La nueva división política. Por Carlos Videla

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La teoría suscrita por pensadores como Carl Schmitt o Julien Freund establece que el conflicto y la división entre amigo y enemigo determinan el fundamento de la política. Sería entonces esta definición la que determinaría la “naturaleza del conflicto” dentro del movimiento perpetuo de intereses al interior de las sociedades.

La primera teoría de conflicto político de la modernidad se dio entre las llamadas izquierdas y derechas. Esta división surgió hace más de doscientos años en Europa, extendiéndose por casi todo el planeta. Tenía como fundamento la lucha entre las fuerzas aristocráticas tradicionalistas y la burguesía ascendente de ideas liberales. A principios del siglo XX, Guillermo Subercaseaux declaraba que esa transposición a nuestro país resultaba deficitaria, ya que no existía la aristocracia de valores medievales ni una burguesía que le quisiera arrebatar el dominio del poder. A falta de ese conflicto, los políticos chilenos se dieron a la lucha intraburguesa “doctrinarista”, como la llamó Subercaseaux, referente a temas más bien morales, quizás la única división viable de la política chilena de aquel entonces.

El sistema liberal, impulsado por la burguesía europea vencedora, adoptó modelos económicos librecambistas o mercantilistas y en materia política el demoliberalismo o la monarquía constitucional, transformándose este sistema de valores en la primera gran teoría política de la modernidad (1TP). Este liberalismo doctrinario llegó con fuerza a Chile a fines del siglo XIX, consolidándose en el Estado oligárquico parlamentarista de 1891 y en la figura del caballero burgués, como ha argumentado el sociólogo Hernán Godoy.

A mediados del siglo XIX, y una vez que la burguesía ya había asegurado su dominio político en Europa al derrotar a la aristocracia, surgen las nuevas doctrinas sociales. Se empieza a configurar una nueva naturaleza del conflicto, esta vez entre el sistema imperante de tendencia liberal burgués y las fuerzas revolucionarias de trabajadores, enfrentamiento que heredó malamente la clasificación de izquierdas y derechas del período anterior. En Chile, la configuración de fuerzas políticas de trabajadores en conflicto con la burguesía llegaría cincuenta años después, explotando alrededor del centenario nacional de 1910. De esta forma, la 1TP se vio amenazada seriamente por primera vez con el surgimiento de la llamada segunda teoría política (2TP), en la forma de los socialismos materialistas y el comunismo marxista.

Hasta las primeras décadas del siglo XX, la naturaleza del conflicto estuvo determinada por la división entre trabajadores y burgueses. Esta situación cambió con la irrupción de la tercera teoría política (3TP), un conjunto de ideas que pretendía derribar el sistema liberal o 1TP, pero sin abrazar la lucha de clases, el internacionalismo (para los años treinta, todavía fuerte con Trotsky) y la socialización total que defendía la 2TP. Surgió así una teoría política socialista y nacional, de valores tradicionales premodernos y antimaterialistas, como la ética heroica o el intangible patriotismo con sus derivados políticos y económicos soberanistas.

Las tres teorías políticas antes descritas ciertamente no han sido nunca sistemas cerrados, sino grandes conjuntos que sirven más bien para la categorización académica o investigativa. Siguiendo esta lógica, sería posible también establecer zonas de comunicación o permeabilidad entre estos grandes conjuntos, situación que ha dado paso a híbridos ideológicos. Lo anterior no impide que las entidades que habitan estas zonas achuradas entre los grandes conjuntos de las cosmovisiones políticas hayan logrado su propia coherencia ideológica, pasando a ser opciones políticas viables en sus distintos países y tiempos históricos.

La 1TP tiene un sector que se traslapa a la 2TP donde se encontrarían, por ejemplo, los defensores del liberalismo cultural que sostienen ideas socialistas o socialdemócratas en materia económica. En la zona donde la 2TP colinda con la 3TP estarían las entidades nacional bolcheviques, rojipardas o de izquierda nacional. Y en el sector donde la 3TP se mezcla con la 1TP, estarían las entidades llamadas de derecha patriótica, las cuales sostienen ideas de la cultura tradicional y al mismo tiempo el liberalismo económico.

El prisma de las tres teorías políticas fue importante durante la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, como sostiene el cientista político argentino Pablo Anzaldi, el fundamento de la política exige la división entre amigo y enemigo y, por esa razón, la 1TP y la 2TP no quisieron nunca al entrometido “tercero en disputa”, así denominado por Juan Domingo Perón, sacándolo del juego político mediante su aniquilación en la Segunda Guerra Mundial. La teoría de conflicto obliga a que existan siempre dos rivales y mientras la 3TP fue fuerte y pudo sostener una posición autónoma como elemento en conflicto, en el período en que adquirió la forma de los “fascismos”, las otras dos teorías debieron elegir entre unirse a su bando o enfrentarla. Lo mismo le sucedió a lo poco que sobrevivió de la 3TP después de 1945, cuando el conflicto fue entre los otros dos bandos, realidad que la debilitó aún más debido a los constantes “cambios de bando” de sus diferentes expresiones de posguerra.

Durante la segunda mitad del siglo XX, hubo muchos intentos por mantener vigente a la 3TP. Perón y otros referentes iberoamericanos con la “tercera posición” y los socialismos nacionalistas árabes lo lograron en cierta medida, enfrentándose a la 1TP (el imperialismo) y tratando de anular a la 2TP (el débil comunismo iberoamericano y medioriental de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta), pero la Guerra Fría constituía el conflicto impuesto por las potencias mundiales, por lo que pronto exigió definiciones claras. O se estaba con la 1TP o con la 2TP. Una tercera posición debilitada no tenía cabida en un sistema de confrontaciones duales.

En Chile de comienzos del siglo XX, la 3TP logró hacerse un genuino espacio; sin embargo, este fue mucho más débil que el de sus congéneres europeos. La naturaleza del conflicto, por lo tanto, obligó a la 3TP a adoptar uno de los bandos nacionales en disputa. Se podría conjeturar que hasta los años sesenta, la tendencia fue inclinarse hacia la izquierda y posteriormente ha sido buscar alianzas en la derecha.

Con el fin de la Guerra Fría, la hegemonía de la 1TP fue total. Derrotadas las dos teorías políticas rivales, nada parecía detener la consolidación del “realismo capitalista”, como llamó Mark Fisher a la sociedad occidental carente de otra alternativa política en disputa. Sin embargo, el conflicto político nunca se detiene, de manera de que el proyecto liberal y su avance implicó una nueva naturaleza del conflicto, esta vez dividiendo el campo político entre aquellos que quieren llevar el sistema de valores liberales hasta sus últimas consecuencias en la llamada ideología globalista, y los que quieren frenar este avance, los llamados nacional populistas. En este escenario, si bien las anteriores teorías pueden servir como guías ideológicas, las distintas entidades políticas deben elegir bando para entrar en la verdadera lucha por el poder. Que existan muchas teorías políticas no es óbice para que la confrontación ocurra entre dos bandos, por mucho que cada uno de estos reúna en su interior entidades con cierta variedad ideológica.

Una ideología globalista hace referencia a un sistema de ideas políticas, no al proceso de interconexión mundial en las comunicaciones, en el comercio o el intercambio cultural. De esta forma, la nueva ideología globalista, mediante un entramado de centros de poder transnacionales, ha logrado promocionar políticas de liberalización y desregulación económica, apertura de fronteras para la libre circulación de personas, bienes y flujos financieros, así como el progresismo social. El globalismo ha impulsado también el unipolarismo, es decir, el fin de los diversos Estados nación como fueron conocidos, dando paso a una todavía indefinida, única y nueva forma de poder soberano mundialista. El globalismo se vincula, pues, a la ideología de las elites mundiales.

Como fuerza contraría al globalismo y a sus ideas de la “aldea global” y la “sociedad abierta”, debía surgir necesariamente un enemigo. Y este no podía sino reivindicar las sociedades articuladas por vínculos sanguíneos, el particularismo identitario y cultural, y la soberanía política y económica, ya fuese esta en la forma de los viejos Estados nación, en polos geopolíticos soberanos o ecúmenes culturales. Esta ideología contrahegemónica se vincula a los llamados “perdedores de la globalización”, las clases pauperizadas por el proceso de mundialización ultracapitalista. De ahí su nombre genérico de nacional populismo.

Una de las principales críticas a “los globalistas” es que en cada país estas élites han logrado concentrar el poder financiero y, en parte, el poder político, de una forma mucho más desmesurada que en las décadas anteriores. Esto, por medio de una red mundial de negocios financieros, empresas transnacionales, paraísos fiscales y organizaciones supraestatales que estarían al margen de todo poder soberano y popular. De ahí que la pertenencia “legal” y “emocional” de estas élites no esté con algún país en particular, sino con el mundo. De ahí también la internacionalización de este grupo y su operación económica y política en circuitos supranacionales.

En momentos de la globalización, intentar moderar este poder en un solo país por medio de una revolución de trabajadores, por ejemplo, es ilusorio. La élite globalista obtiene su mayor poder en negocios del sector financiero mundial e inversiones  transnacionales. Los medios de producción locales y tangibles son solo instrumentos de su riqueza y poder, por lo cual resulta virtualmente imposible neutralizarlos con medidas que radiquen exclusivamente en la soberanía política y económica. De ahí que la naturaleza del conflicto del siglo XXI no pase, en definitiva, por el enfrentamiento entre capitalistas y trabajadores del mundo, sino por el antagonismo entre globalistas contra los (nuevos) nacionalistas o soberanistas, dimensión donde se juega actualmente la hegemonía política.

Los argumentos que defienden a la idea globalista, en tanto, invocan las bondades que representan la generación de riqueza globalizada y un mundo sin fronteras. Esto generaría un estado de paz mundial y cese de los conflictos, especialmente de los prejuicios, del racismo y del egoísmo entre las naciones y entre los hombres. La aldea global produciría prosperidad debido al fin de las guerras comerciales y geopolíticas.

La configuración de esta nueva naturaleza del conflicto político ha sido anunciada por diversas personas, incluyendo a líderes en contra y a favor del proceso. El presidente francés Emmanuel Macron, por ejemplo, dijo en el 2018 durante la apertura de la Asamblea Nacional, que la auténtica frontera de Europa está entre los progresistas y los nacionalistas. Steven Lukes [1], Yuval Noah Harari [2], Marcel Gauchet [3], Roger Eatwell y Matthew Goodwin [4], Alain de Benoist [5], Diego Fusaro [6] y Aleksandr Dugin [7], son algunos de los intelectuales e investigadores que han profundizado el tema. A pesar de lo anterior, hay sectores, en especial ciertos medios de comunicación, que se han empecinado en negar que exista una ideología globalista y, en consecuencia, una nueva división política.

Pero donde más notorio deviene el conflicto es, sin duda, en el plano cultural. La cultura hegemónica es muy estricta en cuanto a lo correcto e incorrecto. Todos los valores que proseliticen la disolución de diferencias, así como la apertura de un mundo sin restricciones ni fronteras, es defendido y promovido. Simultáneamente, las ideas más genuinamente contraculturales conciernen a la promoción de las identidades y el nacionalismo. En algunos países, por ejemplo, estas ideas contrahegemónicas bordean la ilegalidad o, al menos, son tildadas de retrógradas y confinadas al ostracismo político-mediático. Excepción a la regla son las minorías identitarias que sirven para desintegrar entidades mayores. No obstante, cabe esperar que en el futuro sean tragadas también por la cultura global.

La nueva confrontación entre el nacional populismo y el globalismo ha obligado a las distintas agrupaciones políticas europeas a tomar posiciones en la conformación de estos dos bloques. Especialmente en Francia e Italia, fuerzas que nacieron al alero de la 3TP han logrado liderar las posiciones populistas, incluso en alianza con entidades de la 2TP.

Difícil disyuntiva plantea la tesis de la nueva confrontación política entre los bloques globalista y nacional popular. Las antiguas disputas, la desconfianza histórica, la conveniencia de mantener clientelas políticas y la duda en dar el paso a la unión estratégica de intereses, han impedido la formación real de bloques históricos populistas que se enfrenten al globalismo de manera clara, estableciendo sin lugar a dudas la nueva división política.

En Chile, se ha empezado tímidamente a asimilar esta realidad, pero el atavismo de la vieja lucha de izquierdas y derechas sigue vigente, en especial después de los sucesos de octubre de 2019. De este modo, ciertos sectores liberales han tomado a medias la tesis de la nueva división política, asimilando una crítica contra el globalismo desde el punto de vista cultural, el cual, errando el diagnóstico, es llamado “neomarxismo”. Sectores de izquierda, entretanto, también han tomado ciertas tesis de la nueva división, acentuando un patriotismo algo descuidado en las últimas décadas. Pero a la élite globalista mundial y sus representantes en el país los confunden con su viejo enemigo, la derecha económica o la burguesía capitalista.

En la tesis de la nueva división política, los globalistas no son los comisarios marxistas devenidos en banqueros, ni capitalistas disfrazados de progresistas. La nueva división política respondería a un escenario nuevo y propio de la evolución social de un mundo interconectado, en donde los centros de poder, el imperialismo, los dominadores y dominados o las clases sociales también han cambiado su sentido politológico.

Aparentemente, en Europa el cambio social y cultural ha sido tan grande que ya es posible vislumbrar como real a la nueva división política. En América, en tanto, pareciera que el cambio va a la zaga, lo que no lo hace tan perceptible. En este escenario local, puede que falten algunos años o que algún acontecimiento gatille una percepción más contundente de la nueva naturaleza del conflicto. Esto, debido a que en general el continente siempre ha tendido a asimilar tardíamente las realidades políticas internacionales. Y si bien en épocas pasadas la realidad iberoamericana era tan distinta a la europea que las modas políticas llegaban tarde y desfiguradas hasta la parodia, la conexión mundial hace predecible que esta vez los modelos y tesis políticas que operan en los centros de poder mundial terminen por influir de manera más contundente en el escenario local.

Las teorías políticas pueden ser muchas, tres, cuatro o más. Sin embargo, las posiciones políticas se restringen en última instancia a dos, y no siempre son izquierda y derecha o liberales contra conservadores. Las diferencias étnicas, religiosas, culturales, por ejemplo, pueden ser determinantes en el conflicto. Hoy, la globalización es imparable, el mundo se empequeñe y la interconexión deviene cada vez mayor. Debido a esto, los conflictos sociales antiguos están siendo modificados y generando nuevas dinámicas que exigirán una división política más allá de izquierdas y derechas.


[1] Epílogo: la gran dicotomía del siglo veinte.

[2] Nacionalismo vs. Globalismo, la nueva división política.

[3] Izquierda y derecha, en el reino de la memoria: conflictos y divisiones.

[4] Nacional populismo, la rebelión contra la democracia liberal.

[5] Más allá de la izquierda y de la derecha. El pensamiento político que rompe esquemas.

[6] Lucha de clases en el siglo XXI. El señor globalista contra el siervo nacional populista.

[7] Teoría del mundo multipolar.

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