Limonov, la sonrisa del rojipardo. Por Adriano Erriguel

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Eduard Limonov

Nada grande, soberbio y magnífico salió nunca de la moderación. Escrito está en el Apocalipsis que a los tibios los vomita Dios. El escritor ruso Eduard Limonov hizo de su vida una guerra contra la tibieza, y su vida era su obra.

Hay escritores cuyas palabras acarician el espíritu, orfebres y ebanistas del lenguaje, literatos balsámicos como sesión de talasoterapia. Y hay escritores cuyas palabras sacuden las entendederas, las atraviesan como un proyectil. Si mi pluma valiera tu pistola…Limonov se quiso un poeta-soldado, sabiendo que lo mejor que puede hacer el primero es atar las botas del segundo. Asceta de la autodestrucción y yonki del escándalo, juglar del encanallamiento y habitante de presidios, agitador balarrasa y aventurero buscavidas, Limonov practicó toda su vida un romanticismo oscuro. Limonov fue un kamikaze de la disidencia, idealista y megalómano, caótico y fornicador, eterno adolescente y Peter Pan de la política. Limonov es un ejemplo de rechazo absoluto a todas las debilidades y compromisos. Ejemplo de literatura extrema, de política extrema, del límite extremo de todos los extremismos, Limonov prefigura con su vida y con su obra la estampa de cierto tipo humano, un icono del post-liberalismo.

Políticamente, Limonov sólo podía ser lo que hoy algunos denominan un rojipardo.

Rojipardismo: origen de un concepto

Vivimos en una época dispensadora de etiquetas; es decir, en una época intelectualmente mediocre. ¿Qué es una etiqueta? Entre otras cosas, una forma de cortocircuitar el pensamiento, de evadir el análisis, de sustituir el raciocinio por una lógica binaria.  Hoy cualquier imbécil arroja una etiqueta como quien arroja un ladrillo, y cree que con ello ha ganado un debate. El pensamiento twitter es la cantera en la que esas lumbreras encuentran a diario su minuto de gloria. El apelativo “rojipardo” es una etiqueta-ladrillo más, a la hechura de los imbéciles. Con ella pretenden desactivar algo que instintivamente perciben como peligroso, pero que son incapaces de comprender. En breve: el apelativo “rojipardo” funciona como una palabra-policía de la izquierda liberasta, con el objetivo de aplastar a quien se salga de su redil.

¿Qué es exactamente un rojipardo? 

Aunque muchos intelectuales de twitter piensen que la expresión la han inventado ellos, el rojipardismo tiene una larga historia que remonta –  como tantas otras cosas – a los años 1920 en la Alemania de Weimar; más en concreto, a una corriente minoritaria dentro de lo que hoy llamamos la “revolución conservadora” alemana. 

Spoiler para “antifas” mononeuronales: la “revolución conservadora” no era “nazi”. La “revolución conservadora” fue una constelación intelectual opuesta al parlamentarismo y a la domesticación cultural de Alemania por occidente, pero carecía de vínculos ideológicos u orgánicos con el nazismo. Más bien al contrario: los autores “revolucionario-conservadores” mantenían, en general, una displicente distancia frente al entonces pujante movimiento nazi. Para resumirlo mucho, estos autores compartían entre sí tres grandes negaciones: 1- el rechazo a poner a la economía a la cabeza de todas las prioridades 2- el rechazo al “racialismo” o visión de la historia como lucha de razas 3- el rechazo a interpretar la historia en clave pasadista o nostálgica. Algunos los han categorizado de “modernistas reaccionarios”, pero más exacto sería hablar aquí de “modernismo anti-moderno”: un “oxímoron que define cierta manera de desafiar a la modernidad utilizando para ello sus mismas armas, retornándolas contra la modernidad y su proyecto normativo”.[1]  La llegada de los nazis al poder supuso la dispersión de ese clima cultural.  A partir de 1933 sus protagonistas tuvieron itinerarios dispares: desde la colaboración más o menos oportunista con las autoridades (interrumpida de forma abrupta en los casos más notorios) a la disidencia silenciosa, la cárcel y el exilio. Los llamados “rojipardos” estaban entre los últimos casos. 

Como corriente organizada, los rojipardos nunca pasaron del estado grupuscular. Más conocidos como “nacional-bolcheviques”, los rojipardos de Weimar abogaban por un nacionalismo revolucionario y socialista, antiparlamentario pero no necesariamente anti-democrático, más cercano a los jacobinos de 1793, al sindicalismo revolucionario de Sorel o a los futuristas italianos que a los nacionalsocialistas. Abogaban también por un entendimiento geopolítico con la Rusia Soviética, siguiendo una línea anti-occidental y eslavófila que, desde la recepción de Dostoyevski en Alemania, era común entre muchos intelectuales. Su ideólogo más visible fue el escritor Ernst Niekisch, encarcelado por los nazis en 1939 y liberado por los soviéticos en 1945. Niekisch colaboró con las autoridades comunistas de Alemania, si bien se distanció de ellas en 1953, tras las revueltas obreras en Berlín. Otra figura de proa fue el periodista Karl Otto Paetel, que se exilió en 1935 y acabó sus días en los Estados Unidos. Pero la estrella literaria de esta corriente fue, sin duda, el escritor Ernst Jünger.

Estos datos someros nos permiten apuntar ya uno de los rasgos históricos del rojipardismo: el de encontrarse siempre en el bando perdedor. Así ha sido al menos hasta ahora.  

Rojipardismo, segundo acto

Confinados en el desván de las curiosidades políticas, el retorno de los rojipardos tuvo lugar a comienzos de los años 1990 por obra y gracia de la izquierda parisina. En enero de 1991, el diario Le Monde y demás prensa sistémica sacaron a pasear un supuesto “complot rojipardo” para descalificar a los opositores contra la primera guerra del Golfo. Este “no a la guerra” había reunido en el mismo bando a políticos e intelectuales catalogados como de extrema derecha e izquierda; este dato es significativo, porque prefiguraba un nuevo alineamiento ideológico:  

  • por un lado, la “centralidad” hegemónica que comulgaba en el orden neoliberal de la posguerra fría, con Fukuyama como testaferro filosófico, la “globalización feliz” como utopía y los Estados Unidos como gendarme musculado.
  • por el otro lado, los “extremos” de uno y otro signo, reacios a admitir ese supuesto “fin de la historia”, sumamente inquietos ante lo que, ya entonces, se perfilaba como un totalitarismo soft hecho de corrección política y pensamiento único.

¿Quiénes integraban el “complot rojipardo”? En la diana de los medios empezó a figurar un extraño periódico: “El Idiota Internacional” (L’Idiot international) dirigido por el escritor Jean-Edern Hallier – conocido también como “el loco Hallier”. El Idiota Internacional era un oasis delirante, una cofradía salvaje, alejada del triste sectarismo de la derecha y la izquierda. En él se mezclaban los espíritus más turbios y las síntesis más improbables. El novelista Emmanuel Carrère lo describe así:

“una banda de escritores brillantes y camorristas, con la única consigna de escribir aquello que les pasara por la cabeza, siempre que fuera escandaloso. El insulto era bienvenido y la difamación recomendada. Sus víctimas eran todos los favoritos del príncipe… los notables de la izquierda satisfecha y todo lo que muy pronto iba a conocerse como lo “políticamente correcto”: SOS racismo, los derechos humanos, la “fiesta de la música” (…) las opiniones – y no digamos los hechos – contaban menos que el talento con el que se expresaban (…) la extrema derecha y la extrema izquierda se emborrachaban hombro con hombro, las opiniones más contradictorias eran invitadas a codearse, sin incurrir en nada tan vulgar que pudiera parecerse a un debate”.[2]

Allí se encontraban – entre otros – Fernando Arrabal, el joven Michel Houellebecq y el gran Philippe Muray. Y por supuesto, Limonov, recalado en Paris tras su etapa americana. “Su libertad de actitud y su pasado aventurero – escribe Carrère, colaborador entonces del Idiota– nos impresionaba a los pequeños burgueses que nosotros éramos. Limonov era nuestro bárbaro, nuestro canalla. Todos le adorábamos”. El loco Hallier y a su banda eran un puro producto de París, incomprensibles fuera de esa marmita de espíritus afilados y llenos de ímpetu (de panache, que diría Cyrano de Bergerac) que bullían en el teatro sin pausa de la batalla de las ideas. El rojipardismo era, ante todo, alegría.[3]

El monstruo del lago Ness

A partir de los años 1990, el rojipardismo quedó consagrado como estigma para uso de la izquierda mediática. Desde entonces, los “complots rojipardos” reaparecen como el monstruo del lago Ness cada vez que a alguien se le ocurre pensar sin permiso, o –  lo que es peor – por encima de las balizas divisorias izquierda-derecha. Se trata, en el fondo, de mantener un status quo confortable: el “gran relato” de la lucha cósmica entre los “progresistas” – invariablemente de izquierdas – y los fascistas, reaccionarios y retrógrados. Un status quo – no lo olvidemos – del que come mucha gente, ya sea en la política o en sus aledaños (industria mediática, show business, intelectuales orgánicos, etcétera). Los especialistas en complots rojipardos no cesan de denunciar la “erosión de referentes”, las “pasarelas retóricas”, las “intersecciones confusionistas” y las “conjunciones híbridas” entre la izquierda y la derecha. Se trata en el fondo de una actitud paternalista: los pastores del “pueblo de izquierdas” protegen a sus ovejas del lobo fascista vestido de caperucita. Todo el que se descarríe puede incurrir en rojipardismo. Pero entonces surge el problema.

El problema es que la izquierda hegemónica – izquierda chic de bohemios urbanitas y aulas universitarias –  le ha dado la espalda al pueblo, y la lista de rojipardos potenciales amenaza con desbordarse. Rojipardusco será cualquiera que exprese una posición discrepante frente al “gran consenso” de la posguerra fría: neoliberalismo en lo económico, izquierdismo progre en lo político-cultural, globalización ultracapitalista como horizonte insuperable. Un caso reciente y revelador es el de los “chalecos amarillos” en Francia, fenómeno que la izquierda apesebrada no dudó en describir como “antipolítico” y rojipardo. El mismo calificativo ha sido aplicado a los críticos de Maastricht, a los partidarios del “no” en los referéndum de la Unión Europea, a los contrarios al euro, a los que se oponen a las intervenciones de la OTAN, a los partidarios de iniciativas legislativas populares, a algunos ecologistas (los llamados “ecofascistas”), a los críticos con las políticas migratorias, a los partidos “populistas” (a ésos sobre todo), a los defensores de la natalidad, a los que hablen de defender la familia, a los que citen a Pasolini, a las feministas disidentes, a los que hablan de la clase obrera, a filósofos como Diego Fusaro o Michel Onfray, a políticos – en el caso de España – como Manuel Monereo y Julio Anguita. A este paso Carlos Marx será denunciado en el futuro como un referente de la extrema derecha. Y si no al tiempo.[4]

Pero volvamos con Limonov.

Los años más rock´n´roll

Es imposible deslindar en Limonov al escritor del activista político. La política no era para él un trampolín para obtener visibilidad, premios “al compromiso” o el aplauso fácil que reportan las causas de moda. Limonov fue un escritor absoluto y como político fue una herramienta para sí mismo en tanto que escritor. Toda su escritura es política – incluso la que no lo es –, y toda su política es literatura, especialmente la más suicida y espasmódica. Por la política Limonov desafió a los poderosos, se personó en la guerra de Bosnia (y no, nunca disparó a prisioneros ni a hombres desarmados), soportó palizas y terminó a los sesenta años con sus huesos en el trullo; una experiencia esa última que, lejos del victimismo pasafacturas, Limonov calificó de “mística” y de “extraño placer”.[5]Sólo desde un anclaje metafísico propio – Ernst Jünger fue otro ejemplo de ello – se puede ver la grandeza en la miseria. Sólo desde una inusual vitalidad se puede hacer de lo más impopular y de lo más dañino un experimento literario en carne propia. En ese sentido Limonov era inequívocamente ruso, y respondía al patrón del que han salido, en ese país, las mejores páginas de la literatura. “El ruso – explica Limonov – se arroja a situaciones a las que el europeo no iría nunca. No hay que reflexionar demasiado. De lo contrario es demasiado tarde y nos quedamos con el culo pegado a la silla, incapaces de construir nuestra propia historia”.[6]

¿Fue el Limonov-político una impostura? La pregunta es irrelevante, desde el momento en que este escritor y agitador demostró que la política y las ideas pueden ser literatura, y tanta mejor literatura cuando más extremas. ¿Quién quiere ser un poeta demócrata-cristiano?

Tras quince años en occidente Limonov volvió a la agonizante Unión Soviética. Lo hizo con un currículum literario en el que figuraba su obra autobiográfica “El Poeta Ruso prefiere los Grandes Negros” (traducción francesa de sus memorias de América). Una dudosa tarjeta de presentación para un mundo – el de los ultranacionalistas rusos –  escasamente gayfriendly. Provocaciones literarias aparte, nada impidió que los ultras le aceptaran como referente, al tiempo que ése y otros libros se convertían en éxitos de ventas. La Rusia alucinada y caótica de los años postsoviéticos era, sin ninguna duda, el terreno abonado para tipos como él. Difícil es transmitir lo que fue aquella época a quienes no la hayan vivido. Escribe Carrère: “Para los extranjeros que venían a probar su suerte en Rusia – hombres de negocios, periodistas, aventureros – fueron los años más rock´n´roll de sus vidas. Moscú durante esos años era el centro del mundo. En ninguna otra parte las noches eran más locas, las chicas más bellas, las facturas más elevadas. Por supuesto, para quienes podían pagarlas”. Un paraíso de ventajistas, oligarcas y mafiosos; un Imperio a precio de saldo mientras occidente manipulaba las bambalinas y le reía las gracias a su Presidente beodo; la esperanza de vida se contraía y la demografía se derrumbaba, mientras la mayoría de los rusos lo soportaba todo con un sentimiento de inmensa humillación. 

Ésa fue la época en la que Limonov conoció a Aleksandr Dugin, en la que fundó el Partido Nacional Bolchevique. 

Filosofía Nazbol

Los Nacional Bolcheviques (Nazbols en su abreviatura rusa)eran un partido vocacionalmente extremista. “Para mí el extremismo no es algo peyorativo” – afirmaba Limonov recordando aquellos años. “Nosotros privilegiábamos el radicalismo, con una mezcla de ideas de extrema izquierda y extrema derecha. Era preciso ser creativo y osar experiencias nuevas. ¡Pero atención! nuestro extremismo no vehiculaba absolutamente ninguna idea racista. Era un extremismo cultural, artístico”.[7]Aquí hay unas cuantas ideas por desembalar, e iremos por partes. 

En primer lugar, el “extremismo”: una palabra-policía que actúa como repelente para gentes razonables y sensatas. “El espectro ideológico – razonan los moderados y prudentes  – es un “arco de herradura” en el que la derecha y la izquierda se aproximan en los extremos”. ¿Es eso realmente así? 

En primer lugar, conviene tener presente que el “centro” y los “extremos” son tan sólo conceptos relativos, y que un “extremo” sólo lo será en función de un “centro” convencionalmente aceptado como tal. De hecho, podemos ver a diario políticas “de centro” con contenidos altamente extremistas. La precarización del empleo, las deslocalizaciones, las privatizaciones, la ruina de la clase media, la omnipotencia de las multinacionales, la confiscación de la voluntad popular, la despoblación del campo,  el tráfico de seres humanos, la imposición de políticas migratorias, la banalización de la cultura, la deconstrucción de la naturaleza humana, las ingenierías sociales, la mercantilización del cuerpo, la promoción del aborto y la eutanasia, el falseamiento de la historia, la trivialización de la política, la degradación de la educación, la corrupción institucionalizada, los bombardeos “democratizadores”, el desguace de países antaño soberanos … políticas todas ellas de “extremo centro” con consecuencias muy extremas para amplias capas de la población. El estigma de “extremista” merece por tanto ser relativizado. ¿Extremista para quién y con respecto a qué?      

En segundo lugar, el extremismo no es per se necesariamente malo. Conviene tener presente que la innovación cultural y política tiene lugar casi siempre en los márgenes, en los extremos, y solo después se convierte en lo comúnmente aceptado. El extremismo es en realidad una forma de vanguardismo, y los vanguardistas no buscan alabar al público sino transformarlo. En último extremo, para pelear por algo – para defenderlo– hace falta recurrir siempre a personas con una visión del absoluto, a semi-fundamentalistas si se prefiere, a ese “grupo de soldados que salva a la civilización” (Spengler) y a no los mantequillosos paladines de la tolerancia. 

En tercer lugar, el extremismo es lógica y filosóficamente necesario para cerrar el círculo del conocimiento, para explorar un argumento hasta sus últimas consecuencias. Sólo cuando llegamos hasta el extremo comprendemos, con meridiana claridad, que la vida sí tiene un propósito, que hay aspectos no negociables, que la tolerancia y el diálogo no son fines en sí mismos. Claro que un posmodernista degenerado y liberasta dirá que todo esto es reaccionario y que todo lo que no pueda fluidificarse es fascista. Y aquí es donde el rojipardo se encoge de hombros. Contra negantem principia non est disputandum, lo que significa que no hay que discutir con quien niega los principios.  

¿Sabían todo esto los nazbol? ¿Lo sabía Limonov? Intuitivamente lo sabían, sin duda alguna. En una conversación con Limonov, el periodista francés Axel Gylden – infatuado de ideología occidental– explica cómo se sintió “descender moralmente” cuando en su servicio militar tuvo que empuñar un fusil, a lo que Limonov responde “eso es porque eres un europeo debilitado y podrido”. La guerra: esa cruel necesidad que el occidente hipócrita no quiere ver y que piadosamente encomienda a mercenarios. ¿Hay algo más extremista que la guerra? Dice Limonov: “todos los grandes escritores – Cervantes, Hemingway, Malraux, Orwell – han amado la guerra. La guerra es un sitio interesante, como la prisión. El hombre revela allí lo que hay mejor y de peor. Es mi instinto de hombre el que me impulsó hacia la guerra”.[8]Filosofía nazbol en estado puro. Tómalo o déjalo. No hay que discutir con quien niega los principios.

El lector razonable y de espíritu sensato tal vez piensa que los nazbol pretendían revivir el estalinismo y el nazismo y masacrar a la mitad de la población. Aquí es preciso pedirle que no se ponga tan serio y que sea – aquí sí – un poco posmoderno. La posmodernidad recurre, entre otras cosas, al reciclaje de construcciones culturales que vehiculan una implícita parodia. El objetivo nazbol era el de impactar, el de provocar, el de atraer hacia sí a una miríada de militantes. Rusia era una página en blanco y los nazbol eran los dadaístas de la política. Al mezclar referencias de los polos malditos de la Historia, los nazbol estaban gritando a los rusos – de una forma que no pudiesen ignorar –  lo que de ningún modo querían para su país: la importación de esa ideología occidental que Limonov conocía demasiado bien, la imposición de esa fórmula supuestamente universal para todos los países y latitudes. Los nazbol no añoraban el pasado soviético, consideraban la nostalgia una flaqueza, pero rechazaban prosternar la historia de Rusia ante el tribunal de occidente, rechazaban envilecerse en el arrepentimiento y en el auto odio, no querían pedir perdón por existir. Limonov nunca defendió el comunismo como sistema (tampoco lo condenaba en términos morales) pero sí manifestó su lealtad – que no nostalgia – hacia aquél gran Imperio que libró una Gran Guerra Patriótica, que venció al nazismo y situó a Rusia como primera potencia mundial. Un Imperio con el que la gente común se identificó hasta un extremo que occidente siempre prefirió no ver.[9]

¿Qué programa político tenían los nazbol? Los nazbol no eran exactamente una alternativa de gobierno, eran otra cosa. Y por ahí llegamos a la auténtica esencia del rojipardismo.

Existencialismo y política

La izquierda acusa a los rojipardos de saquear su patrimonio ideológico, de engañar a los incautos para atraerlos hacia el fascismo. “Los rojipardos son fascistas – dicen los vigías de la izquierda– porque su izquierdismo es impostado, no es inclusivo, es ajeno al horizonte emancipador de la verdadera izquierda”. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

La crítica es correcta en uno de sus aspectos, aunque no por las razones que a primera vista se piensa. En su mayoría, los llamados rojipardos son ajenos al “horizonte emancipador” de la izquierda porque éste no es suficiente para ellos, porque lo consideran insatisfactorio. Hay dos grandes razones de fondo.

El horizonte emancipador de la izquierda – especialmente el de la izquierda posmoderna– responde en último término a un juicio moral, a un reflejo moralista. Lo cual es el capítulo final de una muy larga historia. Inoculada en occidente por el cristianismo, la visión moral perdió al cabo de los siglos su dimensión trascendente y se adaptó al ámbito laico y profano, un umbral que fue filosóficamente franqueado por Kant. Con su moral del “imperativo categórico” Kant laicizó nada menos que el Evangelio (“haz el bien sin esperar a ser correspondido”), lo cual, en su traducción a la política, dará lugar a la ideología de los derechos humanos y al “buenismo”. Pero los rojipardos abominan de ese ideal de servidumbre hacia una Ley Moral única. Consideran que el moralismo es un injerto indeseable en la política. Saben – de forma más instintiva que meditada – que el auténtico nexo de unión entre los hombres reside en el ethos comunitario, en las normas y costumbres (Sitten) de comunidades y naciones concretas, no en el “horizonte emancipador” de una moral universal y abstracta. “La diferencia entre los intelectuales occidentales y yo –  decía Limonov – es que ellos creen que detentan la verdad universal. Pero no hay una verdad universal”. Una aseveración de gran actualidad cuando se constata –  de forma tantas veces sangrienta –  que el resto del mundo no tiene el más mínimo deseo de aceptar la moral de occidente. Los acontecimientos geopolíticos de las últimas décadas dan la razón a Limonov. 

Decíamos arriba que los nazbol eran algo más que un programa político. La racionalidad política habitual se queda corta para la idiosincrasia rojiparda. ¿En qué se diferencian los rojipardos de la izquierda estándar? Pensemos, por ejemplo, en un “progre” de manual. ¿Cuál es su objetivo? Una sociedad igualitaria, global y sin fronteras, en la que tod@s puedan ser “felices” sin opresores y oprimidos, en la que tod@s puedan desarrollar su potencialidad creativa y puedan autodeterminarse de forma narcisista y fluida (en identidad de género, en lugar de residencia, etcétera) disfrutando de las ventajas materiales y asistenciales propias de occidente. Dejando aparte que todo esto es imposible y nunca sucederá, un rojipardo lo viviría como una auténtica pesadilla. Porque esa colmena de larvas satisfechas no merecería el esfuerzo de aquellos que se habrían sacrificado para hacerla posible. Una contradicción que se plantearon, ya en su día, los primeros fascistas que venían del socialismo. ¿Por qué reclamar una conducta idealista y heroica en aras de una utopía que, una vez alcanzada, pondrá fin a los idealistas y a los héroes? ¿Acaso la ética heroica no es un bien en sí mismo, muy superior al “bienestar” pequeño-burgués? ¿Por qué el idealismo ha de sacrificarse en aras del materialismo?. 

Para los rojipardos el “tipo humano” del militante, del soldado, del revolucionario profesional es muy superior al “último hombre” que describía Nietzsche (no digamos al androide queer-vegano-fluido-antiespeciesta-no-binario del posmodernismo degenerado). El rojipardismo es un existencialismo antes que un programa de gobierno. Es la búsqueda de un sujeto radical que se manifiesta entre un ciclo que termina y un ciclo que nace, que surge en una época de Vacío y que busca una idea trascendente que poner entre él y la muerte.

De forma no sorprendente, el santoral rojipardusco es ecléctico y deriva de esa actitud. Personajes refractarios y perfiles de alta dureza, impermeables al conformismo. Lenin y Mussolini, Rosa Luxemburg y Ungern Von Sternberg, Che Guevara y Andreas Baader, Jünger y D´Annunzio, Mishima y Maïakovski, hombres y mujeres con una misión, a veces magnífica, a veces funesta, personajes cuya entrega sin fisuras eclipsa la parte oscura. Una cuestión de estética y de intensidad vital. El rojipardo podrá inspirarse en ellos o podrá simplemente admirarlos, lo que siempre le hará vomitar es la imagen de un progre. 

Con su rechazo de la política convencional, podría pensarse que los rojipardos son políticamente inofensivos. Pero ésta sería una conclusión precipitada. Su existencia prefigura una época nueva: la de los tiempos post-liberales.“El liberalismo – escribía Moeller Van Der Bruck –  es la libertad de no tener ninguna opinión definida, al tiempo que se afirma que esta ausencia de opinión es ella misma una opinión”. ¿Hay acaso mejor definición de la “tolerancia”, ese valor supremo de occidente? Con su escepticismo filosófico y su adhesión exclusiva a la libertad individual, el liberalismo ha provocado el debilitamiento y la corrupción de los espíritus. Incapaz de proponer valores comunes e ideales positivos, el liberalismo se ve impotente frente a las patologías destructivas que él mismo provoca: la ideología de género, la deconstrucción, el wokismo. Al fin y al cabo, todas estas ideologías están centradas en la satisfacción individual y el narcisismo. Pero hastiados de la eterna indefinición, los pueblos buscan aferrarse a valores sólidos. Es la vuelta de la geopolítica y de los liderazgos fuertes, en tantas partes del mundo. Escribía Donoso Cortés que el liberalismo no domina sino cuando la sociedad desfallece. Y añadía: “el hombre ha nacido para obrar y la discusión perpetua contradice a la naturaleza humana. Apremiados los pueblos por todos sus instintos, llega un día en que se derraman por las plazas y las calles pidiendo a Barrabás o pidiendo a Jesús resueltamente y volcando en el polvo las cátedras de los sofistas”.[10]Diríase que Donoso pensaba en los “chalecos amarillos” o en las explosiones de violencia nihilista que, de forma cada vez más habitual, se extienden por occidente. Este es el punto de ebullición en el que se sitúa el rojipardismo. 

¿Qué quiere decir todo esto? Aquí hay una tensión política no resuelta: la de la unión de lo social y lo nacional. Una vía cegada desde la catástrofe de los fascismos, pero que no por eso cesa de plantear interrogantes. Donde hay humo, hay fuego. El rojipardismo y los populismos son el humo. Tienen un valor de síntoma. 

Despedida sin cierre

Los nazbol fueron disueltos en 2007, cuando el gobierno ruso se cansó de sus performances antisistema. Limonov fue un opositor radical de Putin, pero cabe pensar que por razones más viscerales que ideológicas. Al fin y al cabo, su idiosincrasia personal le impedía ser un político “sistémico”. Su drama político fue seguramente – como apunta con sagacidad Emmanuel Carrère – que Putin implementó el programa que a él le hubiera gustado implementar. Dicho de otra forma: Putin le robó el “show”.Pero tampoco hay que darle demasiadas vueltas; al fin y al cabo, Limonov era un escritor y un aventurero, no un político profesional o un teórico sistemático. No obstante, en su escasa obra teórica demostró intuiciones brillantes.

En 1993 Limonov publicó en Francia El Gran Hospicio Occidental.[11]Su tesis es que occidente se ha convertido en un gigantesco hospicio controlado por administradores omniscientes, en el que los enfermos están bien sedados y se conducen de la forma más dócil posible (en la era del COVID no cabe sino sorprenderse de la capacidad visionaria de Limonov). En sus páginas retrata una sociedad envejecida, castrada en su instinto de supervivencia, prisionera de pequeños dogmas, mentalmente atascada en los traumas del siglo XX. Limonov retrata una vida cultural uniformizada donde las ideas se secan, el pensamiento se agota y regiones enteras de la memoria colectiva han quedado malditas. Limonov denuncia el culto a las víctimas, la fiebre del arrepentimiento, el consumismo vulgar, la infantilización de la sociedad y la alergia al heroísmo y la epopeya. Limonov retrata la ridícula superioridad moral de un occidente que piensa que todo el mundo quiere ser como él, un occidente que rechaza pensar las realidades complejas y las sustituye por una imagen simplificada: el bando del Bien – el Gran Hospicio – y todo lo que no es el Hospicio: el Gulag, el totalitarismo, Auschwitz, los dictadores barbudos y mostachudos, etcétera. Limonov denuncia la hipocresía de ese Gran Hospicio que porta en su corazón un Vacío. Un vacío que no cesa de exportar al resto del mundo.

Limonov murió en 2020 víctima de un cáncer. El destino no le regaló la muerte que siempre había querido: ser asesinado. No faltaron juntaletras que se rieron de él y lo trataron de fracasado. Algunos le concedieron que, si bien políticamente estaba equivocado, literariamente tenía razón. Hablando sobre su vida, Limonov le confesó a Emmanuel Carrère; “sí, una vida de mierda”. 

¿Fracasó Limonov? 

Decíamos arriba que Limonov no fue ni un político ni un ideólogo sistemático. Limonov quiso vivir una vida heroica en tiempos no heroicos. Este supuesto fascista – escribe Carrère – “prefirió siempre a los que están en minoría, a los pequeños frente a los fuertes, a los pobres frente a los ricos, a los canallas que se asumen como tales – los raros –  frente a los virtuosos que son legión”. Amó a las mujeres más atractivas y desquiciadas, y como falócrata incorregible les hizo el mejor homenaje posible: casarse con todas las que pudo. Como los “locos santos” de la vieja tradición ortodoxa, Limonov dijo lo que quiso, cuando quiso, como quiso y a quien quiso, más y mejor que todos los juntaletras juntos que se rieron a su muerte.  En su elogio fúnebre, el crítico ruso Dmitry Bykov escribió que “él era mucho más feliz que todos nosotros”. La felicidad – como el amor – está a la vuelta de la esquina cuando no se busca. 

En último término, ¿qué es el fracaso? 

Decía el poeta español Leopoldo María Panero (en el film El Desencanto, de Jaime Chávarri, 1976): “he terminado en el fracaso más absoluto, pero considero que el fracaso es la más resplandeciente victoria”. 

Lo que tal vez quería decir es que, si el éxito sólo se consigue con renuncias, compromisos y mentiras, el fracaso no es necesariamente lo peor. Si ese es el precio a pagar por construir la propia historia, esa es también la vía de acceso a la grandeza. 

Limonov fue un escritor absoluto. Literariamente tenía razón y políticamente no andaba tan descaminado,mal que les pese a muchos. Entre los mensajes que dejó, hay uno que no cesa de ganar peso: con todo su bienestar – y quizá por causa de él – occidente es un geriátrico decadente que sólo pide morir. Occidente es simplemente ridículo, y está podrido, podrido hasta la médula. Bastará con una patada bien dada, en el momento oportuno, para que todo el tinglado se venga abajo. 

Algo que sabían hace medio siglo unos vietnamitas canijos, y que hoy saben muy bien unos toscos barbudos de aspecto andrajoso.

Algo que occidente sigue sin querer ver. Nadie mejor que un ruso loco para escupírselo a la cara.


[1]Alain de Benoist, prólogo a la edición inglesa de: Armin Mohler, The Conservative Revolution in Germany 1818-1932, Radix/Washington Summit Publishers 2018, pp. xxvii-xxviii

[2]Emmanuel Carrère, Limonov. P.O.L. 2011, pp. 251 y 254. Traducción española en editorial Anagrama, 2012.

[3]Resulta curioso constatar cómo los medios del “mundo libre” se suman con disciplina norcoreana a las campañas de difamación contra las ideas incómodas. La campaña contra el L´Idiot international tuvo lugar en junio 1993 y fue iniciada por el diario socialista Le Pli, con el concurso – entre otros– del inevitable Bernard-Henri Lévy.  LibérationLe MondeLe Canard enchaînéLe Figaro y muchos otros medios participaron en la campaña y acusaron a L´Idiot International, entre otras cosas, de pretender la creación de “un eje stalinista-fascista en Francia”. El diario desapareció en 1994 tras numerosas condenas judiciales y presiones financieras. 

[4]Marx se encuentra convocado ante el tribunal de cierta izquierda por heteropatriarcal y eurocéntrico. Su visión de las clases sociales es criticada como “esencialista” por determinada izquierda posmoderna. 

[5]Limonov par Eduard Limonov. Conversation avec Axel Gyldén. L´Express 2012, pp. 123-124. 

[6]Limonov par Eduard Limonov. Conversation avec Axel Gyldén. L´Express 2012.

[7]Limonov par Eduard Limonov. Conversation avec Axel Gyldén. L´Express 2012, pp. 114-115

[8]Limonov par Eduard Limonov. Conversation avec Axel Gyldén. L´Express 2012, p. 96.

[9]Limonov retrata ese mundo en su libro La Gran Época (La Grande Époque, Flammarion 1992), los recuerdos de su infancia y juventud en los años de posguerra. Limonov siempre desdramatizó la vida real en la URSS, que definía como “más caótica (bordelique) que tiránica”, un mundo mucho más vivo e interesante que lo que la propaganda occidental pretende ver. 

[10]Juan Donoso Cortés, Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo. Homolegens 2012, p. 182. 

[11]Edward Limonov. Le Grand Hospice Occidental. Bartillat 2016. 

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