clave del pensamiento autárquico europeo. La importancia de adoptar un enfoque más global de la historia intelectual, entonces, no es solo que resalta las contribuciones de pensadores no occidentales sino también que nos ayuda a reconocer cómo las “conversaciones globales” sobre los problemas de la EPI tienen una historia profunda. (15)

Finalmente, este artículo también tiene como objetivo proporcionar algunas ideas para la creciente literatura de la EPI que analiza la política de desglobalización en la época contemporánea. Mucha de la literatura emergente sobre este tema analiza los intereses cambiantes, coaliciones, instituciones, tendencias del mercado y estructuras de poder que fomentan la desglobalización. Sin embargo, como destaca The Economist, una causa clave de la desglobalización contemporánea también es ideacional: la creciente atracción de la idea de la autosuficiencia nacional. La historia del pensamiento autárquico proporcionada en este artículo proporciona un contexto histórico dentro del cual entender este fenómeno ideacional. Los defensores contemporáneos de una mayor autosuficiencia nacional a menudo destacan razones similares para esta política como aquellas formuladas en el pasado. Algunos también se inspiran explícitamente en esta historia, incluso si el contexto para promover políticas autárquicas es hoy más difícil. Por esta razón muy práctica, los académicos y estudiantes de la EPI deben familiarizarse con esta dimensión olvidada de la historia intelectual de la economía política.

Notas

(*) Instituto conservador estadounidense fundado en 1979 por discípulos del filósofo político Harry V. Jaffa. (N. del T.)

(8) Francia fue muy desdeñoso de la calidad de los textiles británicos (que penetraban cada vez más en otros mercados latinoamericanos de la época), llamándolos “trapos” cuyos colores “se desvanecen en el primer lavado” en contraste con la “tela honesta” de los telares paraguayos (citado en Robertson [1939] 1970b, 227-28).

(9) El ensayo fue modificado levemente en cada una de estas publicaciones (por ejemplo, Nolan 2013). He citado la versión estadounidense publicada en The Yale Review.

(10) Esta crítica fue eliminada cuando el ensayo de Keynes se reimprimió en Alemania (Borchardt 1990). En la versión inicial del ensayo de Keynes, se había referido a “as bestias rubias de Alemania” (citado en Nolan 2013, 84).

(11) Su ensayo se entregó inicialmente como una conferencia en Irlanda en abril de 1933. A menudo se olvida que la conferencia incluía críticas al objetivo de la autosuficiencia nacional en el contexto irlandés (Nolan 2013, 62–90).

(12) Para el interés nacionalsocialista en Müller, ver Szejnmann (2013, 362).

(13) Antes de la guerra, Stalin había promovido la idea de “socialismo en un solo país” como una respuesta táctica al hecho de que la revolución rusa de 1917 no había sido seguida por revoluciones similares en Europa y que, por ende, la Rusia socialista se encontraba rodeada de poderes capitalistas hostiles.

(14) Para conocer las opiniones neomercantilistas de Trump, consultar Helleiner (2019) y Miller (2018).

(15) Para conocer la necesidad de “conversaciones globales” en la EPI contemporánea, ver, por ejemplo, Tussie y Riggirozzi (2015) y Deciancio y Quilconi (2020).

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