Liberalismo 2.0. Por Aleksandr Dugin

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Nota del editor: La reformulación de ideas políticas efectuada por el pensador ruso Aleksandr Dugin y su identificación de tendencias ideológicas emergentes son unas de las principales fortalezas de este, su más reciente ensayo político, aparecido hace unos meses. Naturalmente, es imposible concordar con cada aspecto del análisis de Dugin (por ejemplo, el identificar a partidarios del ex Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, o del partido Republicano estadounidense, como disidentes de la nueva ortodoxia política dominante en circunstancias que muchos de ellos apoyan las mismas tendencias disolutorias criticadas en este ensayo). No obstante, pocos autores son tan incisivos como Dugin al describir la transformación del liberalismo clásico al liberalismo actual con su tendencia homegeneizadora y su creciente autoritarismo ante cualquier desviación de su ortodoxia. Los invitamos a leerlo así como a leer la entrevista a Dugin sobre este texto que publicaremos en los próximos días.

La nueva transformación del liberalismo

En este momento de la historia estamos siendo testigos de un fenómeno muy importante: la transformación de la ideología liberal. El liberalismo, como cualquier otra ideología política, se encuentra en constante cambio. Sin embargo, como sucede con cualquier otra cosa, existen momentos donde somos capaces de decir que han acontecido cambios fundamentales dentro de un paradigma y esto nos da derecho a argumentar que algo se ha acabado y que ahora comienza otra cosa distinta. Podemos decir que ha nacido algo nuevo. Muy a menudo estos procesos van acompañados del colapso de un sistema político o de un nuevo equilibrio de poder después de que el anterior se ha desmoronado. Por ejemplo, esto sucedió con las guerras mundiales, etc. Pero también sucede que estos cambios pasan desapercibidos y acontecen a un nivel subliminal que se mantiene dentro de un estado latente. De todos modos, siempre seremos capaces de distinguir algunos de los síntomas que han producido estos cambios. No obstante, el decir que estos cambios son tan profundos como para haber llegado hasta un punto de no retorno siempre serán una cuestión abierta y que será parte de una serie de discusiones.

Por mi parte, sostengo que ahora estamos siendo testigos de un cambio bastante dramático al interior de la ideología política del liberalismo. Se trata del paso del liberalismo 1.0 al liberalismo 2.0 e igual a como siempre ocurre cuando se produce una transición hacia otra cosa que podemos decir que está aconteciendo, va acompañado de toda una serie de “rituales de paso”. Estos “rituales de paso” han sido cumplidos gracias al derrocamiento del presidente Donald Trump a manos de la élite globalista, la cual esta personificada por Joe Biden y su nueva administración neoconservadora. Ahora bien, este “rito de paso” va acompañado por distintas manifestaciones: desfiles del orgullo gay, insurgencias de BLM, ataques imperialistas patrocinados por los LGBT+, revueltas feministas que suceden bajo el signo del globalismo, sin hablar del espectacular advenimiento de un mundo posthumano y el surgimiento de una nueva tecnocracia. Detrás de todos estos acontecimientos podemos encontrar que están sucediendo procesos mucho más profundos que son de un orden intelectual y filosófico y que vamos a examinar a continuación.

La victoria del liberalismo

Antes de comenzar diré que este análisis está basado en una perspectiva estructural fundamentada en la Cuarta Teoría Política. Con esto quiero decir que la ideología liberal (o la Primera Teoría Política) es la culminación histórica del paradigma de la Modernidad Occidental: el liberalismo se enfrascó en una batalla épica en contra de sus principales rivales, los comunistas (la Segunda Teoría Política) y los fascistas (la Tercera Teoría Política), a lo largo del siglo XX. Estos últimos desafiaron a los liberales sosteniendo que ellos eran los herederos de la Modernidad y por lo tanto declararon ser muchísimo más modernos que los mismos liberales. Esta idea fue formulada de forma explícita por el futurismo marxista, pero también la podemos encontrar en la forma de pensar fascista.

Según esto, podemos decir que el liberalismo como ideología – política, económica, cultural, social, etc. – ganó durante el siglo XX no solo de forma táctica, sino también estratégica, y de alguna manera se convirtió en la única ideología política existente después de la década de 1990: esto fue llamado el “momento unipolar” (Charles Krauthammer), aunque también fue denominado prematuramente por Francis Fukuyama, o al menos así lo vemos ahora, como “el fin de la historia”. La victoria ideológica del liberalismo, sin llegar a entrar en todos los detalles o cuestiones que esto pueda implicar ahora, fue durante este período de tiempo completamente irrefutable. Tampoco podemos decir que el comunismo chino sea una alternativa al capitalismo liberal, especialmente si tenemos en cuenta que desde el gobierno de Deng Xiaoping China ha terminado por incrustarse dentro de la economía política global con tal de utilizar los beneficios obtenidos por la globalización en un intento de fortalecer su país. Sin embargo, esto llevó a China a que aceptara las principales reglas impuestas por el liberalismo y los principios mismos del libre mercado.

Sin lugar a dudas podemos decir que este es el punto de inflexión que simbólicamente separa al viejo liberalismo del nuevo liberalismo: fue aquí cuando se pasó del liberalismo 1.0 al liberalismo 2.0. Pero durante la década de 1990 fuimos testigos de una transformación semántica al interior de la Primera Teoría Política. La estridente victoria del liberalismo a finales del siglo XX llevó a que sucedieran dos cambios ideológicos muy importantes:

· El primero fue el surgimiento de alianzas rojipardas o “nacional bolcheviques”, las cuales estaban fundamentadas en un profundo entendimiento de que tanto el comunismo histórico como el fascismo habían sido derrotados definitivamente por el liberalismo y que era necesario crear un frente antiliberal común que uniera a la derecha y a la izquierda (pero esta tendencia política siguió siendo muy marginal y demasiado pequeña en comparación con la gravedad y el peligro que representaba la dominación liberal como proyecto ideológico);

· El hecho de que el liberalismo quedara solo significó que ya no existían sus otros dos enemigos ideológicos, lo cual es, como enseñaba Carl Schmitt al enfatizar la importancia que tiene la distinción amigo/enemigo como definición de la identidad política e ideológica, un elemento muy importante para que el liberalismo fuera capaz de autoafirmarse.

Ya que el antiliberalismo propugnado por el nacional bolchevismo nunca llegó a representar una amenaza política real, el problema que sufría el liberalismo al encontrarse completamente solo siguió siendo un grave dilema para el mismo.

El nacional bolchevismo como concepto surgido de la victoria del liberalismo

Desde un punto de vista filosófico, el nacional bolchevismo surgió como resultado del cambio de paradigma acontecido debido al nacimiento de la Posmodernidad. Los autores posmodernos, casi todos ellos provenientes de los círculos de la extrema izquierda, se hicieron muy críticos del comunismo de estilo soviético y parcialmente del comunismo chino, por lo que decidieron aliarse estratégica e ideológicamente con los liberales de izquierda – lo que llevo a que se hicieran cada vez más “antifascistas” y también enemigos del nacional bolchevismo –. Esto llevó a que el Posmodernismo se convirtiera en la plataforma común donde los excomunistas se hicieron cada vez más liberales (individualistas, hedonistas, etc.) y donde los liberales de izquierda terminaron por adoptar las teorías y prácticas más extremas promovidas por la epistemología vanguardista de los pensadores más radicales que buscaban liberar al hombre de todas las cosas: de las leyes, las normas, las identidades establecidas, las jerarquías, las fronteras, etc. Este es el origen del liberalismo 2.0. Sin embargo, se necesitaron más de 30 años para que esta nueva ideología política liberal pudiera por fin convertirse en una ideología explicita que determinaría la cultura política. El fenómeno del trumpismo condujo a la galvanización final del liberalismo 2.0 y por fin hizo que adquiriera una estructura coherente.

La principal característica del liberalismo 2.0 es que reconoce la existencia de un enemigo interno, una especie de quinta columna dentro del liberalismo. Debido a la ausencia de un enemigo ideológico cohesionado como lo eran los comunistas y los fascistas, los liberales, que se habían quedado solos, se vieron obligados a reconsiderar el mismo mapa político: un mapa que demostraba que el alcance de su domino se había hecho global. Desde una perspectiva ideológica, la débil tendencia rojiparda fue considerada como una amenaza mucho más importante de lo que podría juzgarse por su apariencia: se trataba en realidad de un movimiento que tenía un impacto muy insignificante.

Sin embargo, si consideramos el nacional bolchevismo desde una perspectiva mucho más amplia, podemos decir que el panorama político ha cambiado drásticamente. El resurgimiento de Rusia bajo el mandato de Putin puede ser visto como una mezcla entre la estrategia política antioccidental de estilo soviético unida al tradicional nacionalismo ruso. De otro modo resulta imposible explicar a Putin. Algunas veces su comportamiento ha sido equiparado con una especie de tendencia “nacional bolchevique”, lo cual corroboraría en cierto sentido que esta tendencia ideológica es una especie de resistencia contra el mundo unipolar-liberal. Podríamos usar este mismo marco para interpretar lo que sucede con China. Resulta realmente muy difícil o simplemente imposible explicar la política de China y, sobre todo, la línea adoptada por Xi Jinping, desde otra perspectiva. En China somos testigos, una vez más, de cómo una forma muy particular de comunismo chino se ha terminado por mezclar con el nacionalismo. Podemos decir lo mismo del cada vez más poderoso populismo europeo y dentro del cual las divisiones entre la izquierda y la derecha tienden a desvanecerse: todo esto ha culminado la simbólica alianza amarillo-verde que unió a la Lega di Nord (populismo de derecha) con el Movimiento 5 estrellas (populismo de izquierda) para formar un gobierno en Italia. Una convergencia análoga a esta última parece estar preconfigurándose al interior de la revuelta populista de los chalecos amarillos en contra de Macron en Francia. En esta revuelta los seguidores de Marine Le Pen y los seguidores de Jean-Luc Mélenchon se unieron para atacar conjuntamente al liberalismo centrista francés.

Pero debido a la creación de un orden mundial unipolar los liberales se vieron de cierta manera obligados a aceptar la existencia de una seria amenaza nacional bolchevique, al menos si concebimos a esta última en un sentido amplio del término. Precisamente esa fue la principal razón por la que los liberales comenzaron a luchar contra tal convergencia y han intentado socavar, dondequiera que aparezcan, las estructuras y organizaciones de carácter nacional bolcheviques. No obstante, las élites mundiales, con tal de evitar que esta alternativa efectiva en contra del dominio del liberalismo globalista llegara a hacerse mucho más famosa, intentaron presentar a este fenómeno como algo meramente superficial, mientras que en la práctica luchan por todos los medios disponibles en contra del nacional bolchevismo. Si bien desde un punto de vista ideológico tanto Putin como Xi Jinping, los populistas europeos y los movimientos islámicos antioccidentales (que no son ni comunistas ni nacionalistas), además de las tendencias anticapitalistas de América Latina y África, pudieran darse cuenta de que todos ellos se oponen al liberalismo de alguna manera, y llegaran a aceptar la necesidad de la aparición de un populismo de izquierda/derecha integral como forma explícita de esta lucha, entonces su capacidad de resistencia se vería fuertemente reforzada y se multiplicaría grandemente su potencial de combatividad. Los liberales, con tal de evitar que tal cosa sucediera, han utilizado todos los medios disponibles, incluso la quinta y la sexta columnas (es decir, los liberales que se encuentran al interior de las estructuras gubernamentales y que son formalmente leales a los líderes soberanos de sus respectivos regímenes), con tal de eliminar los procesos ideológicos que llevaran a la formación de estas organizaciones en sus respectivos países.

El enemigo interno

No obstante, ha sido precisamente el éxito que han tenido los liberales en su capacidad para evitar el surgimiento potencial de una ideología nacional bolchevique – iliberal – lo que ha llevado a la ausencia de un enemigo formal y a que el liberalismo se encuentre cada vez más solo. El liberalismo consiguió evitar la aparición de un enemigo formal, pero ello conllevo a que se empezara a hablar de un enemigo interno. Fue en ese momento en que nació el liberalismo 2.0.

Ninguna ideología política puede existir una vez que se ha borrado el par amigo/enemigo. Esta pérdida conduce a una crisis de identidad y conlleva la perdida de cualquier clase de eficacia ideológica. Por lo tanto, la ausencia de un enemigo lleva al suicidio. La existencia de un enemigo externo, que es poco claro e indefinido, resulta ser insuficiente a la hora de justificar la existencia del liberalismo. Los liberales, que ahora simplemente se dedicaban a la demonización de la Rusia de Putin y la China de Xi Jinping, dejaron de ser convincentes. Más aún: el aceptar la existencia de un enemigo ideológico formal y estructurado que existe más allá del liberalismo (es decir, más allá de la democracia, la economía de mercado, los derechos humanos, el universalismo tecnológico, los sistemas de redes, etc.), una vez que había iniciado el momento unipolar en el que supuestamente se había llegado a un alcance global, habría equivalido a reconocer abiertamente que algo ha salido mal. Tal forma de pensar, lógicamente, llevaría a la aparición de un enemigo interno. Este desarrollo ideológico era necesario desde un punto de vista teórico después de la década de 1990. Y este enemigo interno apareció justamente cuando más se lo necesitaba. Y tenía un nombre: Donald Trump.

Donald Trump fue etiquetado desde el mismo momento de su aparición, durante las elecciones estadounidenses de 2016, como un enemigo y a partir de ahí comenzó a jugar un papel sumamente importante. En cierta forma, Donald Trump significó el punto de ruptura entre el liberalismo 1.0 y el liberalismo 2.0, por lo que podemos decir que Trump fue el catalizador que ayudó a que finalmente naciera el liberalismo 2.0. Al principio, muchos intentaron sostener el débil argumento de que existía un tenue vinculo rojipardo que unía a Trump con Putin. Tales ideas causaron un verdadero daño a la presidencia de Trump, pero, desde una perspectiva ideológica, su mandato fue bastante inconsistente. No solo por el hecho de que nunca se establecieron relaciones reales entre Trump y Putin, o el hecho de que Trump actuaba por puro oportunismo ideológico, sino también porque el propio Putin, que parecía ser un “nacional bolchevique” opuesto conscientemente al liberalismo global, resultó ser en realidad un realista pragmático. Al igual que Trump, Putin es un populista que está ceñido a las encuestas y, al igual que Trump, es más bien un oportunista que no tiene ningún interés en los aspectos ideológicos.

También fue bastante ridículo el intento de presentar a Trump como una especie de “fascista”. Esta afirmación, que fue excesivamente usada por los rivales políticos de Trump, sin duda causó varios problemas en la presidencia del mismo, rayando incluso en lo ridículo. Ni Trump ni sus colaboradores eran “fascistas”, tampoco eran representantes de ninguna tendencia de extrema derecha (todas las cuales se encuentran marginadas desde hace mucho dentro de la sociedad estadounidense) donde solo existen como parte de la cultura kitsch de los libertarios.

Por lo tanto, los liberales se vieron obligados a tratar a Trump de otra manera ya que desde un punto de vista ideológico (y no desde el propagandístico, donde se acepta cualquier clase de métodos mientras funcionen) era imposible verlo de ese modo. Y es aquí donde por fin llegamos al punto más importante de todo nuestro estudio. Trump siempre fue un representante del liberalismo 1.0. Es ahora que nos damos cuenta de que el principal enemigo interno del nuevo liberalismo es su versión anterior. Una vez que dejamos de lado a cualquier régimen externo opuesto a la ideología liberal en la práctica política (ya que estos no representan ninguna amenaza real, sino que simplemente son obstáculos casuales completamente inarticulados frente al triunfo inevitable del progreso) solo queda un enemigo final que derrotar: el mismo liberalismo. Para poder seguir adelante, es necesario que el liberalismo lleve a cabo una purga interior.

Claramente, fue de esta manera que apareció una escisión interna que se hizo visible y bastante definida. El nuevo liberalismo, que había convergido con el posmodernismo de izquierda, dejó de reconocerse a sí mismo en el viejo liberalismo. Y precisamente lo que quedaba del viejo liberalismo acabó por identificarse con la figura de Donald Trump, que fue concebido como lo totalmente Otro. Esta es la razón por la cual la campaña de Biden recurría a eslóganes como “volver a la normalidad”, “reconstruir mejor”, etc. La “normalidad” de la que hablaba es en realidad una nueva normalidad: es la normalidad impuesta por el liberalismo 2.0. El liberalismo 1.0 — que era claramente nacionalista, capitalista, pragmático, individualista y, en cierto modo, libertario — es considerado ahora como algo “anormal”. La democracia como el dominio de las mayorías y expresión plena tanto de la libertad como del pensamiento, es decir, como la posibilidad de expresar abiertamente las ideas que uno desee, elegir tu propia religión, tener el derecho a formar una familia y a determinar las relaciones de género de acuerdo a los propios principios, ya sean estos religiosos o seculares, era algo que todavía era reconocido por el liberalismo 1.0, pero de ahora en adelante tal cosa es inaceptable. A partir de ahora el liberalismo de izquierda considera que es necesario, normal y completamente justificado aplicar la corrección política, la cultura de la cancelación o imponer a todos las normas del nuevo liberalismo, aunque sea a la fuerza.

El liberalismo 2.0 poco a poco se ha convertido en un sistema totalitario. Pero el liberalismo no era explícitamente así cuando todavía luchaba contra ideologías que eran abiertamente totalitarias como lo eran el comunismo y el fascismo. Sin embargo, una vez que el liberalismo se quedó solo este comenzó a manifestar semejantes características totalitarias. Si el liberalismo 1.0 no era totalitario, el liberalismo 2.0 sí es abiertamente totalitario. De ahora en adelante, nadie tiene el derecho a no ser liberal. El liberalismo antiguo sin duda rechazaría inmediatamente tal idea, principalmente porque se trata de una contradicción clara y directa de los fundamentos mismos de la ideología liberal que se encuentra fundamentada en la libre elección de cada uno. Anteriormente se respetaba el derecho de ser antiliberal del mismo modo en que se respetaba el derecho a ser un liberal. Pero de ahora en adelante no. O al menos ya no será de ese modo. El viejo liberalismo ha desaparecido justamente ahora, en el mismo momento en que Trump dejó la Casa Blanca. Es una nueva clase de liberalismo el que reinará a partir de ahora. Y la libertad dejará de ser algo gratuito y se convertirá en un deber. La libertad ya no tiene un significado arbitrario. En cambio, será en adelante definida por las nuevas élites liberales que ahora gobiernan (2.0). Quien no esté de acuerdo, simplemente será cancelado.

Friedrich von Hayek: el comienzo

Podemos trazar la evolución ideológica del liberalismo 2.0 si seguimos el desarrollo, no siempre muy coherente, de las ideas que han sido expuestas por los principales ideólogos del liberalismo durante el siglo XX. Para entender esta evolución analizaremos a tres de sus representantes: Friedrich von Hayek, Karl Popper y George Soros. Los tres pertenecen a una misma tradición: el primero fue el maestro directo del segundo y el segundo fue el maestro del tercero. Por lo que podríamos pensar que tienen más o menos las mismas opiniones. En parte resulta cierto, pero divergen en varios puntos.

Friedrich von Hayek fue un liberal puro. Sus obras están llenas de críticas tanto al comunismo como al fascismo y enfatiza su rechazo de cualquier compromiso con “tales proyectos”. En nombre de este último los gobiernos comunistas y fascistas impusieron violentas prácticas políticas y económicas a las sociedades que dominaban y con ello pervirtieron la lógica natural de la vida social y política. Ambas ideologías usaron de forma abusiva la idea del futuro y del progreso como si fueran argumentos válidos que otorgaran el derecho a gobernar y a dominar cualquier estructura política con tal de imponer por medio de ella cierto futuro a cualquier precio. Los comunistas y los fascistas acabaron por violentar la realidad al someterla a unas supuestas “leyes basadas en el progreso”.

Frente a esta idea, Friedrich von Hayek afirmaba que el statu quo debía ser considerado como el principal punto de partida, ya que es imposible, incluso teóricamente (debido a que existen demasiados factores a tener en cuenta como para que la mente humana sea capaz de determinar), calcular de forma acertada el futuro y por lo tanto deberíamos tratar de proceder con cuidado, despacio, sin llegar a destruir las estructuras sociales, políticas y económicas existentes. En cambio, deberíamos más bien desarrollar o mejorar los sistemas existentes. Friedrich von Hayek opuso el concepto de tradición “al proyecto”, ya que la primera era la única forma en que se producía un desarrollo orgánico de las cosas, especialmente porque la tradición era considerada como una suma de elecciones racionales que habían hecho muchísimas generaciones anteriores, es decir, se trataba de una enorme estructura que estaba llena de errores y correcciones que se le habían hecho a lo largo del tiempo y que ningún proyecto sería capaz de reemplazar.

La oposición de Friedrich von Hayek tanto al comunismo como al fascismo (y, lógicamente, a cualquier mezcla de ellos) lo sitúa muy cerca de las ideas de Edmund Burke y del conservadurismo inglés. No es casual que las ideas de Friedrich von Hayek llegaran a resonar entre los representantes de la Nouvelle Droite francesa (Henry de Lesquen, Yvan Blot y otros) que combinan el liberalismo con una especie de nacionalismo francés moderado.

Friedrich von Hayek puede considerarse como el ejemplo por antonomasia del liberalismo 1.0.

Karl Popper: el intermediario

Karl Popper, quien fue discípulo de Friedrich von Hayek, es el creador de la teoría de la “sociedad abierta” y también el mentor directo de George Soros. Pero Popper solo permaneció muy superficialmente fiel a las ideas de Hayek. Aceptaba la necesidad del libre desarrollo de la sociedad y criticó acérrimamente cualquier clase de “proyecto”, lo que lo llevó a encontrar los puntos que tenían en común tanto la Segunda como la Tercera Teoría Política, y con ello contribuyó involuntariamente a la creación del nacional bolchevismo. Popper identificó que el principal error que había cometido la tradición política era el haber aceptado la existencia de un Estado ideal de origen platónico como el fundamento de todas las normas políticas, además de seguir la teoría aristotélica del telos, es decir, de la causa finalis, como el principal argumento que justificaba los distintos medios que se utilizaban con tal de alcanzar un fin.

Popper, siguiendo desde una perspectiva formal las ideas de Hayek, terminó por hacer unos cuantos cambios que a la larga fueron considerablemente importantes. Le añadió al título de su obra más importante, La sociedad abierta, la frase “y sus enemigos”, haciendo énfasis en el dualismo que representaba semejante oposición. Debido a que Hayek temía formular alguna especie de “proyecto liberal”, se abstuvo de crear cualquier tipo de enfoque dualista que pudiera ser aplicado a la política y a la ideología. Hayek pensaba que el liberalismo estaba abierto orgánicamente a todo cuanto existe, por lo que un liberal o un “utopista” podían coexistir. Se trata de una ética estoica muy tolerante.

Sin embargo, Popper rechaza esta idea. Popper sostiene de forma inequívoca que la “Sociedad Abierta” es un proyecto liberal y por ello divide el mundo en dos campos:

· La Sociedad Abierta y

· Los enemigos de la Sociedad Abierta.

Existe una guerra abierta entre ellos y por eso Popper crítica, de forma intolerante e histérica, tanto a Platón como Aristóteles, a Hegel o a Schelling. Su tono, por supuesto, contrasta muchísimo con los tranquilos ataques que dirigía Hayek en contra de sus oponentes.

En cambio, Popper argumentaba que era necesario destruir totalmente a los enemigos de la Sociedad Abierta, diciendo que, si no se establecía ningún límite en su contra, terminarían por destruir la Sociedad Abierta. Según Popper era lógico que había que matar a los enemigos de la Sociedad Abierta antes de que estos mataran a sus defensores.

Y es aquí donde llegamos al actual estado de cosas. El liberalismo 2.0 sigue estas ideas. Popper odiaba cualquier cosa que pudiera ser asimilada al nacionalismo o al socialismo, por lo que rechaza no solo la Segunda y Tercera Teoría Política, sino que incluso criminaliza a sus representantes y pedía abiertamente que fueran completamente aniquilados.

Para Popper, no existe la opción de ser antiliberal. Cualquier enemigo de la Sociedad Abierta es, por definición, un criminal ideológico; no importa si él (o ella) se encuentran del lado derecho o izquierdo del espectro político.

No obstante, Karl Popper seguía siendo de derecha al sostener una economía capitalista y era completamente opuesto a cualquier tipo de comunismo/socialismo en el terreno del arte, la sociedad, etc. También podemos decir que era un representante de la derecha en muchos aspectos culturales, por lo que podemos concluir que Popper no era todavía un representante del liberalismo 2.0, pero sin duda iba en ese camino.

George Soros: la culminación

Y por fin llegamos a quien da el paso del liberalismo 1.0 al liberalismo 2.0. Le damos la bienvenida al mundo de George Soros. Es bastante irónico que “soros” signifique en húngaro el “siguiente”, por lo que resulta bastante acertado considerarlo la figura simbólica que encarna el liberalismo 2.0.

Soros es un alumno de Karl Popper quien, como el mismo reconoce, tuvo un impacto decisivo en su formación ideológica. Soros se hizo un devoto de Popper y decidió que el objetivo de su vida sería implantar la Sociedad Abierta en todo el mundo. Por fin hemos llegado a la implementación de un proyecto liberal a gran escala (aunque tal cosa sería una contradicción en los términos para Hayek) que es muchísimo más agresivo, radical y ofensivo que el de Popper. Ahora bien, Popper se limitó simplemente a expresar sus puntos de vista. Soros, por el contrario, se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo por medio de las especulaciones financieras y ha intentado hacer que la política mundial gire alrededor de los principios de la Sociedad Abierta. Soros decidió llamar a su fundación la Open Society (Sociedad Abierta), que no es otra cosa que una red ofensiva global al servicio del liberalismo y la cual intenta influir, controlar, liderar y subvertir la política a nivel mundial. El liberalismo se ha radicalizado con Soros, ya que él no duda en patrocinar revoluciones de color, levantamientos, golpes de Estado, etc., siempre y cuando estén dirigidas en contra de un enemigo de la Sociedad Abierta. ¿Qué criterios usa Soros para esto? ¿Quién es el juez? Los parámetros para medir esto los encontramos en el libro de Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, que es la Biblia de Soros. En este sentido, Soros se ha convertido en el juez y el principal árbitro que tiene como objetivo implementar en la práctica el proyecto liberal.

Además, es importante que tomemos en cuenta los cambios ideológicos que ha sufrido las posturas de Soros y su imperio global. Soros se acerca cada vez más a los liberales de extrema izquierda al igual que a los posmodernistas más radicales y a los activistas de la extrema izquierda. Quizás ha hecho esto porque considera que están más comprometidos con el activismo político, algo que es necesario con tal de lograr el objetivo de expandir por todo el mundo el proyecto liberal. O quizás sea porque sus puntos de vista acerca del sistema capitalista han cambiado. Pero los últimos escritos Soros, y ni hablar de los últimos acontecimientos políticos, atestiguan que las organizaciones que son apoyadas por él son de una tendencia cada vez más izquierdista, incluso hasta el punto de incluir elementos de la extrema izquierda que son abiertamente críticos con el capitalismo. Además, Soros promueve activamente el post-humanismo, la ideología de género, la cultura de la cancelación, el feminismo y todo tipo de movimientos antirreligiosos en nombre del progreso.

Y es así como por fin llegamos con Soros al extremo opuesto del liberalismo. Si Popper era similar a Hayek y Soros era similar a Popper, entonces Soros y Hayek ahora parecen ser dos extremos opuestos. Hayek está a favor de la tradición y se opone radicalmente a cualquier tipo de proyecto ya que es escéptico con respecto al progreso (nadie puede saber con certeza que hace parte del progreso y que no). Soros, por el contrario, está a favor del progreso y es partidario de un proyecto liberal al que podemos llamar liberalismo de extrema izquierda.

Los tres están en contra de la Segunda y Tercera Teoría Política. Sin embargo, parece que una vez la Primera Teoría Política obtuvo la victoria la serpiente simplemente se dio media vuelta y ahora se muerde su propia cola. Soros ataca casi todo lo que era apreciado y defendido por Hayek.

Eso ha quedado claro con respecto a Trump. Soros considera a Trump como su archienemigo y eso significa que también Hayek lo es. Después de todo, Trump no es para nada un antiliberal. Sus ideas y sus posiciones no son las de un nacional bolchevique. Él es un liberal puro tal y como lo era Hayek, pero no como lo es Soros.

Es así como podemos hablar de una división entre el liberalismo 1.0 de Hayek y el liberalismo 2.0 de Soros.

Individuo y dividuo

Existe otro punto al que debemos prestarle bastante atención: el liberalismo 1.0 y el liberalismo 2.0, como ideologías son diferentes y “conciben” de modo muy distinto al individuo.

El liberalismo clásico consideraba que el individuo era el centro de la sociedad. La física social creada por el liberalismo consideraba que el individuo es análogo a como la ciencia física piensa al átomo. La sociedad está formada por átomos/individuos los cuales son el único fundamento real y empírico de todas las construcciones sociales, políticas y económicas. Todo se reduce al individuo. Es una ley.

Una vez que se entiende esto, es supremamente fácil comprender la ética que plantea el liberalismo y que es finalmente el fundamento de las leyes y el progreso. Si es cierto que el individuo es el sujeto principal de la teoría política, entonces es necesario liberarlo de todo vínculo que tenga con las entidades colectivas que simplemente limitan su libertad y lo privan de sus derechos naturales. Históricamente, todas las instituciones y leyes existentes han sido creadas por los individuos (Thomas Hobbes), pero los individuos han terminado por ser aplastados por ellas y el Estado es el ejemplo más claro de todo ello (el “Leviatán”). Pero todas las estructuras sociales – como las comunidades, las sectas, las Iglesias, los estamentos, las profesiones y, últimamente, las clases, las nacionalidades y el género – han usurpado la libertad del individuo al imponerle el falso mito de que existe una forma de “identidad colectiva”. Por lo que podemos decir que la lucha en contra de cualquier forma de identidad colectiva es el deber moral del liberalismo y el progreso debe ser medido en el sentido de que hayamos sido liberados o no de estas identidades.

Ese es el camino lógico que ha seguido el liberalismo. Por lo tanto, este camino de liberar al individuo de toda identidad colectiva se cumplió a finales del siglo XX. El antiguo orden tradicional y premoderno de Europa fue por fin derrotado y totalmente destruido a principios del siglo XX. La victoria que logró el liberalismo sobre el fascismo en 1945 y luego sobre el comunismo en 1991 marcaron los dos momentos simbólicos en que el individuo fue finalmente liberado de todo tipo de identidad nacional y clasista (“estatista”) (que no eran otra cosa que identidades artificiales que fueron inventadas por ideologías antiliberales modernas). La Unión Europea fue instaurada como un monumento para celebrar esta histórica victoria sobre ambas ideologías. El liberalismo se convirtió en la ideología implícita y, a veces, explícita, de la Unión Europea.

Este fue el momento donde culminó la victoria histórica del liberalismo 1.0. El individuo ha sido por fin totalmente liberado. El fin de la historia había llegado y ya no queda ningún enemigo real que pueda combatir al liberalismo. La ideología de los derechos humanos, la cual reconoce la existencia de una igualdad casi absoluta para los seres humanos mucho más allá de las jurisdicciones nacionales (siendo este el principal sustento ideológico de la migración masiva), por fin ha triunfado.

Pero es a partir de este punto, y después de haber alcanzado su victoria final, que el liberalismo se da cuenta de que todavía existe una identidad colectiva que destruir: esta identidad colectiva, que había sido dejada de lado, también debía de ser eliminada. Fue entonces cuando surgió la ideología de género. El ser hombre o mujer significa que se tiene una identidad colectiva que prescribe prácticas sociales y culturales rígidamente establecidas. El liberalismo concibió este problema como un desafío nuevo que debía ser superado. El individuo debe ser liberado del sexo, ya que este último es considerado como algo objetivo. El género debe ser opcional y por lo tanto debe ser una elección de carácter individual.

Y es así como por fin comienza a imponerse la ideología de género y cambia poco a poco la naturaleza misma del concepto de individuo. Los posmodernistas fueron los primeros en decir que el concepto liberal del individuo era una construcción racionalista de origen masculino. Con tal de “humanizar” este concepto (y aquí todavía seguimos existiendo dentro del mundo humano), se necesita no solo que las nuevas prácticas emancipatorias ayuden a alcanzar la igualdad entre los géneros, sino que lleven a la sustitución de esa vieja concepción del individuo por una nueva concepción, muy extraña e incluso pervertida (al parecer). Este problema no se resuelve simplemente con igualar las condiciones y las funciones sociales que los hombres y mujeres llevan a cabo en la sociedad: ni siquiera el hecho de que las personas tengan el derecho de cambiar libre y voluntariamente de sexo parece resolver el problema. Todavía prevalece el patriarcado “tradicional” en toda clase de definiciones que tienen que ver con la racionalidad, las leyes, etc.

Posmodernos como Deleuze, Guattari y otros llegaron a la conclusión de que no era suficiente simplemente liberar al individuo. Se debía ir más allá y ese más allá era liberar al ser humano o, mejor dicho, liberar la “entidad viviente” que existía aplastada por el individuo.

Ha llegado el momento de que el individuo sean reemplazado por una entidad de carácter rizomático y cuyo género sea opcional, es decir, una especie de identidad en red. El último paso será reemplazar a la humanidad con toda clase de seres posthumanos extraños: máquinas, quimeras, robots, la inteligencia artificial y otras especies producidas por la ingeniería genética.

Sin duda este fue el tema de reflexión por excelencia de una gran cantidad de filósofos franceses bastante extravagantes que teorizaron estas ideas durante las décadas de 1970 y 1980. Y partir de 1990, está tendencia se fue haciendo cada vez más importante en todos los ámbitos sociales y culturales que existen dentro de los países occidentales. Durante la campaña de Biden fuimos testigos de la existencia de una ideología completa y coherente que ya no glorifica al individuo (como lo hacía el liberalismo 1.0), sino que ahora defiende el nacimiento de una nueva entidad post-humana: tecnocéntrica, que tiene un género opcional, un ser pos-individual, una especie de dividuo. Este proceso ha sido preparado en el terreno intelectual por los conceptos desarrollados por autores de izquierda como lo son Antonio Negri y Michael Hardt (quienes han sido patrocinados y promovidos por George Soros). Sin embargo, y a pesar de que en un principio estaban dirigidos en su contra, estos conceptos son ahora mismo aceptadas por el Gran Capital.

Este paso del individuo al dividuo, o de lo humano a lo posthumano, se ha convertido en el cambio de paradigma que nos lleva a pasar del liberalismo 1.0 al liberalismo 2.0.

Trump es un individuo humano que todavía defiende el individualismo siguiendo el viejo paradigma humanista. Y quizás él es el último de sus defensores. Biden será más bien quien le dé la bienvenida a la posthumanidad y al dividuo.

El liberalismo 2.0 y la Cuarta Teoría Política

Las últimas líneas de este escrito las dedicaremos a reflexionar sobre la Cuarta Teoría Política y su desarrollo dentro del contexto ideológico actual. La Cuarta Teoría Política se opone a todas las distintas tendencias que existen dentro de la Modernidad, y en general está en contra de la Modernidad como tal. Sin embargo, la Cuarta Teoría Política tiene en cuenta que la Primera Teoría Política ha triunfado sobre todos sus rivales y, por lo tanto, ahora mismo reclama ser la única heredera verdadera del espíritu de la Modernidad (la Aufklärung), por lo que la Cuarta Teoría Política se declara abierta y radicalmente antiliberal. Ahora bien, podemos considerar que el nacional bolchevismo fue la primera reflexión ideológica y político-filosófica que entendió la profundidad metafísica de la victoria final del liberalismo sobre el comunismo en 1991. Por lo tanto, podemos decir que la Cuarta Teoría Política es la continuación de esta reflexión. Pero su principal diferencia radica en que la Cuarta Teoría Política consiste en un rechazo radical del bolchevismo, el nacionalismo o cualquiera otra clase de mezcla que se pueda hacer entre ambas teorías como una especie de alternativa positiva para enfrentar el triunfo global del liberalismo. Todo eso se debe a que la Cuarta Teoría Política es radicalmente antimoderna, ya que ella misma formula de una manera mucho más clara sus principios básicos y no renuncia a este compromiso incluso al involucrarse con las estructuras políticas existentes, ya sean estas de derecha o de izquierda. Tanto el populismo antiliberal de derecha como el populismo de izquierda son incapaces de conseguir una verdadera victoria sobre el liberalismo. Para conseguir algo semejante es necesario unir a la izquierda antiliberal con la derecha antiliberal. Pero las élites liberales siempre están bastante atentas a este proceso y siempre intentarán prevenir por todos los medios que esto suceda. La miopía política en la que siguen enfrascados los representantes y grupos de extrema izquierda y extrema derecha solo contribuye al trabajo de los liberales.

Por lo tanto, después haber luchado ideológicamente durante 30 años, puedo decir claramente que ha llegado el momento de superar el nacional bolchevismo y pasar directamente a la Cuarta Teoría Política, rechazando tajantemente cualquier clase de socialismo y nacionalismo y sosteniendo por el contrario una forma de organización política antimoderna. Hoy en día resulta muy difícil unir a las bastante débiles y decadentes izquierda y derecha, por lo que sería mejor empezar desde cero y construir la Cuarta Teoría Política como una ideología totalmente independiente y abiertamente antimoderna. No obstante, no debemos ignorar el evidente y creciente abismo que está separando cada vez más al liberalismo 1.0 del liberalismo 2.0. Parece que la purga que sucederá al interior de la Modernidad y la Postmodernidad va a conducir de ahora en adelante a un castigo bastante brutal y a la excomunión total de toda una clase política: las víctimas serán en esta ocasión los mismos liberales, o al menos todos aquellos que no se identifican con el proyecto de la Gran Reconstrucción promovido por Biden-Soros. En pocas palabras, serán condenados al exilio quienes se nieguen a aceptar la desaparición de la antigua humanidad, del individuo, la libertad o la economía de mercado. El liberalismo 2.0 no tiene lugar para esas cosas. Esta nueva forma de liberalismo es ahora posthumanista y cualquiera que se oponga a sus designios hará parte de ahora en delante de los enemigos de la Sociedad Abierta. Ya han transcurrido varias décadas desde que inició este proceso, pero hasta ahora nos sentimos bastante cómodos frente a toda esta situación. Pero a partir de ahora se les debe dar la bienvenida al infierno a los recién llegados. Todos los partidarios de Trump o del partido Republicano serán considerados como peligros potenciales, exactamente como todos los que nos hemos opuesto a este proyecto lo hemos sido durante mucho tiempo.

Es necesario que aclaremos antes algo. El hecho de que insistamos en la superación del nacional bolchevismo no significa que queramos obtener la aceptación de los liberales.  Lo que sucede es que deseamos que nuestra posición sea mucho más consistente con nuestros profundos principios antimodernos. Sin embargo, esta superación, ahora que nos encontramos en un proceso de transición del liberalismo 1.0 al liberalismo 2.0, podría tener algunas connotaciones prácticas interesantes.

Los liberales 1.0 deben comprender que la Cuarta Teoría Política identifica como su principal enemigo ideológico la realidad que ellos odian y por la cual sufren ahora. Tanto el trumpismo como el liberalismo individualista de cuño humanista se encuentran bajo ataque. Para los seguidores de Soros y Biden este liberalismo es casi idéntico al nacional bolchevismo y otros. Por esa razón, no los distinguen el uno del otro. Todos ellos son considerados enemigos de la Sociedad Abierta y eso no se puede cambiar. Así que debemos tener en cuenta que los liberales 1.0 ya no son considerados como ciudadanos defensores del statu quo capitalista. Los liberales 1.0 están siendo enviados y exiliados al mismo gueto político en que nos encontramos nosotros. No es necesario que nos hagamos amigos de los comunistas y nacionalistas que se encuentran en este gueto, especialmente si tenemos en cuenta que la Cuarta Teoría Política exige una revisión total del concepto mismo de la política en la Modernidad. Tampoco se trata de una visión nacional bolchevique. La Cuarta Teoría Política es antes que todo la batalla final entre la humanidad contra el liberalismo 2.0, o al menos eso es lo que plantea. Siempre se ha tratado de una revuelta contra el mundo moderno y en ese sentido se incluía al “nacionalismo” bajo una serie de condiciones determinadas. El mismo Evola ha explicado los alcances y los límites de este compromiso. Un compromiso igual de grande, y tal vez incluso más importante, fue el que hicimos al incluir en nuestro movimiento a ciertos elementos de la izquierda antiliberal, es decir, socialistas y comunistas, que fueran realmente contrahegemónicos. Es tiempo de que demos un paso más allá: ha llegado la hora de dejar que los liberales 1.0 se unan a nuestras filas. Por lo que no es necesario que nos volvamos antiliberales, filocomunistas o nacionalistas radicales. Nada de eso nos debe preocupar. Todos ellos pueden mantener sus viejos prejuicios y defenderlos tanto como lo deseen. La Cuarta Teoría Política seguirá siendo una posición donde todo aquel que ame la libertad será bienvenido. Y esta libertad tiene que identificarse con la justicia social, el poder ser un patriota y el defender al Estado, la Iglesia, el pueblo, la familia y el permitirnos seguir siendo humanos o dejar que otros se conviertan en otra cosa. La libertad ya no se encuentra del lado del liberalismo. El liberalismo 2.0 es enemigo de cualquier tipo de libertad. Y por lo tanto no debemos dejar que se nos arrebate la libertad, que es un principio sumamente grande, porque es la esencia del alma y del corazón humano. La libertad nos abre al camino hacia Dios, hacia la sacralidad y el amor.

Si la libertad ha de convertirse en un principio político, entonces de ahora en adelante debe ser nuestra más importante consigna.

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